Tres estampas despiadadas, de Luisa Valenzuela (Arg.)
Luisa Valenzuela, presente en el Encuentro de Minificción "Sea breve, por favor".Mesa redonda
- Yo escribo para llegar al corazón de mis lectores, dijo el poeta.
- También yo aspiro a eso -reconoció la cuentista. Llegar a su corazón, para comérmelo.
Expeditivo
Estábamos cenando plácidamente en casa de los López Farnesi, tan agradables ellos, tan buenos anfitriones, cuando el desconocido empezó a contar su historia:
- Era un atardecer ventoso y no había alma alguna por la costa del lago. Yo avanzaba atento al vuelo de los patos y de golpe lo vi, al hombre ahí arriba tan al borde del acantilado. Era un lugar peligroso, una pared a pico como de cuarenta metros de alto. Yo lo miraba a él, sorprendido, y él me miraba a mí. Pensé que era un guardia costero o algo parecido. De golpe la fina saliente de roca sobre la cual estaba parado cedió y el hombre se habría precipitado al vacío de no ser por unas ramas salientes a las que logró aferrarse en su caída. Quedó así bamboleándose sobre el vacío sin poder hacer pie en ninguna parte.
- ¡Ay, qué espanto! - exclamaron las señoras.
- Entonces yo, ni corto ni perezoso, lo bajé- nos tranquilizó el desconocido.
- Menos mal -suspiramos aliviados. Usted es un héroe, cuéntenos como lo logró.
- Muy simple. Lo bajé de un balazo.
Sin título
Con mi manera simple de resolver problemas no siempre me ha ido bien. Ahora mismo, sin ir más lejos, me encuentro internada en una cárcel de máxima seguridad. Reconozco sin embargo que antes viví momentos sublimes: cuando compré el matarratas, por ejemplo, o cuando él comenzó con las convulsiones, tan vistosas.


















