Palabras para Ojo Travieso

Por Juan Mihovilovich


“¿Tu miedo se limita a mi vagina y al útero? ¿O temes también a toda mi feminidad, a toda mi existencia de mujer?
-Una cuestión personal- Kenzaburo Oe


Las figuras, humanas o no, se ven al trasluz en este libro de Lilian Elphick. Pero, ¿qué figuras, las reales, las que proyecta su imaginación, las que nos seducen desde otra u otras dimensiones, las que nos atosigan desde ese lugar al que suponemos muerte?

He aquí unas claves entrelineas: lo que soñamos es también lo que vemos a través de las vidas que inventamos, en las existencias que nos son ajenas, en las que nos aprisionan y deforman, en las que nos divierten o entristecen a diario.

Y entre los signos e insinuaciones, la nitidez de una visión femenina abarcadora, omnipresente, que se conduele de su naturaleza, pero que a la vez la realza. (los estremecedores relatos Luna, No pensar en nada, a guisa de ejemplo). O el dolor también activo de una historia reciente que reconfirma la sádica perversión humana de convertir a otros en fantasmas, en lúgubres espectros de su pobre y efímera condición. (Auschiwtz, En algún lugar del Cementerio General).

Claro, no es únicamente la tragicomedia de un sino universal, sino también la fantasmagoría individual o de las inaprensibles relaciones mutuas. (Agradecimientos, Ángulos del amor imposible).

Es, entonces, la imposibilidad de encontrar un soporte tan básico como el amor en su grado de pureza primigenia lo que nos hace manotear como náufragos en la soledad con nuestros torpes intentos de absoluto: …"Dame de comer, le pide la harapienta. Y el viajero del tiempo le regala su sombra.” (La que busca).

No hay en estas narraciones breves espacio para la dilación: el texto ajusta su construcción interna con urgencia y, paradójicamente, con reconcentrada emotividad que busca en el lector su inefable confabulación, le exige su complemento, al tiempo que éste fragua también sus propios dilemas, sus culpas, sus implícitas obsesiones, su patética transitoriedad.

Y los motivos acucian y trasgreden vertidos a partir de una energía femenina vital implícita -sin aspavientos- que nos obliga a encogernos de nuevo, a acurrucarnos sin espacio -ahora sobre el suelo- sintiendo como flashes los espasmos aún latentes de nuestra antigua condición fetal. Y esos motivos bordean la tristeza de la muerte, ascienden por los recovecos e intersticios del erotismo, paladean la condición de las ausencias, aúllan como un lobezno destetado antes de tiempo. (Círculos de Agua I y II amplían el universo de dichas exaltaciones desde una bella y dolorosa perspectiva poética).

Un libro que oculta otros libros. Una dimensión que no es la única que perciben nuestros limitados sentidos. Una prosa certeramente delineada que bosqueja imágenes contrapuestas y nos exige a cada instante estar atentos.

Y a nuestro pesar -o por fortuna- al cerrar sus páginas nos queda la sensación de una imperiosa relectura para continuar el intento de bucear en la insondable belleza del alma femenina.

Juan Mihovilovich
-escritor-



OJO TRAVIESO
Autora: Lilian Elphick
Cuentos. 88 páginas.
Mosquito Comunicaciones. 2007.

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La reinvención de la geometría

LA REINVENCIÓN DE LA GEOMETRÍA


para lilian elphick

augusto monterroso caminaba al mismo tiempo por dos senderos: el sendero de abajo, el sendero de arriba. augusto monterroso entonces miró hacia adelante, hacia el horizonte, más allá de los montes: dos millones de senderitos reinventaban la geometría.



***
Como ven, Monterroso sigue causando estragos (los buenos) literarios. Paulinho Assunção es un excelente escritor, comprometido hasta la médula de los huesos. Da gusto leerlo. Le comenté que la literatura, toda esa montaña de palabras que ven nuestros ojos, reúne las distancias más lejanas e impide que nos olvidemos. Porque de eso se trata, de construir más allá de la metáfora. ¿Acaso no se habían dado cuenta? Las palabras sirven para que nos queramos más. Gracias, Paulinho.

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Pozos de Venus


A Natalia y Denise, elfas de sangre familiar…, y también a Julio Cortázar.


El pelo revuelto, los ojos un poco hinchados y una mejilla marcada por los pliegues de las sábanas hacen de Nadir una mujer que acaba de despertar. La casa se ilumina con lentitud y parsimonia, es el sol colándose por las cortinas de organza y las celosías entreabiertas. Camina en dirección a la cocina con la mano en su espalda baja, como si le doliera o acusara una mala postura durante la noche y que recién ahora da señales erráticas: ¿ardor, aguijón clavado, un par de mordeduras? Imposible que alguien o algo la haya mordido ahí. ¿Dónde es ahí? Intenta mirarse, pero al girar la cabeza se marea. Se toca, entonces. Con la mano derecha baja la pantaleta y con la izquierda palpa la región adolorida, aunque la palabra ‘dolor’ no es la mejor para describir lo que siente.


Un jugo de fruta, un par de galletas. El vecino del frente toca la trompeta y Nadir logra reconocer Blue in green de Miles Davis. Nunca lo ha visto, sólo escucha su música por las mañanas. Y es preferible así; si se toparan en el supermercado o en el quiosco de diarios, Nadir, que es huraña por naturaleza, se vería en la obligación de bajar la vista o huir en dirección contraria. No quiere ingresar en las convenciones típicas, esos saludos o despedidas que, al fin y al cabo, no significan nada, parecidos a los “cómo estás”. Todos responden “bien, gracias y tú”, aunque se les haya muerto la madre o estén recién divorciados. Queda la música, los acordes reconocibles del jazz: All blues. Y luego, muy pronto, el silencio. La fuga imperseguible.


Desnuda frente al espejo de su dormitorio. Está de espaldas a él y utiliza un espejito de mano para ver qué tiene. Espera encontrar algún moretón o una rojez, al menos. Cerca de su cóccix, en los hoyuelos llamados pozos de Venus, dos ojos tatuados parecen observarla. Trata de borrarlos pasando sus dedos una y otra vez. Casi corriendo se dirige al baño, empapa una toalla y frota con fuerza esos ojos iguales a los suyos, esos dibujos que aparecieron ahí sin que ella se hubiera dado cuenta. No hay caso, los ojos están tatuados con tinta indeleble. Y por dentro, es decir, adentro de su piel, existe un escozor, una pulsación, una electricidad que va de ojo a ojo, ida y vuelta, sin cesar.


Nadir soba la región tatuada con alcohol, después intenta con colonia y acetona para sacar el esmalte de las uñas. Sólo consigue enrojecer aquellos ojos que la miran plácidamente desde su sitio, como si fuera algo normal y la viveza de su iris estuviera predestinada. Vuelve a usar el espejito de mano y mira fijamente los tatuajes, estira la piel de uno de los ellos y éste se achina, llegando el párpado a cerrarse. Luego, suelta la piel y aprieta el dibujo, deformándolo, creando una nueva estría de piel, un cordón de carne y tinta.


Nadir está recostada en la cama. De estómago. Así libera a los ojos que han brotado solos de su cuerpo, un par de acompañantes cuya única manifestación es la mirada. Ella está sola, siempre ha querido estarlo, ha sido su elección. Los pequeños monstruos la acompañarán desde ahora, mirándole la nuca o el mundo que sus propios ojos no pueden ver al mismo tiempo; silenciosos, acechantes, como gatos de la noche a la espera de un hada.


Lo demás es simple locura: Nadir yendo a una tienda especializada en tatuajes, pidiéndole al tatuador que le dibuje unos ojos en el punto exacto de los pozos de Venus. El tipo diciéndole que es primera vez que le piden algo así, que jamás ha grabado nada en los hoyuelos sacro lumbares de una mujer. Nadir sintiendo un pequeño placer cada vez que la aguja penetra su piel e inyecta la tinta. Pequeño placer inmerso en una montaña de dolor, que baja en oleadas hacia su vulva tibia, oscura, ciega. Pierde la noción del tiempo, oye la voz del tatuador que le susurra que ya están listos el par de ojitos; bromea con algo que no entiende, una risa lejana, una mano en sus nalgas, acariciándolas, Nadir inquieta quiere voltearse, pero la mano presiona como adivinando sus intenciones, y vuelve a la caricia en redondo, los dedos juegan con el calzón hasta que poco a poco lo deslizan hasta quedar aprisionados y tirantes en los muslos.


Es muy improbable que haya hecho semejante acto. Jamás me gustaron los tatuajes ni el piercing, tan de moda en estos últimos años. Si dejé que agujerearan mis lóbulos fue porque era demasiado indefensa y pequeña. Nada podía hacer contra la costumbre materna de colocar aritos de oro en la recién nacida. No recuerdo que alguien –alguna amiga quizás- me haya sugerido tatuarme ahí. Soy alérgica y tengo tendencia a hacer queloides. Mala piel, dictaminó el dermatólogo, cuando lo consulté por una cicatriz en mi pie. Mala piel, buena vista, dientes sanos. Eso fue lo que mi padre me legó. Y las venas. Ramificaciones azules que también forman intrincados dibujos: árboles, raíces; jamás ojos.


Rabia. Tengo rabia. No puedo recordar nada. Escucho al vecino, esta vez toca un tema de Gershwin. Abro un poco más la ventana, descorro la cortina. Quiero oírlo mejor.


El Moro dice que bloqueé totalmente la experiencia. Él llama experiencia a un acto de rebeldía: hacerse un tatuaje. Mi vida es tan horrorosamente quieta que necesitaba romper la corteza de esa parálisis antes de una depresión o, en el peor de los casos, el desquiciamiento. Dice, además, que lentamente irán apareciendo las imágenes de este inútil acto de valentía, que él considera un logro total y un avance significativo en la terapia. No creo que con un par extra de ojos pueda ver más y mejor, ni pueda seducir a nadie. El Moro recalca, además, que soy un seis contrafóbico y yo aborrezco los números y las tipologías. Me encasilló dentro de las nueve posibilidades de un esquema ideal y estereotipado: el eneagrama. Como todos los seis contrafóbicos, vamos por el mundo pateando piedras para así aplacar la angustia inabarcable que produce la cobardía. No entiendo por qué no he dejado de ir a esta terapia que ya me tiene harta. Será porque a pesar de las tipologías y las cartas astrales, él mira fijamente al hablar, asunto que me gusta y me disgusta a la vez, estableciendo una dulzura incomparable y, a la vez, un poder hipnotizante.


Los últimos compases de Someone to watch over me finalizan. Se instaura el silencio espeso, gravitante. El sol está en el centro del cielo. Nadir ha ido al médico y ahora reposa en el sofá, cerca de la ventana. En sus oídos aún zumban la tumorada y su futura biopsia. También hay otro ser ínfimo alojado en el útero, un pedazo de ella, su propia carne creciendo, alimentándose del cuerpo enfermo. El Moro dirá que los sueños revelarán la identidad del padre, aunque no es difícil discernir que se trata del tatuador, y Nadir, en estos casos, se encierra en su castillo de rabia elaborando posibles respuestas. No hay azar ni milagros. Nadir se consuela mirándose los ojos tatuados mientras el tumor crece a la par con el pequeño ser. A los seis meses podrá nacer e ir directo a una incubadora, para que ella se opere y comience su tratamiento de quimioterapia. Con su tranquilidad habitual, el Moro dirá que es el momento para abocarse a la fe –usará esa palabra: “fe”- de la sanación. Pero Nadir sabe que la fe la tienen los fuertes, aquellos creyentes, casi magos, que cierran los ojos con devoción y siguen viendo un horizonte y la inalterable redondez del mundo.


Ante esto, prefiero acariciarme los pozos de Venus y hablar con mis ojos que cada día están más bellos, luminosos, como si la presencia de la muerte les sedujera, o de la vida por nacer, no en perfectas condiciones, pero sí armónica, débilmente única. Los ojos me miran con su lenguaje de tinta y son el cuerpo de mi cuerpo, contenedores de la sangre festiva. Y lo más importante: pestañean y algunas veces lloran.


El feto vivo se alimenta por efecto de mi amnesia, como el tonto del pueblo, como Macario o Hamlet, fingiendo locura para reestablecer el orden imperante exclusivo de un acontecer entrópico. Esencia de la tragedia, el acto paradojal, la risa nacida de las lágrimas. Y en esto no hay ninguna originalidad. Agoto mi nombre de no nombrarlo para irme acostumbrando a la otra parte del ciclo. Los ojos que ven lo que yo no veo desaparecerán junto a sus órbitas, ya tan amadas por mí. La piel se desprenderá junto al feto sin la mácula de la enfermedad.


Ella ha optado por cursar la elipse completa, es decir, sentarse en el sofá y escuchar a su vecino parodear con un saxo tenor a Coltrane, el inimitable. Y duerme, a medida que Resolution de A love supreme se aleja; la cortina se mece con las primeras brisas otoñales; el silencio es igual al grito de un recién nacido. Duerme, por fin las pestañas caen a su cama de piel y los ojos -¿los verdaderos?- pueden descansar de todo lo visto, olvidar incluso a Nadir y sus creaciones.


***
"Pozos de Venus" pertenece al volumen de cuentos Las praderas amarillas.

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Por la matria


Pincha la mano hasta que sangre y llegarás a Por la matria, la más inútil de las bitácoras.

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Petrópolis o la invención del suicidio


FUNCIONES:

MARTES 25 SEPTIEMBRE
MIÉRCOLES 26 SEPTIEMBRE
MARTES 2 DE OCTUBRE
MARTES 9 DE OCTUBRE

TEATRO NACIONAL CHILENO (MORANDÉ 25)
20:00HRS

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Primavera en San Sebastián


Eucaliptus y humo.
Atardecer en San Sebastián.
Damasco en flor.

Eucaliptus en flor.
Fotos de L. (15/09/07).

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Breves de Brecht

El elogio

Cuando el señor K. oyó que sus antiguos discípulos lo elogiaban dijo:

-Cuando los discípulos han olvidado los errores de su maestro, éste los sigue recordando.

Espera

El señor K. esperó algo un día, luego una semana, luego un mes. Al fin, dijo:

-Podría haber esperado perfectamente un mes, pero no ese día ni esa semana.

El reencuentro

Un hombre de quien el señor K. nada había sabido durante mucho tiempo, lo saludó con estas palabras: “Usted no ha cambiado nada”. “¡Oh!”, exclamó el señor K., y empalideció.

Una buena respuesta

A un proletario que había sido llevado ante los tribunales se le preguntó si prefería jurar por Dios o si escogía la fórmula profana para su juramento. “No tengo trabajo”, respondió el hombre.

-Esa respuesta no fue una mera distracción –comentó el señor K.-. Con esas palabras quiso significar que su situación era tal que esas preguntas, más aun, quizá todo el proceso judicial, carecía totalmente de sentido.

Cuando el señor K. amaba a una persona…

-¿Qué hace usted cuando ama a una persona? –preguntaron un día al señor K.

-Hago un bosquejo de ese ser –respondió el señor K. -y procuro que se parezca a él.

-¿El bosquejo?

-No, el ser.

¿Hay Dios?

Alguien preguntó al señor K. si había un Dios. El señor K. respondió:

-Te aconsejo que medites si tu comportamiento variaría según la respuesta que se de a tu pregunta. Si tu conducta no varía, dejemos el asunto. Si tu conducta varía, te puedo prestar un servicio diciéndote que tú mismo lo has decidido: necesitas un Dios.

***

Bertold Brecht, Cuentos de almanaque, Fabril Editora, Bs.As., 1960; Kalendergeschichten, Rowohlt, Hamburg, 1953.

En: El microrrelato. Teoría e historia. David Lagmanovich, Menos cuarto Ediciones, España.

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Vals para Sofía, por Ricardo Álvarez

Escucha el Vals aquí







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Pesadilla araucana de las manos, por Juan Yanes

Soñaba la misma historia, que en noches sucesivas se repetía de manera idéntica. Estábamos en una especie de celda enorme, encerrados. Cantábamos para quitarnos el miedo y entonces entraban unos soldados y nos daban culatazos con sus fusiles y nos mandaban callar. Se paraban delante de mí y me preguntaban a gritos, señalando a uno que siempre estaba callado y me decían, ‘¿cómo se llama ése?, ¡dinos su nombre!, ¿por qué no canta?, ¿por qué no toca la guitarra?’ Y yo no sabía qué decir, ni sabía por qué estaba allí. Siempre estaba allí, allí quieto, callado. Hasta que un día dijeron su nombre. Era moreno, aindiado, con la nariz prominente. Tenía el pelo negro y ensortijado y no enseñaba nunca las manos.

Entonces iban y le gritaban y le daban culatazos con los fusiles pero él no decía nada. Hasta que un día ya no pude más y les grité yo también, ‘¡No le peguen más!’, dije, ‘¿No ven que no tiene manos? ¡Está muerto y se llama Víctor, Victor Jara!’

En ese momento, me despertaba sobresaltado con una amargura infinita.


***

Nos juntaremos en la tumba de Víctor Jara en el Cementerio General.
Nunca más represión junto a la tumba de Víctor.

Sabado 15 de Septiembre 11:00 AM

Somos Cultura en Movimiento

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Recordando La ciudad y los perros

Por Lilian Elphick


Buscando en internet información sobre Mario Vargas Llosa me sorprendió encontrar en su página personal, un homenaje a los cuarenta años de la publicación de La ciudad y los perros (1962) y una entrevista en donde cuenta que él mismo estuvo en el Colegio Militar Leoncio Prado (1) , sin duda un dato interesante porque la novela se gesta a partir de vivencias que el autor experimentó, re-creando y transformando ese material autobiográfico en mundo fictivo que escarba y remueve una realidad que termina siendo muy ambigua en la perspectiva de sus personajes, jóvenes todos, en su mayoría, hombres o con intención de serlo, machitos que deben enfrentarse a diario tanto con la autoridad que representa el Colegio, como con la que representan los padres o familiares , en el espacio “exterior”: la casa, la ciudad-capital y sus barrios, la provincia (por ejemplo, la sierra) y su connotación degradante. Sin embargo, la autoridad es quebrantada, imponiéndose un modo de ser rebelde, cruel y tremendamente violento. Existe el robo, las timbas, comercio de alcohol y cigarrillos, peleas, amedrentamiento, castigo y acoso sexual, tanto a personas como a animales. Finalmente, asesinato. El que reúne todos estos ‘anti-valores’ es el más hombre o macho. Si estos adolescentes (su nombre lo dice) (2) carecen de ‘orden y disciplina’, divisa principal en el contexto marcial del Colegio, los adultos que se supone los educan y velan por ellos, también adolecen de un verdadero espíritu formador y se rigen por la mascarada y la ocultación. Es el caso del Capitán Garrido o el Piraña, que opta por no indagar acerca de la muerte del Ricardo Arana, para así mantener la reputación del colegio, chantajeando a Alberto y enviando al teniente Gamboa a la puna, uno de los únicos personajes adultos que lucha porque la verdad se conozca.


 Esta pretensión de ser o llegar a ser un verdadero hombre a través del ejercicio violento es lo que más me llamó la atención en La ciudad y los perros. La edificación hacia la violencia se genera no sólo en el Colegio, sino dentro de las familias, en donde el padre abusa del poder, promueve la hombría, la tradición familiar y el apellido, abandona, golpea tanto a esposas como a hijos y es adúltero. La imagen de la mujer está tan o más degradada que la del hombre: las madres o novias de estos adolescentes son manipuladoras, histéricas, lloronas, víctimas y victimarias de la circunstancia machista. Las prostitutas están caracterizadas como estereotipo de lo grotesco, carnavalesco (en el sentido de la pura carne) y son las que, al final de cuentas, inician sexualmente a los cadetes, educándolos así para que ‘se hagan hombres’.

 Desde este punto de vista, la novela es recalcitrantemente falocéntrica, incluso en los momentos de ternura, cariño o dolor emerge la concepción machista, no como llamado de atención o crítica sino como evidencia de algo ya establecido y atávico per se, modo de ser incuestionable de la sociedad peruana y latinoamericana en general, a pesar del guiño paródico, del simulacro que viven los personajes fuera y dentro del colegio. Apoyada en el doble vínculo es la historia de Boa y su relación con la perra Malpapeada, una quiltra que recibe cariños, mimos, pero también patadas y otros tratos infames. Boa dirá: “... uno piensa que es una muchachita. Algo así debe ser cuando uno se casa. Estoy abatido y entonces viene la hembrita y se echa a mi lado y se queda callada, yo no le digo nada, la toco la rasco, le hago cosquillas y se ríe, la pellizco y chilla, la engrío, juego con su carita, hago rulitos con sus pelos, le tapo la nariz, cuando está ahogándose la suelto, [...] y le digo piropos: “cholita, arañita, mujercita, putita”.” (pg.267) (El subrayado es mío).


Otras citas:

“Sólo las mujeres se pasan el día echadas, porque son ociosas y tienen derecho a serlo, para eso son mujeres...Yo te haré un hombre” (La ciudad y los perros, Edit.Seix Barral, 1971, pg.150. -Padre del Esclavo-Ricardo Arana-)


No hay nada peor que las mujeres para malograr a un muchacho” (pg.207) ( Padre de Ricardo refiriéndose a su madre y tía que lo vestían con faldas y le hacían rulos en Chiclayo)


“Se han hecho hombres, Gamboa (...) Entraron aquí adolescentes, afeminados. Y ahora, mírelos. “Yo voy a hacerlos más hombres-dijo Gamboa” (pg.263) (Conversación entre Garrido y Gamboa).


“En el Perú, uno es militar por las puras huevas del diablo” (Capitán Garrido dialogando con el teniente Gamboa.Pg. 163)


“Yo los defendí de los de cuarto cuando entraron. Se morían de miedo de que los bautizaran, temblaban como mujeres y yo les enseñé a ser hombres” (pg.324) (Jaguar a Gamboa)


Ya no tengo miedo, pensó. Soy un hombre.” (pg.95. Alberto entrando al prostíbulo de la Pies Dorados).


“- Vamos a dormir una siesta o qué?-dijo ella.
-No te enojes- balbuceó Alberto-. No sé qué me pasa.
-Yo sí -dijo ella-. Eres un pajero.” (pp.96-97) (Diálogo entre la Pies Dorados y Alberto).
(Los subrayados son míos)


Como dice Carlos Fuentes en La nueva novela hispanoamericana (3) el colegio es cuartel y cárcel, y esta imagen se perfila, sobre todo, en la vida de Ricardo Arana, El Esclavo, quien acepta sin reparo alguno entrar al Leoncio Prado con tal de huir de su padre, padre ausente, un extraño para él también. Adentro del Colegio el encierro debido a las reiteradas consignaciones es tan desesperante que acusa a Cava de haber robado el examen de Química para así poder salir un par de horas a la ciudad. El Esclavo se siente un extraño frente al Círculo y es víctima de sus burlas y de sus violencias: “Lo orinaban cuando dormía, le cortaban el uniforme para que lo consignaran, escupían en su comida, lo obligaban a ponerse entre los últimos aunque hubiera llegado primero a la fila” (pg.244) En la escuela también se burlaban de él por no ser capaz de defenderse.”Llora, muñeca, llora”, le gritaban sus compañeros y él se dejaba pegar hasta que se cansaban de hacerlo. Alberto será su aliado, pues es él quien delata al Jaguar de haberle disparado, motivado por un afán justiciero y por el sentimiento de culpa, ya que se ha enamorado de Teresa, la muchachita pobre que vive en Lince con una tía-monstruo y que, deliberadamente, se relaciona con los tres muchachos, Esclavo, Jaguar y Alberto, porque los cadetes poseen prestigio social.

 Alberto representa al sector acomodado, pero “lo único que le avergonzaba en ese tiempo era no ser como Teresa, alguien de Lince o de Bajo el puente, que su condición de miraflorino en el Leoncio Prado era más bien humillante”. Cuando egresa del colegio, Teresa “era uno de esos cadáveres que no convenía resucitar” y termina proyectando su vida en los Estados Unidos, estudiando ingeniería, ‘como debe ser’, y enamorando a una chica de su status, Marcela, quien por sí misma comprueba que Teresa, es “una huachafa fea”.

 Sin embargo, el Esclavo lo mismo que Jaguar, Boa, Cava o Alberto, es un remedo de hombre, su muerte y las otras muertes simbólicas (expulsión de Cava, confesión escrita del Jaguar, confesión de Alberto) se enmarcan en una concepción paródica de lo que debe ser la justicia y la lealtad. Comparto plenamente la cita que Fuentes hace de Gombrowicz: "Ser hombre significa jamás ser uno mismo.” (pg.39).

Los adolescentes que protagonizan esta novela están insertos en una sociedad precaria, prejuiciosa y con un destino trágico, porque el rito en que ellos participan -rito iniciático de convertirse en adultos - está teñido por la estructura patriarcal de esa sociedad, la misma que la de las otras sociedades latinoamericanas. Hasta nuestros días.


Notas:


(1) Han pasado 40 años desde que un joven Mario Vargas Llosa empezara a sentir finalmente que se convertía en escritor. Como recordaba Iñaki Gabilondo durante el diálogo que mantuvieron escritor y periodista la noche del lunes 27 en la Casa de América, por ese entonces el autor peruano ya había escrito un libro de relatos ('Los jefes') que le granjeó el Premio Leopoldo Alas y alguna obra de teatro ('La huída del Inca') representada con éxito en su país, pero no sería sino hasta la escritura y publicación de su primera novela 'La ciudad y los perros' (Seix Barral, 1963) que Vargas Llosa empezase a ver hecho realidad su sueño de ser escritor. "Yo no soñé jamás con lo que le ocurriría a la novela, la publicación en la España franquista, la traducción a decenas de idiomas, todo labor de Carlos Barral, a quien estaré siempre agradecido por todo lo que hizo por esa novela y mi obra en general". Desde que la novela estuvo terminada y hasta que le fuera otorgado el premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral, debieron pasar dos años, años de rechazo por parte de otras editoriales, que le hicieron dudar al autor de la calidad de la novela. "Yo ya estaba embarcado en otra novela y en vista de que a este libro le iba tan mal con los editores tenía la impresión de que quizá no había salido bien".

'La ciudad y los perros' empezó a escribirse en una tasca madrileña de nombre El Jute, cercana al Retiro, justo en la esquina de la casa del joven estudiante de doctorado que por el año 58 era Vargas Llosa. Iñaki Gabilondo le recuerda que por esas fechas el Real Madrid había fichado a Puskas y el Papa Pío XII había muerto. "No lo recordaba -responde Vargas Llosa mirando a las 800 personas que atiborraban el auditorio-. Lo que sí recuerdo es a un camarero bizco que atendía la tasca y me ponía muy nervioso. Me veía escribiendo en un rincón y de tanto en tanto se acercaba para preguntarme: ¿Cómo va eso, cómo va eso?".

El germen de la novela que probablemente abrió las puertas de España a toda una nueva hornada de narrativa latinoamericana, empezó a gestarse ya en los años de adolescente que el escritor pasó en el colegio militar Leoncio Prado. "Esa ha sido mi manera de escribir desde el principio, he escrito sobre determinados temas porque me han ocurrido ciertas cosas. En algunos casos he sido muy consciente mientras vivía la experiencia, como en el Leoncio Prado, de que tenía ahí un material maravilloso para fantasear una historia partiendo de él. Desde el comienzo yo pensé que ese era un material, un punto de partida".

"Soy un escritor realista. Me gusta fingir la realidad, así como a los escritores fantásticos les gusta fingir la pura fantasía, lo puramente imaginario. Yo tengo esa tendencia natural a escribir historias que simulan ser la realidad. Mi punto se partida siempre es la realidad, y quizá eso lo descubrí en la experiencia de escribir La ciudad y los perros. Utilicé mucho material autobiográfico, pero de una manera muy libre, reelaborándolo, transformándolo, y además añadiéndole constantemente invenciones, personajes y situaciones ficticios, incluso anécdotas que yo recordaba al pasar a la novela inevitablemente se fueron transformando, lo mismo que personajes que tenían modelos vivos fueron convirtiéndose en híbridos".


Gabilondo pregunta acerca del Leoncio Prado: "Pero el colegio que todos los lectores hemos incorporado a nuestro imaginario sentimental, ese lugar avejentado, con el mar muy cerca y ese olor a salitre, ¿es así?"

"Eso sí, el colegio está en un antiguo balneario en Lima, tiene el mar a los pies y recibe ese aire salino que vuelve herrumbre todo lo que toca, se respira una atmósfera llena de agua. Los meses de colegio son precisamente los meses de cielo encapotado, de neblina, de esa atmósfera blancuzca que sorprendió tanto a Melville cuando paró en Lima y le hizo decir que era una ciudad de fantasmas porque todo era fantasmal, hasta las personas. Desde luego en el colegio militar, en esa zona de Lima, muchos meses del invierno uno tenía la sensación de no sólo estar en una ciudad de fantasmas sino de ser un fantasma uno mismo" responde Vargas Llosa.

Ya en 'La ciudad y los perros' se encuentra una de las obsesiones que acompañará gran parte de la obra de Vargas Llosa: su rechazo hacia cualquier autoritarismo, del cual dice haber salido vacunado del colegio. "Creo que entre mi padre y el colegio militar hicieron de mi un alérgico visceral a toda forma de autoritarismo, desde esa juventud, esa niñez casi, donde viví el autoritarismo en carne propia, lo odié. Y a lo largo de mi vida ese sentimiento se ha acrecentado sistemáticamente. Esa forma de relación que consiste en imponer mediante la fuerza, mediante el poder que da la autoridad, una manera de actuar, una manera de creer, es algo contra lo que yo me he revelado siempre. Creo que el origen está en esa relación dificilísima que tuve con mi padre y en lo que fue sentir esa autoridad impuesta con brutalidad en mis años de cadete".

Vargas Llosa también agradece a sus años de cadete en el Leoncio Prado el haber podido ver muy de cerca la diversidad y complejidad de la sociedad peruana y recuerda cómo todos los prejuicios raciales y sociales de que adolecía ésta se veían trasladados a la vida del colegio. "Había un clima de prejuicios muy fuertes que estropeaban tremendamente las relaciones entre nosotros, exactamente igual como ocurría en la sociedad peruana, sólo que quizá en el resto de la sociedad estuviera más tamizado por las distancias que se establecían entre las razas y las clases por razones económicas. En el colegio no, todos éramos iguales, y una de las cosas que nos diferenciaba era el color de la piel, y eso creaba, incluso en el lenguaje y los apodos que se utilizaba, muy claramente una representación de ese mundo tan prejuiciado y racista".


(2) Según Cedomil Goic, Vargas Llosa pertenece a la generación de los narradores novísimos (Generación de 1972) y una de sus características es “la contraposición de autenticidad e inautenticidad, apariencia y realidad, verdad y falsedad, [que] opera como forma interior de representación de un mundo larvario o de la precariedad de todo lo real. Esto es, en primer término, la presentación de destinos juveniles o que adolescen; mas en la autoconciencia adolescente convertida en perspectiva adecuada para la interpretación de la realidad, el mundo de la humanidad larvaria extiende a la comprensión del mundo adulto, de toda la sociedad y, en último término, también al orden deficiente y precario del mundo americano.” (Cedomil Goic. Historia de la Novela Hispanoamericana. Ediciones Universitarias de Valparaíso, Valparaíso, Chile, 1972. Pg. 276)


(3) “...Los jóvenes están inventando al mundo adulto. El adolescente no es ingenuo: realmente inventa la realidad, la introduce en el mundo de los adultos y, al convertirse él mismo en adulto, sólo vive una pálida copia de su imaginación juvenil [...] Los oficiales del colegio son quienes parodian, solemne e inconscientemente, la vida de los adolescentes, [...] se han detenido para siempre en la tentación fascista de la “sangre exaltada” .
“El adolescente es visto, vigilado, y bajo esa mirada de los otros representa la parodia ritual que inventa la realidad:la trágica realidad paródica y ritual del amor, los celos, la denuncia, las leyes, la compensación” ( Carlos Fuentes. La nueva Novela Hispanoamericana, Ed. Joaquín Mortiz, México, DF, 1969. Pgs. 39-40).

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