Animula vagula blandula

Releo las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar (con traducción maravillosa de Cortázar) y mi pequeña alma, flotante y tierna sueña con Adriano y Antínoo recorriendo el camino sinuoso del deseo y los inextricables pedregales de la Britania y la Dacia, las estepas del Asia o el mar de los bátavos. “Nunca sabré en qué momento aquel hermoso lebrel se le alejó de mi vida”, susurra el que escribe cercado por la muerte, para sí mismo. Antínoo, de diecinueve años, se quita la vida y Adriano repite cuatro veces la letanía: “Antínoo había muerto”, como para curarse y exorcizar el dolor: “Pero sólo yo podía medir cuánta acritud fermenta en lo hondo de la dulzura, qué desesperanza se oculta en la abnegación, cuánto odio se mezcla con el amor… Un niño, temeroso de perderlo todo, había hallado el medio de atarme a él para siempre.” Estas son las palabras del emperador que también vio morir a su madre, a Mauritanio, cuyo cadáver fue picoteado por las cornejas, a tantos otros.

Recordar es volver al corazón y todo recuerdo es un desgarro, la atadura clavada en los ojos, en el centro de la mirada que poco a poco se encierra en un par de ojos de muerte abierta. Yo recuerdo un aforismo de Kafka: “Una jaula fue en busca de un pájaro”. Recuerdo tantas cosas. Por qué no olvidar, pero la memoria insiste en duplicar los espejos. Por qué no olvidarte, ahora que sólo te ve mi corazón ciego y loco, el que aún bombea mil secretos de sangre y deseo. Como Adriano puedo repetir que ya no estás y que esa invisibilidad tuya es parecida a la muerte, que yo soy la jaula que te persigue por las ruidosas calles de Santiago, disfrazadas de verano y livianas ropas, risas, entrechocar de vasos; yo soy la que retorno al corazón y digo: en qué mentira me he convertido. Pero la poca fe –como el bolero- me depara algunas liviandades: termina el año y dejaré de buscar a la mujer de enmarañado pelo y una sola trenza, de besos húmedos y tan imaginarios, la que acarició esa orfandad que llevo en las manos, en cada uno de mis dedos que ahora se hunden en la tierra y plantan albahaca y tomillo. Después hay que sentarse a la sombra y dejar que los aromas crezcan solos, bajo el parrón de la infancia y el nono tocando el acordeón, el padre tarareando Ma il mio mistero è chiuso in me, il mio cuore è chiuso in te, un vaso quebrado, el vino chorreando mesa abajo, la tarde de domingo completa de una alegría familiar que sólo está aquí, convertida en palabras.

Después hay que esperar la muerte como quien espera un tren en un andén solitario y burlarse de todos esos años de morder una toalla encerrada en el baño para que no saliera el grito y la lágrima, el acordeón lejano y el día domingo irremediablemente perdido en las páginas de esas memorias de Adriano, o en las tuyas…

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Párpados azules

Hoy Marta lo mira más despacio, como queriendo averiguar algún sudor retrasado en la comisura de los labios. Al bajar la vista descubre un camino de hormigas cerca de la cabeza y luego vuelve a mirarlo de lleno. Nota cambios en la cara. Se ve más negra, es cierto; ayer los párpados estaban azules, quizás de tanto ver estrellas. Hasta que Marta los cerró con la yema de los dedos, presionándolos un poco para intentar nuevamente revivir esos ojos de felino solitario.

-Soy un hombre solo y el desierto me gusta – le dijo un día, antes de que se mudaran a vivir a la mina abandonada.

Y a ella le da miedo tomar la pala y comenzar a hacer el hoyo. No tiene fuerza para hundirla en esa tierra resquebrajada que aún sigue caliente debajo del cuerpo de su hombre. “Tierra muerta –piensa Marta-; siempre lo estuvo, y nosotros aquí naufragando desde el principio. Hundidos, como si el sol nos hubiese cargado con piedras.

Por eso le da miedo cavar, no está segura, quizás él duerma solamente, aunque ponga su oído en el pecho y lo huela intenso a mar o a conchales, y le sienta un reventar de olas cerca del estómago.

Allí estarían lejos del mundo. Nadie los molestaría, y el cuchicheo de las vecinas se tornaría en viento, el viento de la tarde que azota la piel y el alma, le escuchó decir. Ahora ya no habla, pero Marta le adivina el ulular que se desprende de su boca. “Déjame aquí, mujer, no hagas nada, déjame…” Ella no entiende, cómo no hacer nada sino espantar moscas y lagartijas insolentes; habrá que cavar antes de que oscurezca y llegue la noche desfigurándolo más aún, para que duerma tranquilo sin el brillo anémico de la luna arrastrándose por sus venas; habrá que cavar profundo hasta encontrar el agua que lo despierte y le despelleje el mal sueño. “Dios mío, reza Marta, dame fuerzas, que ya llevo dos días tratando de enterrarlo y él no me deja. ¿No oyes lo que me dice?”. Sin embargo, Marta sigue de rodillas junto al hombre, inmóvil como una estatua desamparada, sintiendo sus pechos insomnes latir y latir al acordarse de que sólo hace una semana retozaba con él cerca de un cactus ciego.

“¿Ves ese cerro blanco?; ahí mismo está la mina. La veta no se ha agotado como piensan los demás. Aprenderé rápido y tú me ayudarás”, le decía entusiasmado. Eso y otras cosas le decía antes de que todo estallara y le dejara ese remedo de hombre, ese cuerpo sangrante que ya no buscaría más vetas que las de su recuerdo.

Ahora el sol se esconde detrás del mismo cerro y Marta tiene frío. Mañana lo hará, hable o no. Casi sin cambiar de posición se acuesta al lado de él, respirando de a poco para no robarle más aire, sin importarle su carne que cambia de color ni los jugos que chorrean sus piernas dinamitadas; sin espantar a la soledad, Marta se duerme con la mano del hombre puesta entre sus pechos.


“Párpados azules” pertenece al volumen de cuentos La última canción de Maggie Alcázar (Mosquito, 1990).

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Todos los desgarros



Acerca de Petrópolis, o la invención del suicidio

Aunque no soy especialista en crítica teatral, me permitiré hablar sobre esta obra que exacerba el desgarro de dos personajes, Gabriela Mistral y su hijo Yin Yin, como elemento nuclear y que genera la apertura de otros espacios, ya sean íntimos o públicos.

El personaje de Gabriela Mistral, recreado por Nelda Muray, es multifocal y dinámico, enfrentado a los variados espejos de una puesta en escena intervenida por la historia y la ficción. Muray trabaja excelentemente bien la personalidad camaleónica de la poeta, que oscila entre un histrionismo ya devastado (la escritora- la palabrera) y el trasvestismo maternal enloquecido ante la muerte del hijo-sobrino Yin Yin.

Mistral nunca se muestra tal cual es. A nivel superficial, está siempre cubierta de velos, abrigos, pañuelos, enaguas; incluso del humo de los cigarrillos. En un nivel más profundo y sincrónico, los diferentes roles adoptados y representados (mujer-escritora-madre-diplomática- viajera) obnubilan al personaje que pugna por salir de la tipificación y busca desesperadamente, no el ansia escritural, sino el sentido más prístino a su existencia: el querer ser.

Creo que la opción del director de presentar al personaje de este modo, se relaciona directamente con la aparición de diferentes espacios: sociales, políticos, culturales, raciales y geográficos, que se cruzan y descruzan en la obra. Por un lado, tenemos referencias al pueblo (Montegrande- Chile) en los rectángulos de piedra y polvo (que el espectador alcanza a oler), y en el baile de la cueca sola. Por otro, el baile de los brasileños que, más que una samba, es una danza guerrera de jóvenes resentidos; el espacio europeo aplastado por el fascismo, los diferentes idiomas que diversifican las identidades.

El desgarro mayor de Yin Yin es la no pertenencia a ningún espacio. Se presenta como un joven desadaptado, perdido, nebuloso. Frente a Mistral, la llena de palabras, él está en blanco, es incapaz de escribir. La muerte, entonces, puede ser un alivio: lo aleja de la incomprensión y la soledad. Le permite, también, huir de su madre, la prodigadora de la inestabilidad. Porque esta madre no puede hacerse cargo de la muerte de su hijo de modo digno. Dependerá de Palmita, su secretaria (Palma Guillén), y de las metafóricas amortajadoras que protegen, acarician y acicalan al joven-niño.

La imagen de la muerte se amplía con la intervención de las amortajadoras en la escena del canto ‘marcial’ del Ave María de Schubert, en alemán, y las consiguientes imágenes de la guerra.

Estas mujeres espectrales generan tensión y apoyan al personaje central en el sondeo de su interioridad más reprimida. No sólo funcionan como amortajadoras y lloronas, sino que también son la misma muerte, que acecha, vigila y espera. Este vouyerismo realza el binomio eros-tanatos.

El monólogo de amortajadora 1 (Natalia Bronfman), que reproduce el sueño de Gabriela Mistral, da cuenta de esta vigilancia (sueño –vigilia). Se trata de un parlamento vertiginoso y atormentado. La fuerza actoral y la potencia de la voz de la actriz son muy efectivas para este momento.

En suma, se trata de una obra afiatada a nivel de historia y de trabajo actoral grupal. El trabajo de los espacios epocales está bien perfilado desde la misma actuación de los personajes, imágenes (tanto reales como recreadas), música y documentación histórica.

El texto del dramaturgo Juan Claudio Burgos es muy poético y trabaja verticalmente las palabras. El que todos los personajes nunca salgan de escena y estén permanentemente moviéndose y hablando, susurrando, gritando, cantando, o declamando, funciona como un plus para esta verticalidad.

El desgarro se advierte en todas las acciones y situaciones, yendo más allá de la muerte trágica del muchacho: el resentimiento social de los jóvenes brasileños, la referencia al suicidio de Stefan Zweig y su mujer, la guerra en Europa, la pobreza en Latinoamérica, etc.

La escenografía es mínima y consta de varias sillas y una ventana cuadriculada y móvil. Estos elementos, según mi opinión, simbolizan el tema de la mirada (espectadores en el cine, niños en la escuela, la muerte vigilante, por ejemplo).
 
Finalmente, es importante decir que existe una clara intención de desestereotipar al personaje de Gabriela Mistral, en el juego de ocultación y develamiento de sus acciones, y en la mostración de fragmentos o retazos de mujer y de escritura, que funcionan como un solo signo. Aquí está la rasgadura de Petrópolis, o la invención del suicidio.

Petrópolis, o la invención del suicidio

Dramaturgo: Juan Claudio Burgos
Director: Ezequiel Tapia
Elenco: Nelda Muray
Diego Ruiz
Carolina Araya
Constanza Ramírez
Ítalo Gallardo
Juan Pablo Rahal
Gabriel Cañas
Moisés Norambuena
Matías Briceño.

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Más sobre Las babas del diablo

Recomiendo el ensayo La imagen fotográfica en Las babas del diablo.

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Dos cuentos de Cortázar

Por Lilian Elphick


EL PERSEGUIDOR Y LAS BABAS DEL DIABLO: LA EXPERIENCIA DE LA ESCRITURA EN BRUNO Y ROBERTO MICHEL


Bruno y Roberto Michel -protagonista de Las Babas del Diablo (Cortázar.1994 (I):214-224)- tienen en común el doble oficio. Ya vimos que Bruno es biógrafo y crítico de jazz. Por su parte, Roberto Michel es fotógrafo y traductor. Además, tiene doble nacionalidad (sus dos nombres lo constatan). La historia en Las Babas del Diablo se narra desde dos puntos de vista entrelazados: el de Roberto Michel narrador-protagonista, y el de un narrador básico omnisciente.

Para Mar Estela Ortega, “el narrador en tercera persona es muy objetivo y serio, es una especie de guiño burlesco que hace Cortázar al narrador omnisciente que cree saberlo todo y resuelve los conflictos sin sufrirlos. En cambio, cuando el fotógrafo habla de sí mismo en primera persona, es más descomplicado y locuaz, y sufre en carne propia los acontecimientos. Ellos se corrigen mutuamente, es decir, Michel se autocorrige, se coarta, se reprocha su propio lenguaje, cree no encontrar muchas veces las palabras perfectas para expresarse.”

Roberto Michel, en mi opinión, es un narrador desdoblado e imita la voz del otro que se sitúa fuera de la historia. Los cinco primeros párrafos se refieren al proceso de creación en sí y la problemática de lo literario. La alusión a las personas gramaticales como formas que no servirán de nada, la analogía entre ‘contar’ y la cámara fotográfica ‘Contax’ (escribir-ver), el deseo de liberarse de la historia (el cuento como alimaña), el por qué y desde dónde contarla, nos sugiere a un Roberto Michel inasible, incorpóreo, pero a la vez cuestionador y real. Él esta vivo y muerto: Yo que estoy muerto (y vivo, no se trata de engañar a nadie...) (p.214). Nuevamente la duplicidad. Como dice Ortega, se autocorrige, cuestiona y contradice constantemente. En este sentido, su experiencia escritural es similar a la de Bruno porque a partir de ella se produce una búsqueda ontológica y una revelación en el proceso de escritura en sí y en la historia narrada. La revelación también se produce en el (la) lector (a) enfrentado a estos dos textos, revolucionarios para la década del ’60.

Roberto Michel: (qué palabra, ahora, qué estúpida mentira) (p.216).
Bruno: A la realidad; apenas lo escribo me da asco (p.248).


Dos narradores inseguros que buscan un ‘sitio’ (en el espacio-tiempo) desde donde escribir y vivir.

Así como Bruno y Johnny salen a caminar en la madrugada hasta llegar al Quai de Conti, Roberto Michel llega al Quai de Bourbon, un 7 de noviembre, con ganas de sacar fotografías (porque éramos fotógrafos, soy fotógrafo). En este espacio, una placita cerca del río, le tomará una foto a un trío de personas: un hombre, una mujer y un muchacho. La fotografía representa una realidad inmóvil, petrificada, en contraste con la realidad variable e inestable que vive el personaje. Lo que él cuenta ya es un recuerdo, ha imaginado y elucubrado una situación con respecto a estas tres personas. El espacio desde donde cuenta (las nubes y palomas) es el único presente que vive y su discurso se genera por esos ‘hilos de la Virgen’ que también son las ‘babas del diablo’, corriente de conciencia desdoblada entre la lucidez y la locura. Roberto Michel opera desde un no-tiempo, o como él mismo lo dice, desde “una nada” (pp.218, 216). Hace alusiones al tiempo cronológico, aparte de las que hace acerca del tiempo climático: La foto había sido tomada, el tiempo había corrido(p..223); nada más que dejándome ir en el dejarse ir de las cosas, corriendo inmóvil con el tiempo (p.216); ahora pasa una gran nube blanca, como todos estos días, todo este tiempo incontable. (p.224).

La fotografía cobra vida y los personajes de la foto ‘actúan’, viven y se mueven. El muchacho huye del payaso enharinado y de la mujer, cuyos ojos son “dos ráfagas de fango verde”. Roberto Michel colapsa o se rigidiza: de mí no quedó nada...( p.222). El mismo sentimiento tiene Bruno cuando está con Johnny: Es nada.

El excelente ensayo de Gabriela Mora señala el carácter antimimético de Las Babas del Diablo, partiendo por el narrador ‘desconfiable’, inseguro; las pistas falsas que deja; el afán de hacer literatura (empleo de metáforas, oximorones) y a la vez, de destruir ese afán; se añaden todas sus contradicciones. Para la autora, “el verdadero enigma a resolver por el lector es Roberto Michel” (Mora. 1993: 212).

Michel es culpable de literatura, de fabricaciones irreales. Nada le gusta más que imaginar excepciones, individuos fuera de la especie, monstruos no siempre repugnantes. (p.220).
Es fácil decirlo, mientras soy todavía la música de Johnny. (p.241).

Como se puede apreciar en estos dos ejemplos, la experiencia escritural de Roberto Michel y Bruno nace de la certeza y de la contradicción. Siendo textos diferentes, en cuanto al tratamiento de lo fantástico en uno y el acercamiento al realismo en otro, se asimilan en cuanto la idea básica de Cortázar de subvertir el modo de escribir y el modo de ‘ver’ la realidad. Ambos cuentos reúnen la poética o programa literario cortazariano. Roberto Michel también persigue y es perseguido por sus obsesiones, es ‘culpable de literatura’ al igual que Bruno. Los monstruos son ellos: imaginan y son imaginados; contemplan y actúan, construyen y destruyen.

***
Más en "Ríos temporales en El Perseguidor, de Julio Cortázar".

Pueden leer Las babas del diablo aquí.

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Ven a mi lado II


Por tu recuerdo que nada en el océano de la imprecisión.

Ven a mi lado, le dije, pero no me escuchó. El círculo se cerraba lentamente: la puerta se abría y él salía por ella; la espalda ancha, orgullosa, el pelo negro cobijado por la chaqueta, la sonrisa yéndose con su cuerpo tan alto y tan solo.

Ven a mi lado. Pero él ya no estaba, quizás nunca estuvo como yo quería que estuviera: repleto de amor, con los ojos verdes de deseo, cerca de mí, siamés, gemelo de sangre y huesos.

Ven a mi lado. Y el silencio se parte en dos como una sandía madura. Me atosigo de él, elaborando la mejor manera para no llorar y quebrar este equilibrio precario e infame. Entonces, el recuerdo de sus manos me alegra. No es una alegría rotunda, sino una que pide explicaciones y una caricia extra en el punto más frágil de mis caderas.

Ven a mi lado. Mi corazón late, eso es lo peor. Estoy viva y respiro. Él ya no está y camino de un lado a otro: loba hambrienta, leona de praderas amarillas, mujer extasiada del ritual del cuerpo expectante. Mujer, una extrañeza por donde la miren, lo incomprensible dotado de pezones siempre erectos. Por ahí su lengua se arrastró, única en su soledad de caracol. Caminó el doblez con rebeldía: no quería irse de ese lugar, iba y venía por la piel sabrosa la lengua loca. Hasta que desapareció y todo fue una larga lista de palabras.

Ven a mi lado. Ven, aunque no estés, rogué. Pero ya era tarde para milagros.

Ven a mi lado I

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Palabras para Ojo Travieso

Por Juan Mihovilovich


“¿Tu miedo se limita a mi vagina y al útero? ¿O temes también a toda mi feminidad, a toda mi existencia de mujer?
-Una cuestión personal- Kenzaburo Oe


Las figuras, humanas o no, se ven al trasluz en este libro de Lilian Elphick. Pero, ¿qué figuras, las reales, las que proyecta su imaginación, las que nos seducen desde otra u otras dimensiones, las que nos atosigan desde ese lugar al que suponemos muerte?

He aquí unas claves entrelineas: lo que soñamos es también lo que vemos a través de las vidas que inventamos, en las existencias que nos son ajenas, en las que nos aprisionan y deforman, en las que nos divierten o entristecen a diario.

Y entre los signos e insinuaciones, la nitidez de una visión femenina abarcadora, omnipresente, que se conduele de su naturaleza, pero que a la vez la realza. (los estremecedores relatos Luna, No pensar en nada, a guisa de ejemplo). O el dolor también activo de una historia reciente que reconfirma la sádica perversión humana de convertir a otros en fantasmas, en lúgubres espectros de su pobre y efímera condición. (Auschiwtz, En algún lugar del Cementerio General).

Claro, no es únicamente la tragicomedia de un sino universal, sino también la fantasmagoría individual o de las inaprensibles relaciones mutuas. (Agradecimientos, Ángulos del amor imposible).

Es, entonces, la imposibilidad de encontrar un soporte tan básico como el amor en su grado de pureza primigenia lo que nos hace manotear como náufragos en la soledad con nuestros torpes intentos de absoluto: …"Dame de comer, le pide la harapienta. Y el viajero del tiempo le regala su sombra.” (La que busca).

No hay en estas narraciones breves espacio para la dilación: el texto ajusta su construcción interna con urgencia y, paradójicamente, con reconcentrada emotividad que busca en el lector su inefable confabulación, le exige su complemento, al tiempo que éste fragua también sus propios dilemas, sus culpas, sus implícitas obsesiones, su patética transitoriedad.

Y los motivos acucian y trasgreden vertidos a partir de una energía femenina vital implícita -sin aspavientos- que nos obliga a encogernos de nuevo, a acurrucarnos sin espacio -ahora sobre el suelo- sintiendo como flashes los espasmos aún latentes de nuestra antigua condición fetal. Y esos motivos bordean la tristeza de la muerte, ascienden por los recovecos e intersticios del erotismo, paladean la condición de las ausencias, aúllan como un lobezno destetado antes de tiempo. (Círculos de Agua I y II amplían el universo de dichas exaltaciones desde una bella y dolorosa perspectiva poética).

Un libro que oculta otros libros. Una dimensión que no es la única que perciben nuestros limitados sentidos. Una prosa certeramente delineada que bosqueja imágenes contrapuestas y nos exige a cada instante estar atentos.

Y a nuestro pesar -o por fortuna- al cerrar sus páginas nos queda la sensación de una imperiosa relectura para continuar el intento de bucear en la insondable belleza del alma femenina.

Juan Mihovilovich
-escritor-



OJO TRAVIESO
Autora: Lilian Elphick
Cuentos. 88 páginas.
Mosquito Comunicaciones. 2007.

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La reinvención de la geometría

LA REINVENCIÓN DE LA GEOMETRÍA


para lilian elphick

augusto monterroso caminaba al mismo tiempo por dos senderos: el sendero de abajo, el sendero de arriba. augusto monterroso entonces miró hacia adelante, hacia el horizonte, más allá de los montes: dos millones de senderitos reinventaban la geometría.



***
Como ven, Monterroso sigue causando estragos (los buenos) literarios. Paulinho Assunção es un excelente escritor, comprometido hasta la médula de los huesos. Da gusto leerlo. Le comenté que la literatura, toda esa montaña de palabras que ven nuestros ojos, reúne las distancias más lejanas e impide que nos olvidemos. Porque de eso se trata, de construir más allá de la metáfora. ¿Acaso no se habían dado cuenta? Las palabras sirven para que nos queramos más. Gracias, Paulinho.

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Pozos de Venus


A Natalia y Denise, elfas de sangre familiar…, y también a Julio Cortázar.


El pelo revuelto, los ojos un poco hinchados y una mejilla marcada por los pliegues de las sábanas hacen de Nadir una mujer que acaba de despertar. La casa se ilumina con lentitud y parsimonia, es el sol colándose por las cortinas de organza y las celosías entreabiertas. Camina en dirección a la cocina con la mano en su espalda baja, como si le doliera o acusara una mala postura durante la noche y que recién ahora da señales erráticas: ¿ardor, aguijón clavado, un par de mordeduras? Imposible que alguien o algo la haya mordido ahí. ¿Dónde es ahí? Intenta mirarse, pero al girar la cabeza se marea. Se toca, entonces. Con la mano derecha baja la pantaleta y con la izquierda palpa la región adolorida, aunque la palabra ‘dolor’ no es la mejor para describir lo que siente.


Un jugo de fruta, un par de galletas. El vecino del frente toca la trompeta y Nadir logra reconocer Blue in green de Miles Davis. Nunca lo ha visto, sólo escucha su música por las mañanas. Y es preferible así; si se toparan en el supermercado o en el quiosco de diarios, Nadir, que es huraña por naturaleza, se vería en la obligación de bajar la vista o huir en dirección contraria. No quiere ingresar en las convenciones típicas, esos saludos o despedidas que, al fin y al cabo, no significan nada, parecidos a los “cómo estás”. Todos responden “bien, gracias y tú”, aunque se les haya muerto la madre o estén recién divorciados. Queda la música, los acordes reconocibles del jazz: All blues. Y luego, muy pronto, el silencio. La fuga imperseguible.


Desnuda frente al espejo de su dormitorio. Está de espaldas a él y utiliza un espejito de mano para ver qué tiene. Espera encontrar algún moretón o una rojez, al menos. Cerca de su cóccix, en los hoyuelos llamados pozos de Venus, dos ojos tatuados parecen observarla. Trata de borrarlos pasando sus dedos una y otra vez. Casi corriendo se dirige al baño, empapa una toalla y frota con fuerza esos ojos iguales a los suyos, esos dibujos que aparecieron ahí sin que ella se hubiera dado cuenta. No hay caso, los ojos están tatuados con tinta indeleble. Y por dentro, es decir, adentro de su piel, existe un escozor, una pulsación, una electricidad que va de ojo a ojo, ida y vuelta, sin cesar.


Nadir soba la región tatuada con alcohol, después intenta con colonia y acetona para sacar el esmalte de las uñas. Sólo consigue enrojecer aquellos ojos que la miran plácidamente desde su sitio, como si fuera algo normal y la viveza de su iris estuviera predestinada. Vuelve a usar el espejito de mano y mira fijamente los tatuajes, estira la piel de uno de los ellos y éste se achina, llegando el párpado a cerrarse. Luego, suelta la piel y aprieta el dibujo, deformándolo, creando una nueva estría de piel, un cordón de carne y tinta.


Nadir está recostada en la cama. De estómago. Así libera a los ojos que han brotado solos de su cuerpo, un par de acompañantes cuya única manifestación es la mirada. Ella está sola, siempre ha querido estarlo, ha sido su elección. Los pequeños monstruos la acompañarán desde ahora, mirándole la nuca o el mundo que sus propios ojos no pueden ver al mismo tiempo; silenciosos, acechantes, como gatos de la noche a la espera de un hada.


Lo demás es simple locura: Nadir yendo a una tienda especializada en tatuajes, pidiéndole al tatuador que le dibuje unos ojos en el punto exacto de los pozos de Venus. El tipo diciéndole que es primera vez que le piden algo así, que jamás ha grabado nada en los hoyuelos sacro lumbares de una mujer. Nadir sintiendo un pequeño placer cada vez que la aguja penetra su piel e inyecta la tinta. Pequeño placer inmerso en una montaña de dolor, que baja en oleadas hacia su vulva tibia, oscura, ciega. Pierde la noción del tiempo, oye la voz del tatuador que le susurra que ya están listos el par de ojitos; bromea con algo que no entiende, una risa lejana, una mano en sus nalgas, acariciándolas, Nadir inquieta quiere voltearse, pero la mano presiona como adivinando sus intenciones, y vuelve a la caricia en redondo, los dedos juegan con el calzón hasta que poco a poco lo deslizan hasta quedar aprisionados y tirantes en los muslos.


Es muy improbable que haya hecho semejante acto. Jamás me gustaron los tatuajes ni el piercing, tan de moda en estos últimos años. Si dejé que agujerearan mis lóbulos fue porque era demasiado indefensa y pequeña. Nada podía hacer contra la costumbre materna de colocar aritos de oro en la recién nacida. No recuerdo que alguien –alguna amiga quizás- me haya sugerido tatuarme ahí. Soy alérgica y tengo tendencia a hacer queloides. Mala piel, dictaminó el dermatólogo, cuando lo consulté por una cicatriz en mi pie. Mala piel, buena vista, dientes sanos. Eso fue lo que mi padre me legó. Y las venas. Ramificaciones azules que también forman intrincados dibujos: árboles, raíces; jamás ojos.


Rabia. Tengo rabia. No puedo recordar nada. Escucho al vecino, esta vez toca un tema de Gershwin. Abro un poco más la ventana, descorro la cortina. Quiero oírlo mejor.


El Moro dice que bloqueé totalmente la experiencia. Él llama experiencia a un acto de rebeldía: hacerse un tatuaje. Mi vida es tan horrorosamente quieta que necesitaba romper la corteza de esa parálisis antes de una depresión o, en el peor de los casos, el desquiciamiento. Dice, además, que lentamente irán apareciendo las imágenes de este inútil acto de valentía, que él considera un logro total y un avance significativo en la terapia. No creo que con un par extra de ojos pueda ver más y mejor, ni pueda seducir a nadie. El Moro recalca, además, que soy un seis contrafóbico y yo aborrezco los números y las tipologías. Me encasilló dentro de las nueve posibilidades de un esquema ideal y estereotipado: el eneagrama. Como todos los seis contrafóbicos, vamos por el mundo pateando piedras para así aplacar la angustia inabarcable que produce la cobardía. No entiendo por qué no he dejado de ir a esta terapia que ya me tiene harta. Será porque a pesar de las tipologías y las cartas astrales, él mira fijamente al hablar, asunto que me gusta y me disgusta a la vez, estableciendo una dulzura incomparable y, a la vez, un poder hipnotizante.


Los últimos compases de Someone to watch over me finalizan. Se instaura el silencio espeso, gravitante. El sol está en el centro del cielo. Nadir ha ido al médico y ahora reposa en el sofá, cerca de la ventana. En sus oídos aún zumban la tumorada y su futura biopsia. También hay otro ser ínfimo alojado en el útero, un pedazo de ella, su propia carne creciendo, alimentándose del cuerpo enfermo. El Moro dirá que los sueños revelarán la identidad del padre, aunque no es difícil discernir que se trata del tatuador, y Nadir, en estos casos, se encierra en su castillo de rabia elaborando posibles respuestas. No hay azar ni milagros. Nadir se consuela mirándose los ojos tatuados mientras el tumor crece a la par con el pequeño ser. A los seis meses podrá nacer e ir directo a una incubadora, para que ella se opere y comience su tratamiento de quimioterapia. Con su tranquilidad habitual, el Moro dirá que es el momento para abocarse a la fe –usará esa palabra: “fe”- de la sanación. Pero Nadir sabe que la fe la tienen los fuertes, aquellos creyentes, casi magos, que cierran los ojos con devoción y siguen viendo un horizonte y la inalterable redondez del mundo.


Ante esto, prefiero acariciarme los pozos de Venus y hablar con mis ojos que cada día están más bellos, luminosos, como si la presencia de la muerte les sedujera, o de la vida por nacer, no en perfectas condiciones, pero sí armónica, débilmente única. Los ojos me miran con su lenguaje de tinta y son el cuerpo de mi cuerpo, contenedores de la sangre festiva. Y lo más importante: pestañean y algunas veces lloran.


El feto vivo se alimenta por efecto de mi amnesia, como el tonto del pueblo, como Macario o Hamlet, fingiendo locura para reestablecer el orden imperante exclusivo de un acontecer entrópico. Esencia de la tragedia, el acto paradojal, la risa nacida de las lágrimas. Y en esto no hay ninguna originalidad. Agoto mi nombre de no nombrarlo para irme acostumbrando a la otra parte del ciclo. Los ojos que ven lo que yo no veo desaparecerán junto a sus órbitas, ya tan amadas por mí. La piel se desprenderá junto al feto sin la mácula de la enfermedad.


Ella ha optado por cursar la elipse completa, es decir, sentarse en el sofá y escuchar a su vecino parodear con un saxo tenor a Coltrane, el inimitable. Y duerme, a medida que Resolution de A love supreme se aleja; la cortina se mece con las primeras brisas otoñales; el silencio es igual al grito de un recién nacido. Duerme, por fin las pestañas caen a su cama de piel y los ojos -¿los verdaderos?- pueden descansar de todo lo visto, olvidar incluso a Nadir y sus creaciones.


***
"Pozos de Venus" pertenece al volumen de cuentos Las praderas amarillas.

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Por la matria


Pincha la mano hasta que sangre y llegarás a Por la matria, la más inútil de las bitácoras.

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