La servicial

Cuando llegué de vuelta, Manuel gritó: -¡Es la vergüenza más grande que he pasado en mi vida! Me dolían los pies, así que no le di importancia. Fui al dormitorio, me saqué los tacos y me puse el pijama. Él se detuvo en el vano de la puerta, mirándome con odio, los ojos vidriosos. Había estado bebiendo y el tufo lo olí desde la cama.

-¿Por qué? Es una pega súper digna.

-¿A eso le llamas trabajo? - dijo con sarcasmo.

- Claro. Estaba aburrida de estar todo el día en la casa.

- Todos te han visto con esa pinta de puta...la falda corta, la jeta pintada y esas uñas..., ¡mírate las uñas!

- ¿Te preparo un cafecito? ¡Mira cómo estás! Capaz que te infartes.

Se fue dando un portazo.

Me quedé en silencio, mirando el retrato de Manuel. A él le había ido bien, ganaba un sueldo suficiente para que yo no moviera un dedo. No, yo no terminé el colegio, mi mamá estaba demasiado enferma en esos años, había que cuidarla, prepararle el almuerzo y molerlo en la juguera, parecía una guagua de boca arrugada y manos nervudas y llenas de lunares..., había que hacerle la papa a la viejita que bramaba por un costillar de chancho o una cazuela o unos porotos granados. Pobrecita..., el cáncer la fue matando de a poco. Yo rogué al Altísimo que se la llevara rápido, que la amparara en su santa gloria, que no la dejara más en ese valle de lágrimas por el cual atravesaba. No fue para contarlo ni a la mejor amiga, pero en esos tiempos yo le hice una manda a Santa Rita: si mamá moría pronto, yo ofrendaría mis pechos a todos los pobres y miserables de Santiago, fue la única generosidad que se me ocurrió, algo que nadie hacía, quizás por asco o por pudor, qué sé yo. Las voluntarias daban comida o repartían fonolas y frazadas, yo en cambio, haría algo inusual, por qué no. Cuando al fin murió, mis hermanas estaban todas casadas, bien instaladas con sus maridos de lujo, unos santos, sin lugar a dudas, y yo comencé a ser la tía buena que cuidaba a los niños para que ellas fueran al cine. Cásate, me decían. Ya me va a llegar la hora, hay que tener paciencia. Además, he sido feliz criando a mis sobrinos.

Y me casé con el primero que me lo pidió. Manuel Astorga González, 45 años, buena pinta, farrero y playboy. Cuando me lo presentaron, decía llamarse Emmanuel y no pasó más de una hora cuando ya estaba metida en su cama.

-Mira, yo apenas te conozco, pero necesito una mujer como tú. Mi padre no me va a dejar ni un céntimo si me caso con una de mis amigas. Tú tienes algo, un aura, no sé, no puedo definirlo. Cásate conmigo. - dijo Manuel de corrido mientras fumaba y palpaba los músculos de sus brazos.

- Pero claro, no hay problema. Cómo vas a perder la herencia por una tonterita- respondí besándole su calvicie incipiente.

La verdad, no sé por qué se fijó en mí. Quizás algo de piadosa habré conservado desde la época de mi mamá, esa disposición a cuidar enfermos como una enfermerita de la guerra, esa prontitud a ayudar en casos de emergencia o resolver de modo seguro alguna diligencia.

Estando ya casados, Manuel continuó con su ritmo de soltero. Después de la pega, se iba al pub con sus amigachos, se tomaba sus whiskies y sentaba en su falda a la moza de turno. Con una de esas lolitas se encamó, el pervertido. La pobre chiquilla llamaba a la casa, suspirando y llorando por él. Al principio la garabateé y la traté como quise, después me dio pena y la consolé. Sin que Manuel supiera, la invité a tomar onces. Ella no tenía más de 18 años y era muy, muy linda. Sus labios sabían a frambuesas. Le dije que se buscara un tipo de su edad, que dejara de ver a Manuel, incluso era necesario que dejara su trabajo y desapareciera para siempre. Y la tonta me hizo caso.

Manuel anduvo medio tristón un par de semanas y yo me dediqué a entibiarle la cama todas las noches.

Cuando él me vio en el pub casi se fue de espaldas.

-¡Qué estás haciendo aquí!

- Sirviendo, pues.

-¡Tú no necesitas trabajar! Cámbiate de ropa y nos vamos.

Él se tuvo que ir primero, pero sus amigos se quedaron. Al comienzo me miraron feo, pero con el tiempo comenzaron a acostumbrarse. De repente, me lanzaban algún piropo, hasta me contaban sus penas; uno de ellos, precisamente Javier Sacks, me tocó las piernas, susurrándome que estaba harto rica. Cuando quieras, le respondí, estoy para servir.

Mi respuesta lo puso nervioso, pero el entusiasmo pudo más. Sus dedos acariciaron la punta de mi falda.

-No le vas a contar a Manuel..., supongo.

- ¡Por qué no! Se nota que estás con problemas y yo te voy a ayudar...

-¿Se nota mucho? -dijo palpándose las ojeras.

- Lo suficiente -y me reí, pasándole la cuenta.

En el pub del frente, solo y borracho, Manuel me vio salir con su jefe. Lo vi con el rabillo del ojo y pensé que saldría a la calle hecho un energúmeno para matarnos. No se movió de su silla. Hundió la cabeza entre sus brazos, entregado a su frustración. Nunca lo había visto así: tan mal. Me dio una pena infinita.

Ser ayudante de un hombre de negocios tiene sus recompensas. Dios es testigo que jamás exigí collares de perlas ni plata. Los regalos fueron devueltos al acto, ante el estupor de Javier. Para qué. Yo necesitaba otro tipo de satisfacciones. Espirituales, diría yo. Javier, pobrecillo, era impotente, aunque besaba bien, con fuerza y pasión. Con él tuve mi recompensa y él también. ¿Quién lo entendería mejor que yo? Ni su propia mujer, que ya andaba enredándole las piernas a un chef francés que venía a un concurso gastronómico. Jamás me quejé frente a su laxitud, al contrario, lo alenté a ir a ver a un terapeuta, si lo suyo era cosa de cada día, nada muy anormal. Tantos hombres padecían de lo mismo.

Manuel se fue de la casa definitivamente. Echaba de menos su vida de soltero. Nunca cambiaría, y el que nace chicharra...Antes de que partiera con su maleta y sus palos de golf, le regalé una hagiografía. La vida de Santa Teresita te va a encantar, le comenté. Me miró como si estuviera loca.

Javier fue más afortunado que nosotros. Cuando vi su primera erección, le dije: Vuelve con tu señora. Y él volvió. Hasta una niñita tuvieron. Tengo una foto de ella, recién nacida, en mi velador. Es preciosa.

Mi corazón estaba lleno de alegría desde que comencé el voluntariado en la Fundación Las Rotas y en el Hogar del Buen Jesús. También trabajaba para otras instituciones, aconsejando, reconfortando, aliviando. No pasé por el infierno de la separación porque sencillamente no tuve tiempo de acordarme de que era una separada. Eran tantas las actividades que tenía, tanto el cariño que entregaba, que mi vida era un...,un paraíso, por qué no decirlo, aunque sé que la verdadera vida no está aquí. En la noche, corría al pub, y después partía a las hospederías a dar café caliente y pan, lo que me pidieran. En la hospedería de calle Esperanza conocí al Tetada, le decían así porque era bien tetón y tenía doble papada. En sus buenos tiempos había sido carnicero, era experto en dejar la carne sin ni una brizna de grasa. Las viejas pitucas del barrio alto le hacían pedidos y las propinas eran excelentes. La carnicería se hizo famosa, me contó. Llegó una cajera jovencita y él se enamoró hasta los huesos. Mientras molía la posta, el ballenato le miraba el comienzo de los pechos, el cuello, sus manos escondidas entre las piernas cuando hacía frío. Y esos gestos, esas miradas de la cajera, esas manitos tibias, lo calentaban. Hasta que sucedió lo inevitable. Ella se restregó por su delantal sucio de sangre, él la tomó en vilo y se la llevó al frigorífico para amarla completamente, junto a los animales destazados. No pasaron más de tres meses y ella conoció a un cabro joven que la persuadió para que dejara ese horrible trabajo. El Tetada se volvió loco de pena. Dejó la carnicería, su casa, todo. Comenzó a vagar hasta llegar a la hospedería, sucio, sin zapatos y borracho a más no poder. Al principio sólo conversábamos, pero después comencé a interesarme en los pliegues del Tetada. Sus manos eran tan grandes que con sólo imaginarlas en mis propios pechitos de consoladora me daban tiritones. Quería hundirme en sus carnes, besar cada estría y toda su pena de macho obeso, sentir su gran estómago arriba del mío, asfixiándome, negándome el aire. Sólo en ese estado podría acercarme a Dios, lo intuía. Tuve que pedirle el favor y fui crucificada un día viernes, qué simbólico. Me revolcó como se revuelca una escalopa en el pan rallado y yo tuve que hurguetear entre sus capas de rollos hasta dar con su pirigüín de niño bueno. Creo que nunca he sentido tanto placer, no el de la carne, obviamente, sino el de la cercanía de Dios. Estuve a unos centímetros de ÉL y los ojos se me pusieron en blanco, iguales a los de la Virgen de Lourdes.

-¡Qué hueona más caliente! -comentó el Tetada cuando yo gritaba “Ven, ven”. El impío nunca pensó que yo no lo llamaba a él.

No puedo entender por qué me echaron de la Fundación las Rotas, cuando el nochero nos vio desnudos en la oficina matriz. ¿Acaso echaron al Niño Dios del pesebre cuando nació? ¿Acaso Juan El Bautista bautizaba a su gente con ropajes incómodos? No. Jesús, inocente, sólo tuvo el calor del aliento de los burros y vacas. Hosana en las alturas. Juan bendijo en las aguas cristalinas de muchos ríos a chiquilines que cubrían su rostro con el velo de la alegría. Bendito es el que viene. Bendita yo de tener a ese hombre un poco bobalicón llamado Tetada, sin importarme su condición de gordo del saco, sin fijar mi mirada en su incultura ni en sus modales rudos de cuchillero y destripador.

Terminaron por expulsarnos de todos los hospicios. Qué tontera.

Hoy tengo un solo amante, cuyo nombre todos conocemos. Para qué nombrarlo, si puedo alabarlo y cantarle todas las mañanas, bien temprano, a las cinco. Cuando dejé el pub para venirme aquí, todos me echaron mucho de menos: el cajero, el jefe de local, el dueño, los clientes. Eres irremplazable, dijeron apenados. Pero yo sé que este es mi lugar, al fin lo encontré. No tengo las comodidades de antes y algunas veces, sobre todo en invierno, paso frío. Mi ventana no tiene cortinas: las estrellas, el sol y la luna van y vienen, siempre, y eso hay que agradecerlo.

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Lobotomía

Ilustración de Alberto Montt

Para M., consejero sentimental.

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Monólogos, por Juan Yanes

Con la lluvia cae el universo entero aruñando los cristales gatos de lluvia sierras rayas verticales una enorme tristeza de hilos de agua recorre el filo de la piedra tallada luego fluye con mansedumbre y se estanca entre los adoquines es algo difuso pero urgente los maestros de Oaxaca levantados aplastados ahora ya han pasado muchos meses ¿por qué te acuerdas de los maestros de Oaxaca? te refugias en palabras que empiezan a pudrirse como tú es difícil encontrar una representación exacta o por lo menos aproximada de este vacío de este tiempo sórdido y opaco que nos impide ver las cosas como la cortina de agua que cae y que ahora forma charcos, espejos transparentes que van aumentando poco a poco sus límites no puedo parar de pensar que sigue lloviendo que se desbordan los charcos y de las losas de la pared desaparecen los dedos líquidos que la recorrían hace unos segundos la pared es una fuente que mana las losas un naciente que hierve los charcos han dejado de ser transparentes son de color rojo están todas las salidas cortadas se pueden contar los muertos y hay gente del gobierno con pistolas recorriendo las calles un paisaje difuminado por la distancia mientras llueve y apunta tímido el verdín en las rendijas tú ya sabes lo que va a pasar ahora es siempre la misma historia siempre tiene que haber muertos no va a llover de balde en ‘esta tierra bastante a dos océanos y a un mar’ siempre tiene que haber muertos para que la sangre aruñe el cristalino de tu mirada.

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***
Fotografía de Gonzalo Montero

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Los favores concedidos

A la memoria de Oreste Plath

I

Si yo pudiera ir a verlo iría, pero mis piernas son anclas y esa voz cantando en los adentros: “Coronela, no seas tan lacha”, Coronela tonta, sí, y todos los días la voz se repite hecha pedazos, se repite mientras camino, cuando me miro los dientes nicotinados en el espejo o en la pirueta diaria para que el Nenuco no berree y esté tranquilito en su corral, porque si no te llega cabro e' miéchica, que no me dejas en paz ni un solo segundo...

El mundo está lleno de Rosanas y Marías y Carolinas y Marilús, pero la Perra se fue por el camino más corto: Coronela tenía que bautizarme. El que le manoseó la inocencia de los primeros tiempos, ladrón y carterista, a veces violador, de chapa El Coronel, el que le salió curao y tan pateperro, así marcó mi frente, como él.

Nelita, el papá está viajando, el papá no viene a comer esta noche, el papá no aparece hace diez meses porque anda en el sur, como si yo hubiera sido asopá y no hubiera sabido que el Coronel era el único aprovechador de la Perra, mandado a cambiar cuando ella era una miga de pan en el suelo, una migaja gordita, con así unos ojazos, cadereando joven y blanca...; buenamozona la Perrita, así le decía él: Perrita, perrita mía. Yo me acuerdo como si fuera hoy, porque la verdad es que tengo harta memoria. Me han quitado todo, pero los recuerdos bonitos y los de mierda los tengo yo, aquí donde mi mano toca y no hay respuesta.

Ella todavía visita al Coronel los domingos, le lleva cazuela, cigarrillos, alguna revista de monas piluchas. Supe que cuando recién entró, lo mostacearon hasta que les dio puntá. Linda bienvenida.

El Nenuco está inquieto, parece un pájaro zangoloteado, las mechitas paradas, la cara sucia de moco y tierra. Llora no más, llámame la atención, Nenuco, que no te saco de ahí; deja que recuerde a este gallo que me tiene loca, permite nombrarlo en silencio y criar lástima por ser soñadora, la perla.

N. N. le pondré, como los muertos que nadie reclama.

Cállate, niño del demonio, en mala hora te quité el tete y ahora no lo encuentro, por la rechucha. El tete que te regaló tu papá.

Bien casado es y lleno de hijos. La otra vez, en la feria, él pasó con su mina que era ahí no más, muy del brazo los dos. Herví de rabia y pena. El N.N. se hizo el leso y fue a mirar repuestos de bicicleta. Ella paseó la vista por mis cositas y me compró unas chalas, yo nerviosa y el Nenuco se hizo pichí delante de ella. Por la máquina, el cabro chico no aprende a sacar la pichula y mear como la gente; ya tiene año y medio, pero calzón de goma niporná, se le ocurre, le dije, tratando de hacer conversa. Qué iba a decir ella, si yo soy una bestia; sonrió de puro amable. Le hubiera contado de los besos de su macho, mordí mi lengua para no echarme al agua, qué huevá, supiera que las chalitas que llevó las robé de por ahí, supiera que el Nenuco es el hijo de su...mi hombre.

Ella se alejó y él volvió a mi puesto. ¿Cómo está usted?, preguntó, cómo está el niño, susurró. No contesté por mirarlo a los ojos, por saber si era sincero. Su mano en el pelito del Nenuco me dio la respuesta. Después se fue y el “no me puedo olvidar de usted” quedó en el aire, robándole las pilas a mi cuerpo.

Cállate la boca, Coronela, callado el loro, muérdete la lengua antes de soltar la pepa.

El lunes le ofrezco tres paquetes de velas a Rumualdito para que me cure el mal de amor.

Seré cuidadora, veladora, limpiadora de su casa de milagros.

Rumualdito ha escuchado mis súplicas. Animita cumplidora de la Estación Central. Pucha que te necesito, hombrecito de Dios, y yo sé que oyes cuando lloro y a ti también te da pena.

Mal de amor. Así se llama la enfermedad que tengo.

Por suerte te dormiste, Nenuco.

II

Nos conocimos en la calle. Sus ojos negros me encandilaron como a una coneja. Terneado, a pesar de andar al tres y al cuatro, orgulloso del oro en la mano izquierda; me siguió por cuadras y yo lo dejé, fui mostrando el camino, pacapallá las caderas, pantalón apretado, piel sobre piel, haciéndole caso a la Perra. El fue el único de la leva que llegó a destino. Antes de abrir la puerta me puso las manos encima y yo le abrí la camisa de un zarpazo. Nos besamos tan hambrientos que los labios sangraron, nos tocamos con tanta fuerza que al otro día tuve que emplastarme espuela de galán para los moretones en las piernas, en los brazos, en las tetas, en el cuello.

Mijitorico, para qué vamos a decir una cosa por otra. Sabía besar, conocía su lengua, yo conocía la mía. Así, parados lo hicimos; así, en el suelo; arriba del colchón y el catre cricricrí, dale que suene, toda la santa tarde hasta el otro día. ¿En qué andaría pensando que me encamé con uno de la calle, tan desesperada como la gata de al lado, andaría? Claro. No soy una monja, la necesidad tiene cara de hereje, dicen por ahí, y hace tiempo que me dolían los huesos de presenciar amores ajenos y el corazón venía a la boca de tanto suspiro. Lo hecho, hecho estaba.

El N.N. supo conquistarme de un golpe: las manos hechas pebre, uñas de luto, brazos de Popeye, mal afeitado. Lindo... feo...dio lo mismo, me enamoré de él, en mi cama, en pelotas los dos, nos reímos de lo que hicimos, nos contamos chistes, jugamos al corre que te pillo, ahí me enamoré, caí rendida y lo besé entero, le dije que no se fuera nunca más, que no saliera de mi vida como salen los hombres después de putas; no, espérate, yo te doy comida, te peino y después enciendo la radio para el partido de fútbol, yo bailo para entretenerte; no te vayas, le grité, no salgas como cuete a cruzar la calle y tomar la micro para llegar a tu casa, a darle un beso a tu mina, no partas tan luego...

No hizo caso y apuró el tranco.

Nos encontramos muchas veces: caballos desbocados, polillas quemándose, cachorros asustadizos...

Una noche él quiso que fuéramos juntos a un paseo a la playa. Antes de irse contó cuál era su sueño más soñado: navegar en el mar. Era cosa de visitar a un amigo en Matanzas, él le prestaría un bote a motor... El mar, el viento salado chicoteando las mejillas... y yo me entusiasmé. Cuando quiera, le dije; con usted quiero ir, me respondió despacito el engrupidor.

Con - usted - quiero - ir... y cuando ya no estaba ni su sombra lloré como loca, el corazón se estrujó de la emoción, puse la radio y la Miriam Hernández gritaba El hombre que yo amo, lloré con un cocodrilo en la garganta, enamorada hasta las patas.

III

La Perra nunca quiso conocer al Nenuco.

Ese cabro hijo de nadie no es mi nieto, ladró.

Antes, mucho antes, cuando era chica, ella misma me explicó el asunto de los hombres, cómo había que mariposearlos, coquetearles, darles lo justo y necesario, no ser ordinaria ni pasada para la punta, sino dama, dama de compañía. Me enseñó tanto que yo, sin entender, aprendí las reglas de memoria, las sabía mejor que la teleserie.

Ni un regalo le dio al Nenuco porque quedé preñada de un desconocido.

Tú eres muy imbécil, me dijo la Perra. ¿Acaso no usó condón el saco e' hueva?

No, nunca usó porque no le gusta forrarse el pico con plástico, insolenté yo.

Me voló la cara del cachuchazo y no se me movió ni un sólo pelo. La miré fijo, sintiendo la mano entera marcada en mi cara, pensando que si le decía que yo me preñé de adrede, me cacheteaba de nuevo; odiándola por todos sus consejos de mierda, con esa cháchara que me dejó las orejas tapiadas de tonteras, que los hombres son así, que son asá.

Perra rabiosa, ¿se te olvida de quién soy hija, te dio la garrotera de la cabeza, te llenaste la boca con tanta palabrería que tú misma te atragantas ahora? Te tuviste que meter con el punga más punga de todos y me vienes a reclamar, a humillar, a asquear a tu nieto.

El N.N. es un rey comparado con tu Coronel de mierda.

La miré tanto que mis ojos se aguaron y la Perra tuvo un poquito de compasión, lo noté por su boca torcida, muda, su mirada que no pudo aguantar la mía.

Ya, mejor tomémonos un té, invitó después del silencio.

Ni sí ni no, le dije.

Tuve ganas de abrazarla...

Me fui dando un portazo. Cuando tomé la micro no quise mirar para atrás, porque sabía que la Perra estaría parada en la puerta de calle, con el orgullo nuevamente colgando de su cadenita al pecho, brava y mostrando los colmillos, haciéndose la chora.

Perra que ladra no muerde, perra que gruñe se la lleva la corriente.

IV

Partimos rumbo al mar y a las olas que eran montañas azules con nubes blancas. No me dio miedo, él me miró desde la otra punta del bote, riéndose como él sabía hacerlo, gozando con el día que Rumualdito nos había regalado, cantando, celebrando el favor concedido. Fuimos mar afuera, bien afuera, los niños que jugaban en la orilla se hicieron cada vez más chicos, hormiguitas enterradas en la arena. Nosotros teníamos todo el tiempo del mundo, así lo sentí yo cuando él se acercó a mí con la sonrisa mantequilla a sus labios y no dijo nada, se quedó callado oliendo mi cuello, mis mejillas jaibas de tan coloradas; él parecía un trapito, de ésos que una deja arriba de la cama para que en la noche acompañe el dormir, tibiecito entre los brazos. Eso parecía. Yo quise hablar pero él puso su dedo en mi boca, cariño en el pelo, yo acaricié sus manos. N.N. y Coronela solos en el mar taza de leche, mecidos en una cuna de agua, dedos y besos lentos, siempre lentos, sin apuro, sin la urgencia de la primera vez. Sin rasguñarnos ni tironear la ropa ni jugar al corre que te pillo, sólo hacernos cariño, huérfanos dejados a la mano de Dios, lamiendo nuestras heridas, en el mar tobogán con el bote va y viene.

Después del amor dijo: Veamos el viento.

No pudimos. Lloramos.

V

El Nenuco está soñando en su corral, lo sé porque las pestañas se le escapan de los párpados y las manitos gordas tiritan, aletean para salir de aquí y volar a un bosque de eucaliptus. El mosquerío lo molesta, pero yo estoy cansada de espantar... Si pudiera comprarle un corral nuevo, dormiría mejor. La madera destartalada lo pone nervioso, las durezas del colchoncito lo hacen darse vueltas y vueltas como un trompo. Lo único que lo alegra son los juguetes que le ha regalado su papá.

El N.N. me contó que no soñaba, qué raro, todo el mundo sueña, debe tenerle miedo al color violeta o al rojo o quizás le hace el quite a los amarillos. Me gustaría verlo soñar, espiarlo mientras duerme, ¿soñará conmigo cuando duerme con la otra?, ¿pensará en mí cuando ella lo monta?, ¿buscará en sus lunares algo que le recuerde mis propias cicatrices?

Capaz que también se le vuelen las pestañas y diga Coronela sin querer en el medio de la noche.

Tiene fiebre este cabrito, está ardiendo, por eso llora tanto y los ojitos se le van. Coronela tonta, deja de pensar y ponte las pilas, mira que comienza a despertar y lloriquea, se soba la nariz moquillenta, llévalo al consultorio, mujer, no importa hacer cola, tómalo en brazos y parte.

Y salgo con el Nenuco envuelto en una frazada, afuera hace frío, está norteando. Vecina, ¿qué tiene el niño?; fiebre, ayúdeme que está tan pesado este chiquillo. Las manos se anudan, acortamos camino por el callejón de los perros, la niña de la comadre va juntando piedras para lanzárselas a los quiltros hambreados, apuramos el paso y miro el cielo negro y está que se larga. El Nenuco llora como nunca, se retuerce con ganas de no sé, y el camino es malo, no vamos a llegar si sigo con la cabeza tan llena de cosas...

VI
Qué hará en un día como hoy, cuánto durará su mirada cerca de una ventana, dónde está para quererlo desde el fondo de esta crueldad, desde el mar que no calló.

Quiero decirle que podría volver mil veces al lugar que me enseñó pero sé que no me pertenece. Estamos separados por techos y cemento caliente. Santiago se ríe de nosotros y nos muestra su peor cara: la gris y desesperante ausencia. Podría atravesar la ciudad para buscarlo, pero lo encontraría sumergido en martillos, lezna, suelas y clavos. No hay cabida para nosotros, los que se echan de menos deben cavar sus propias tumbas. Sólo queda seguir soñándolo, así no lo pierdo y puedo recuperarlo un poco día a día, a través de los rajones de la memoria, desde los recuerdos deslavados. Dolores y astillas, pasiones de sangre: vino tinto, tomate, metapío.

Amante de mi amor.

Tendré que inventar una caricia suya, la mirada que diga que sí cree en mí, que puede hallarme en cualquier esquina, disfrazada de árbol o mariposa, convertida en abrigo o en hoja seca.

VII

El Nenuco vuelve al corral. Le dieron una aspirina infantil, jarabe no había, leche purita sí. Fiebre, no mojes más su cara.

La señorita asistente preguntó por el papá. Soy madre soltera, le contesté.

Aquí estoy de nuevo, cansada y con la vista prendida en él. Ya no llueve. Mañana tengo que llevarlo al hospital para que le revisen el pecho. No vaya a ser que empeore, que le venga esa tos de cueva oscura, esos pollos desgraciados que lo ahogan.

Después del hospital iré donde Rumualdito a rogarle que cuide a mi niño y lo proteja. ¿Cuántas velas y cartas necesitará para que el chicoco no se convierta en angelito? ¿Qué oraciones deberé rezarle para que sepa que tengo el miedo grande y se conmueva?

Por la señal de la santa cruz, respira Nenuco, siente mi mano fría en tus mejillas, llora si quieres, ríete, dime algo...

Pagaré caro: si se mejora, me olvido del N.N., quedamos en paz los dos, tranquilos como las estatuas de la Plaza de Armas, sin soñarnos que es mejor, sin tocarnos las puntas de los dedos, sin reírnos. Y no besos lentos, no su lengua culebrita lijando mis pezones, no mi puño lustrando sus piernas, no al hilo de saliva que nos tejió, a las gaviotas que vimos pasar, a las calles que recorrimos, a las casas con flores colgando de las ventanas, a la pescada frita, no a las lágrimas revolcadas en la playa ni a su silencio, no ...

El saldrá adelante, a pesar de la pena que esconde en sus zapatos. Con lo empeñoso que es sus chiquillos van a ir hasta a la universidad, estoy segura.

Botaré el corral y me esfumaré para que él no encuentre ni huela nada de mí. Lejos, lejos de mi querido sin nombre. El tiempo borrará el amor y la maldición de no habernos conocido antes.

VIII

Gracias por el favor concedido, San Rumualdito de Borja.

Coronela de Matanzas.

***

“Los favores concedidos” fue publicado en El otro afuera, 2002.

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De noche soy tu caballo

Por Luisa Valenzuela

Sonaron tres timbrazos cortos y uno largo. Era la señal, y me levanté con disgusto y con un poco de miedo; podían ser ellos o no ser, podría tratarse de una trampa, a estas malditas horas de la noche. Abrí la puerta esperando cualquier cosa menos encontrarme cara a cara nada menos que con él, finalmente.

Entró bien rápido y echó los cerrojos antes de abrazarme. Una actitud muy de él, él el prudente, el que antes que nada cuidaba su retaguardia -la nuestra-.

Después me tomó en sus brazos sin decir una palabra, sin siquiera apretarme demasiado pero dejando que toda la emoción del reencuentro se le desbordara, diciéndome tantas cosas con el simple hecho de tenerme apretada entre sus brazos y de irme besando lentamente. Creo que nunca les había tenido demasiada confianza a las palabras y allí estaba tan silencioso como siempre, transmitiéndome cosas en formas de caricias.

Y por fin un respiro, un apartarnos algo para mirarnos de cuerpo entero y no ojo contra ojo, desdoblados. Y pude decirle Hola casi sin sorpresa a pesar de todos esos meses sin saber nada de él, y pude decirle: te hacía peleando en el norte


te hacía preso

te hacía en la clandestinidad

te hacía torturado y muerto

te hacía teorizando revolución en otro país.


Una forma como cualquiera de decirle que lo hacía, que no había dejado de pensar en él ni me había sentido traicionada. Y él, tan endemoniadamente precavido siempre, tan señor de sus actos:

-Silencio, chiquita ¿de qué sirve saber en qué anduve? Ni siquiera te conviene.

Sacó entonces a relucir sus tesoros, unos quizás indicios que yo no supe interpretar en ese momento. A saber, una botella de cachaça y un disco de Gal Costa.

¿Qué habría estado haciendo en Brasil? ¿Cuáles serían los próximos proyectos? ¿Qué lo habría traído de vuelta a jugarse la vida sabiendo que lo estaban buscando?

Después dejé de interrogarme (silencio, chiquita, me diría él). Vení, chiquita, me estaba diciendo, y yo opté por dejarme sumergir en la felicidad de haberlo recuperado, tratando de no inquietarme. ¿Qué sería de nosotros mañana, en los días siguientes?

La cachaça es un buen trago, baja y sube y recorre los caminos que debe recorrer y se aloja para dar calor donde más se la espera. Gal Costa canta cálido, con su voz nos envuelve y nos acuna y un poquito bailando y un poquito flotando llegamos a la cama y ya acostados nos seguimos mirando muy adentro, seguimos acariciándonos sin decidirnos tan pronto a abandonarnos a la pura sensación. Seguimos reconociéndonos, reencontrándonos.

Beto, lo miro y le digo y sé que ése no es su verdadero nombre pero es el único que le puedo pronunciar en voz alta.
Él contesta:

-Un día lo lograremos, chiquita. Ahora prefiero no hablar.

Mejor. Que no se ponga él a hablar de lo que algún día lograremos y rompa la maravilla de lo que estamos a punto de lograr ahora, nosotros dos, solitos.

"A noite eu so teu cavallo", canta de golpe Gal Costa desde el tocadiscos.

-De noche soy tu caballo -traduzco despacito. Y como para envolverlo en magias y no dejarlo pensar en lo otro:

-Es un canto de santo, como en la macumba. Una persona en trance dice que es el caballo del espíritu que la posee, es su montura.

Así, así, y sólo de eso se trata.

Fue tan lento, profundo, reiterado, tan cargado de afecto que acabamos agotados. Me dormí teniéndolo a él todavía encima.

De noche soy tu caballo...

...campanilla de mierda del teléfono que me fue extrayendo por oleadas de un pozo muy denso. Con gran esfuerzo para despertarme fui a atender pensando que podría ser Beto, claro, que no estaba más a mi lado, claro, siguiendo su inveterada costumbre de escaparse mientras duermo y sin dar su paradero. Para protegerme, dice.

Desde la otra punta del hilo una voz que pensé podría ser la de Andrés -del que llamamos Andrés- empezó a decirme:

-Lo encontraron a Beto, muerto. Flotando en el río cerca de la otra orilla. Parece que lo tiraron vivo desde un helicóptero. Está muy hinchado y descompuesto después de seis días en el agua, pero casi seguro es él.

-¡No, no puede ser Beto! -grité con imprudencia. Y de golpe esa voz como de Andrés se me hizo tan impersonal, ajena:

-¿Te parece?

-¿Quién habla? -se me ocurrió preguntar sólo entonces. Pero en ese momento colgaron.

¿Diez, quince minutos? ¿Cuánto tiempo me habré quedado mirando el teléfono como estúpida hasta que cayó la policía? No me la esperaba pero claro, sí, ¿cómo podía no esperármela? Las manos de ellos toqueteándome, sus voces insultándome, amenazándome, la casa registrada, dada vuelta. Pero yo ya sabía ¿qué me importaba entonces que se pusieran a romper lo rompible y a desmantelar cajones?

No encontrarían nada. Mi única, verdadera posesión era un sueño y a uno no se lo despoja así nomás de un sueño. Mi sueño de la noche anterior en el que Beto estaba allí conmigo y nos amábamos. Lo había soñado, soñado todo, estaba profundamente convencida de haberlo soñado con lujo de detalles y hasta en colores.

Y los sueños no conciernen a la policía.

Ellos quieren realidades, quieren hechos fehacientes de esos que yo no tengo ni para empezar a darles.

Dónde está, vos lo viste, estuvo acá con vos, dónde se metió. Cantá, si no te va a pesar. Cantá, miserable, sabemos que vino a verte, dónde anda. Está en la ciudad, vos lo viste, confesá, cantá, sabemos que vino a buscarte.

Hace meses que no sé nada de él, lo perdí, me abandonó, no sé nada de él desde hace meses, se me escapó, se metió bajo tierra, qué sé yo, se fue con otra, está en otro país, qué sé yo, me abandonó, lo odio, no sé nada. (Y quémenme nomás con cigarrillos, y patéenme todo lo que quieran, y amenacen, nomás, y arránquenme las uñas y hagan lo que quieran. ¿Voy a inventar por eso? ¿Voy a decirles que estuvo acá cuando hace mil años que se me fue para siempre?).

No voy a andar contándoles mis sueños, ¿eso qué importa? Al llamado Beto hace más de seis meses que no lo veo, y yo lo amaba. Desapareció, el hombre. Sólo me encuentro con él en sueños y son muy malos sueños que suelen transformarse en pesadillas.

Beto, ya lo sabés, Beto, si es cierto que te han matado o donde andes, de noche soy tu caballo y podés venir a visitarme cuando quieras aunque yo esté entre rejas. Beto, en la cárcel sé muy bien que te soñé aquella noche, sólo fue un sueño. Y si ustedes encuentran en mi casa un disco de Gal Costa y una botella de cachaça casi vacía, por favor no se preocupen: decreté que no existen.


© "De noche soy tu caballo" fue publicado en Cambio de armas, 1982.

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Fiesta ciudadana


No se pierdan esta fiesta en beneficio de la compañía Teatro del Ciudadano. Sólo dos luquitas la entrada.
Sábado 6 de octubre. General Holley 2366, esq. Bucarest. Providencia.

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Hay que ser realmente idiota para

Por Julio Cortázar, vía Rayuela

Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone. Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.

Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforecente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso -lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad- yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco).

Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforecente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con lo que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua. La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta L'année dernière à Marienbad, ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre.

***

La vuelta al día en ochenta mundos. Siglo XXI. 1967.

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Decisión de Onán

Por Marcos Taracido


Era feliz en la masturbación. Al principio probó a cohabitar con mujeres, pero se percató de inmediato de que nada había similar siquiera en gozo a la solitaria autocomplacencia. Durante años derramó su semilla al estímulo de sus manos, hasta que un día perdió ambas en un accidente laboral. Sobreponiéndose a la tragedia, ejercitó con los pies hasta conseguir llegar con ellos, indistintamente, hasta su miembro, de modo que pudo continuar con su placentero y perfeccionado tocamiento. Dos años después, una herida mal curada le disparó una gangrena que obligó a amputar el pie derecho, y apenas unos meses más tarde sajaron su pierna izquierda, destrozada por las mordeduras de un perro. Lejos del abatimiento, dedicó todo el tiempo libre del que gozaba a intentar doblar el torso lo suficiente para poder llegar con la boca al pene. Lo consiguió, y el placer autoinflingido fue todavía más intenso, pero al poco tiempo se le cayeron todos los dientes, y un cáncer se le llevó la lengua, y los labios se le llenaron de llagas que no cicatrizaban. En la misma época se quedó ciego. Ordenó entonces que le extirparan el ojo izquierdo, y durante meses ejercitó su cuerpo para salvar la distancia de 5 centímetros que todavía separaban su pene y la cuenca vacía.

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La cosa y otros brebajes

La cosa (Luisa Valenzuela)

 
Él, que pasaremos a llamar sujeto, y quien estas líneas escribe (perteneciente al sexo femenino) que como es natural llamaremos el objeto, se encontraron una noche cualquiera y así empezó la cosa. Por un lado porque la noche es ideal para comienzos y por otro porque la cosa siempre flota en el aire y basta que dos miradas se crucen para que el puente sea tendido y los abismos franqueados.

Había un mundo de gente pero ella descubrió esos ojos azules que quizá –con un poco de suerte- se detenían en ella. Ojos radiantes, ojos como alfileres que la clavaron contra la pared y la hicieron objeto –objeto de palabras abusivas, objeto del comentario crítico de los otros que notaron la velocidad con la que aceptó al desconocido. Fue ella un objeto que no objetó para nada, hay que reconocerlo, hasta el punto que pocas horas más tarde estaba en la horizontal permitiendo que la metáfora se hiciera carne en ella. Carne dentro de su carne, lo de siempre.


La cosa empezó a funcionar con el movimiento de vaivén del sujeto que era de lo más proclive. El objeto asumió de inmediato –casi instantáneamente- la inobjetable actitud mal llamada pasiva que resulta ser de lo más activa, recibiente. Deslizamiento de sujeto y objeto en el mismo sentido, confundidos si se nos permite la paradoja.



Visión de reojo (Luisa Valenzuela)

La verdá, la verdá, me plantó la mano en el culo y yo estaba a punto de pegarle cuatro gritos cuando el colectivo pasó delante de una iglesia y lo vi persignarse. Buen muchacho después de todo, me dije. Quizá no lo esté haciendo a propósito o quizá su mano derecha ignore lo que su izquierda hace o. Traté de correrme al interior del coche –porque una cosa es justificar y otra muy distinta dejarse manosear- pero cada vez subían más pasajeros y no había forma. Mis esguinces sólo sirvieron para que él meta mejor la mano y hasta me acaricie. Yo me movía nerviosa. Él también. Pasamos frente a otra iglesia pero ni se dio cuenta y se llevó la mano a la cara sólo para secarse el sudor. Yo lo empecé a mirar de reojo haciéndome la disimulada, no fuera a creer que me estaba gustando. Imposible correrme y eso que me sacudía. Decidí entonces tomarme la revancha y a mi vez le planté la mano en el culo a él. Pocas cuadras después una oleada de gente me sacó de su lado a empujones. Los que bajaban me arrancaron del colectivo y ahora lamento haberlo perdido así de golpe porque en su billetera sólo había 7400 pesos de los viejos y más hubiera podido sacarle en un encuentro a solas. Parecía cariñoso. Y muy desprendido.

Naufragio
(Ana María Shua)

¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.

Última
(Luis Britto García)
 
La última muerte se me olvidó, que es como si hubiera muerto doblemente.

Instrucciones para cantar
, (Julio Cortázar)

Empiece por romper los espejos de su casa, deje caer los brazos, mire vagamente la pared, olvídese. Cante una sola nota, escuche por dentro. Si oye (pero esto ocurrirá mucho después) algo como un paisaje sumido en el miedo, con hogueras entre las piedras, con siluetas semidesnudas en cuclillas, creo que estará bien encaminado, y lo mismo si oye un río por donde bajan barcas pintadas de amarillo y negro, si oye un sabor de pan un tacto de dedos, una sombra de caballo.
Después compre solfeos y un frac, y por favor no cante por la nariz y deje en paz a Schumann.

 
Aplastamiento de las gotas (Julio Cortázar)
 
Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.

Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.


Ardiente
(José de la Colina)

¿Quieres soplarme en este ojo? -me dijo ella-. Algo se me metió en él que me molesta.
Le soplé en el ojo y vi su pupila encenderse como una brasa que acechara entre cenizas.


El engaño
(Marcial Fernández)

La conoció en un bar y en el hotel le arrancó la blusa provocativa, la falda entallada, los zapatos de tacón alto, las medias de seda, los ligueros, las pulseras y los collares, el corsé, el maquillaje, y al quitarle los lentes negros se quedó completamente solo.

Misterios del tiempo
(Alejandro Jodorowski)

Cuando el viajero miró hacia atrás y vio que el camino estaba intacto, se dio cuenta de que sus huellas no lo seguían, sino que lo precedían.

Ventana sobre la palabra
(Eduardo Galeano)

Magda recorta Palabras de los diarios, palabras de todos los tamaños, y las guarda en cajas. En cajas rojas guarda las palabras furiosas. En caja verde, las palabras amantes. En caja azul, las neutrales. En caja amarilla, las tristes. Y en caja transparente guarda las palabras que tienen magia. A veces, ella abre las cajas y las pone boca abajo sobre la mesa, para que las palabras se mezclen como quieran. Entonces, las palabras le cuentan lo que ocurre y le anuncian lo que ocurrirá.

Sadismo y masoquismo
(Enrique Anderson Imbert)

Escena en el infierno. Sacher-Masoch se acerca al marqués de Sade y, masoquísticamente, le ruega:
-¡Pégame, pégame! ¡Pégame fuerte, que me gusta!


El marqués de Sade levanta el puño, va a pegarle, pero se contiene a tiempo y, con la boca y la mirada crueles, sadísticamente le dice:


-No.



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Animula vagula blandula

Releo las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar (con traducción maravillosa de Cortázar) y mi pequeña alma, flotante y tierna sueña con Adriano y Antínoo recorriendo el camino sinuoso del deseo y los inextricables pedregales de la Britania y la Dacia, las estepas del Asia o el mar de los bátavos. “Nunca sabré en qué momento aquel hermoso lebrel se le alejó de mi vida”, susurra el que escribe cercado por la muerte, para sí mismo. Antínoo, de diecinueve años, se quita la vida y Adriano repite cuatro veces la letanía: “Antínoo había muerto”, como para curarse y exorcizar el dolor: “Pero sólo yo podía medir cuánta acritud fermenta en lo hondo de la dulzura, qué desesperanza se oculta en la abnegación, cuánto odio se mezcla con el amor… Un niño, temeroso de perderlo todo, había hallado el medio de atarme a él para siempre.” Estas son las palabras del emperador que también vio morir a su madre, a Mauritanio, cuyo cadáver fue picoteado por las cornejas, a tantos otros.

Recordar es volver al corazón y todo recuerdo es un desgarro, la atadura clavada en los ojos, en el centro de la mirada que poco a poco se encierra en un par de ojos de muerte abierta. Yo recuerdo un aforismo de Kafka: “Una jaula fue en busca de un pájaro”. Recuerdo tantas cosas. Por qué no olvidar, pero la memoria insiste en duplicar los espejos. Por qué no olvidarte, ahora que sólo te ve mi corazón ciego y loco, el que aún bombea mil secretos de sangre y deseo. Como Adriano puedo repetir que ya no estás y que esa invisibilidad tuya es parecida a la muerte, que yo soy la jaula que te persigue por las ruidosas calles de Santiago, disfrazadas de verano y livianas ropas, risas, entrechocar de vasos; yo soy la que retorno al corazón y digo: en qué mentira me he convertido. Pero la poca fe –como el bolero- me depara algunas liviandades: termina el año y dejaré de buscar a la mujer de enmarañado pelo y una sola trenza, de besos húmedos y tan imaginarios, la que acarició esa orfandad que llevo en las manos, en cada uno de mis dedos que ahora se hunden en la tierra y plantan albahaca y tomillo. Después hay que sentarse a la sombra y dejar que los aromas crezcan solos, bajo el parrón de la infancia y el nono tocando el acordeón, el padre tarareando Ma il mio mistero è chiuso in me, il mio cuore è chiuso in te, un vaso quebrado, el vino chorreando mesa abajo, la tarde de domingo completa de una alegría familiar que sólo está aquí, convertida en palabras.

Después hay que esperar la muerte como quien espera un tren en un andén solitario y burlarse de todos esos años de morder una toalla encerrada en el baño para que no saliera el grito y la lágrima, el acordeón lejano y el día domingo irremediablemente perdido en las páginas de esas memorias de Adriano, o en las tuyas…

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OJÍMETRO

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