Cuento corto: mi relación con el microcuento


La idea de estas líneas es referirme a mi relación personal con el micro-cuento. Se trata de ese terreno fangoso, impreciso, etéreo, al que aludimos mediante denominaciones como micro-cuento, mini-ficción, ficción súbita. Sea lo que sea, este género escapa a las definiciones académicas.
La fascinación que ejerció sobre mí esta clase de miniatura literaria -desde el primer contacto- fue decisiva, ponzoñosa, casi letal. Hasta la fecha me siento felizmente contaminado por el virus de la mini-ficción; es como un espíritu travieso soplándome al oído que no me extienda demasiado, que juegue con el lenguaje y sugiera el máximo con el mínimo de palabras.
Evidentemente un fantasma como éste resulta indeseable a la hora de la escritura de una novela, cuyo tamaño puede superar las sesenta mil palabras, o sea más de un millar de veces el tamaño de un micro-relato. La rigurosidad y la creatividad requeridas para dar a luz un buen micro-cuento alcanzan, en mi opinión, niveles de exigencia bastante altos. Quiero decir, micro-cuenteros hay miles, pero micro-cuentistas muy pocos. Múltiples trampas acechan al escritor de mini-ficciones: no se trata de escribir un cuento pequeñito y ya está.
Tampoco basta con armar una historia económica, contada a la ligera. Existe una compleja unidad entre lenguaje, historia, personajes, narrador, lector; una estructura que debe ser coherente, integral, armónica.
Por ejemplo, resulta muy tentador creer que un chiste puede convertirse en micro-cuento. Como siempre, el facilismo es la primera emboscada que debe evitarse a todo dar. No pretendo excluir el humor; es más: para mí su presencia viene a formar parte de mis expectativas esenciales frente a cualquier creación literaria. Lo que quiero destacar es que el propósito de un micro-cuento es ante todo estético; luego puede ser satírico, trágico, humorístico, filosófico, lo que venga en gana. Los chistes entendidos como textos cuyo único objetivo es humorístico, pertenecen a otra estirpe, que separo de la literatura. El chiste se agota después de la primera lectura, pero la mini-ficción no, porque juega con la polisemia; el lector enriquece el texto con cada nueva lectura. Y se enriquece él mismo, aunque sobre decirlo.
A un narrador le hace bien escribir mini-ficciones, porque permite mantener viva la importancia de cada palabra, que es una de las claves del oficio de escritor. Después de escribir novela, es llamativo despreciar a estas pequeñas obras, observarlas desde las alturas. “Recuerda que eres mortal”, le decía cada cincuenta metros al general victorioso el esclavo que sostenía sobre su cabeza la corona, mientras entraba a Roma en su carro arrastrado por caballos blancos, aclamado por el pueblo. Memento mori, es lo que nos sopla sabiamente al oído una buena mini-ficción. En resumen, el micro-cuento viene a ser el extracto, la esencia de lo no-dicho; y su destinatario principal es el lector activo, o el lector cómplice, parafraseando a Cortázar.
En el apogeo de la dictadura chilena, a mediados de los 70, cuando el sátrapa Pinochet gobernaba a su amaño y bastaba un mero ademán suyo para que una jauría de sicarios se dejara caer sobre la víctima señalada, los incipientes escritores rebeldes de mi generación nos quebrábamos la cabeza buscando modos de alinear nuestros textos con la lucha libertaria. Como todos nuestros predecesores, finalmente entendimos que bastaba con escribir; había que arrollar cualquier intencionalidad y abrir espacio a la creación. Lo demás vendría solo, sin fórceps, sin fórmulas, sin obligaciones estentóreas. Cuando lograba apoderarme de un asiento, comencé a escribir en los viajes de ida y vuelta a la universidad; o sea en las “micros”, la abreviatura con que designamos los chilenos a los microbuses de transporte urbano. Garabateados entre saltos debidos a los baches del pavimento, frenazos horribles que derribaban a la mitad de los pasajeros de pie, empujado y medio asfixiado por la masa a presión, si es que no agredido además por los gustos musicales del conductor, escribí mis primeros cuentos brevísimos. Cuando acumulé varios, intuí que estaba ante una clase especial de textos que bauticé micro-cuentos, o sea, cuentos escritos en una micro. Como soy lento de pensamiento, no advertí de inmediato el doble juego de esta denominación, que alude a la pequeñez, al mundo de lo microscópico.
El descubrimiento de la brevedad tuvo bastante más relevancia, porque me llevó a publicar mis primeros textos: cuatro o cinco micro-cuentos, en una revista literaria semi-clandestina de la Facultad. Después vinieron otros. Empezaron a poblar los diarios murales, conviviendo con listas de notas y anuncios académicos. Algunos lectores activos los leían con esperanza: a buen entendedor pocas palabras. La brevedad permitía múltiples interpretaciones; la ambigüedad, la sugerencia y la imaginación hacían su trabajo. Y, lo mejor de todo, nadie podía acusarme de subversión. Poco tiempo después adquirí el privilegio de leer micro-cuentos en las primeras peñas y expresiones artísticas de la disidencia. Leí junto con los poetas, a quienes se les otorgaba el privilegio de un espacio menor hecho en medio de una larga secuencia de músicos y cantantes. Los estudiantes se asustaron cuando se anunció la intervención de un cuentista, pero antes de que alcanzaran a abrocharse las zapatillas para escapar a toda velocidad, les espeté un cuentecillo. Entonces se aliviaron, exhalaron un suspiro y decidieron quedarse para escuchar otro.
La brevedad y la emergencia se llevaban bien. Después, años después, ya en democracia, me dio por elucubrar que la vida acelerada del presente tendría que llevarse naturalmente bien con el cuento, y más todavía con el micro-cuento. Con el escaso tiempo disponible que dejan el trabajo y los traslados de un lugar a otro, la menor extensión se convierte en una característica ideal. Pero los editores insisten en mirar con indiferencia, si es que no con franca repugnancia, los volúmenes de cuentos que los narradores les ofrecemos. Suelen preguntar acaso estamos escribiendo una novela mientras nos devuelven el original, como si estuviera infectado de peste negra. “La gente quiere leer novelas”, afirman. Y ahí estamos...
Siempre he tenido una tendencia fuerte a incursionar en los bordes: literatura fantástica, cuentos de horror, ciencia ficción, micro-cuento. De alguna manera esto en Chile –hasta hace poco más de una década- ha implicado una trasgresión bastante seria. Por ejemplo, la ciencia ficción recién viene a salir del tocador, después de casi cuarenta años de total silencio. Los escritores chilenos que la han cultivado en los últimos años con obra publicada apenas pueden contarse con los dedos de una mano. ¿Será una manifestación de rebeldía trasladada al terreno de la literatura? A medio camino entre géneros o quizás qué clase de categorías, con un juego que se desarrolla propiamente en el territorio de lo experimental, el micro tiene aires de vanguardia a pesar de su modesta estatura.
En algún momento más intenso de locura se me enquistó en la cabeza–y no sé de dónde demonios surgió- una especie de utopía estúpida. Pienso que si todo el mundo leyera buena literatura, las cosas andarían mucho mejor. Quiero decir que te subes a un carro del metro y ves que la señora del lado ya va concluyendo el Quijote; que no puedo atisbarle los calzones a la muchacha con minifalda del frente, pues me lo impide el despliegue de “El llano en llamas”; que un señor de pie me pega en la cabeza con la portada de las “Crónicas Marcianas”, y así, todos leyendo algo mientras van al trabajo o regresan a su casa. Me cuesta imaginar que un lector ilustrado vaya a salir diciendo babosadas en frase corta, al más puro estilo Bush, incitando al exterminio del mal por obra de los mercenarios del bien. En fin, idioteces que se me ocurren.
Un último asunto. Hay una perfecta correlación entre la red global de internet y el micro-cuento. Podemos apreciar el texto completo en una pantalla y leerlo antes de que el desprevenido lector se alerte. Quizás nuestro navegante cibernético haga un descubrimiento y por esa ventana ingrese al mundo de la literatura. El atractivo, la potencia del micro-cuento le permiten moverse en la frontera entre la poesía y la narrativa. De la poesía toma la densidad del significado, la preocupación por cada palabra, el equilibrio y la armonía de la estructura. De la narrativa toma el ritmo, la intensidad, la acción, la sorpresa. A este pequeñito que cabe en un dedal hay que tratarlo con respeto, pues quizás sea un género con formidable futuro. El Pulgarcito de la literatura se las gasta.
Hace unos buenos veinte años, una colega escritora me refirió haber visto en Estados Unidos una tesis de doctorado donde se analizaban tres micro-cuentos, que sumados no alcanzaban a una página. La memoria tenía más de doscientas páginas y apuntaba a demostrar que estos Pulgarcitos eran cuentos hechos y derechos. Sin comentarios, un fenómeno interesante, una página que se multiplica por doscientos; ojalá con el alimento, con la amistad y con la justicia pudiera hacerse el mismo milagro.
***
Poética leída en el contexto del Encuentro Chileno de Minificción “Sea breve, por favor”; 1- 4 de agosto del 2007. Santiago de Chile.


De muestra un botón:

El verdugo
El verdugo, ansioso, afila su hacha brillante con ahínco, sonríe y espera. Pero algo debe vislumbrar en los ojos de quienes lo rodean, que petrifica su sonrisa y se llena de espanto.
El Heraldo se acerca al galope y lee el nombre del condenado, que es el verdugo.

 
(*) Este microcuento forma parte del libro Ángeles y verdugos, publicado en 2002 por el autor, bajo el sello de la editorial Mosquito.


Ilustración de Alberto Montt

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Los cachureos de la Mistral

Por Antonio Gil

"No quiero ir a Chile porque allí me llamarán la Gaby y me tomarán para el fideo", decía Gabriela Mistral desde sus innumerables exilios voluntarios por el mundo. Pues volvió, fugazmente tras el Nobel, a recibir las ovaciones bobas y pueblerinas de ese Chile ceniciento de entonces, luego regresó su cadáver devorado por el cáncer de páncreas. Estuvimos en la Catedral de Santiago haciendo la larga fila para verla. Es uno de nuestros primeros recuerdos de la infancia, junto con el Sputnik surcando la noche de Chile.

Y ahora sigue volviendo la Mistral a pedazos, en cajas que contienen buena parte de su obra inédita. ¿Para qué? ¿Para que la lea quién? Más allá de sus Piececitos de niño nadie lee nada de esta gran creadora de lenguaje, relegada al comidillo provinciano de esta fértil provincia en homofobias cerriles y descalificaciones escalofriantes.

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Algunos apuntes sobre el canon literario

Por Lilian Elphick
 

El debate sobre el canon literario. Enric Sullà


Enric Sullà define el canon como “una lista o elenco de obras consideradas valiosas y dignas por ello de ser estudiadas y comentadas”, agregando que “el elenco de obras y autores sirve de espejo cultural e ideológico de la identidad nacional”. (Sullà.1998:11). El editor resalta la estrecha conexión entre canon y poder en el sentido de quién selecciona estas obras de ‘excelencia estética’. Como ejemplo de tradición y conservadurismo cita El canon occidental de Harold Bloom quien defiende la calidad meramente estética de la literatura. Así como una rosa es una rosa es una rosa (Gertrude Stein), para Bloom, el canon es el canon es el canon. Y este canon –según algunos artículos de internet (1)- es básicamente WASP (White Anglo-Saxon Protestant ) y DWEM (Death White European Males), excluyendo lo que el mismo Bloom denomina la “Escuela del Resentimiento”, es decir, grupos de “feministas, afroamericanistas, marxistas, neohistoricistas, decontruccionistas y, en fin, a todos los ‘ bárbaros ’ que ejercen la crítica cultural”. (Ibíd:12). Sullá advierte que en su lista hay “veintiséis autores, todos ellos de raza blanca y de sexo masculino, con la excepción de dos mujeres.” (Ibíd:13).

Para Sullà, ‘el caso Bloom’ ha suscitado polémicas en los Estados Unidos entre ‘occidentalistas’ derechistas (Bennet) y ‘multiculturalistas’ (Hughes). “La sociedad norteamericana de los últimos veinte años se ha convertido, debido a la constante emigración, integración y ascenso social de los descendientes de los nuevos ciudadanos, en un conglomerado de razas, lenguas y culturas, expresado mediante el marbete de “multiculturalismo”…” (Ibíd:14).

Con respecto al canon literario y dentro del marco del multiculturalismo, “se trata de admitir en el canon escritores y obras que representen a esas minorías [étnica y/o sexual]”. Esto “pone de manifiesto el retorno de una concepción de lo literario como “reflejo” y “representación…” (Ibíd: 16-17).

La Canonicidad. Wendell V. Harris
 Harris inicia su ensayo determinando el origen griego de la palabra ‘canon’, kanon , que significa “ “regla o medida y, por extrapolación, “correcto” o “autorizado” (Ibíd:37), estableciendo que la palabra ‘canon’ es más exacta que ‘selección’, y sugiriendo –en su cita a Curtius- la existencia de varios cánones, la invariabilidad y variabilidad del canon bíblico y el canon literario moderno, respectivamente:

“ [Curtius]… considera catálogos primerizos de autores, aspectos del siempre renovado conflicto entre antiguos y modernos, la formación del canon en la iglesia, el canon medieval y, finalmente, los cánones modernos.” (Ibíd:38).
“[…] la gran entelequia de los procesos de canonización bíblica tendía al cierre, mientras que los cánones literarios siempre han permitido implícitamente que, por lo menos, existiera la posibilidad de añadir obras nuevas o revaloradas.” (Ibíd:39).

Basándose en A. Fowler, Harris determina seis tipos de cánones y agrega otros cuatro:
1.- El canon potencial : “Comprende el corpus escrito en su totalidad, junto a la literatura oral que aún pervive”.
2.- El canon accesible: “Parte del canon potencial disponible en un momento dado”.
3.- El canon selectivo: “ Listas de autores y de textos [en] antologías, programas y reseñas críticas.”
4.- Canon oficial: “Una mezcla de esas listas”.
5.- Canon personal: “Lo que los lectores individuales “conocen y valoran”.
6.- Canon crítico: [Es el] “que se construye con aquellas obras, o partes de obras, que son tratadas por los artículos y libros de crítica en forma reiterada.”
7.- Canon cerrado (canon 7 ): “El término canon aplicado a un corpus textual cerrado, único y dotado de autoridad, como por ejemplo la Biblia…”
8.- Canon pedagógico (canon 8 ): … “ lista de libros que se enseña generalmente en los institutos y universidades…”.
9.- Canon diacrónico (canon 9 ): Se trata de un centro (Harris habla de núcleo) de autores y obras que “cambia radicalmente.” Si es diacrónico es porque éstos se suceden en el tiempo.
10.- Canon del día [nonce canon] (canon 10): … “ periferia que cambia rápidamente”. (Ibíd:42-44). (2).

A la hora de diferenciar criterios y funciones a los cánones selectivos, es decir, la lista de autores y textos en antologías y otros, Harris propone:

1.- Provisión de modelos, ideales e inspiración que cambian constantemente de acuerdo con la época.
2.- Transmisión de la herencia del pensamiento: … “proporcionar lo que se considera el conocimiento cultural básico para interpretar los textos del pasado, ver los temas actuales con perspectiva histórica y orientarse en los logros estéticos, cambios sociales y políticos y debates filosóficos que han durado siglos.” (Ibíd:51).
3.- Creación de marcos de referencia comunes: … “no sólo cualquier canon particular es justificable sino que también algunos cánones son necesarios para proporcionar puntos de referencia en común. “ (Ibíd: 52).
4.- Intercambio de favores [logrolling]: Logrolling es un término de política económica: yo voto por tu ley y tú votas por la mía; se hace extensible al ámbito literario: yo alabo tu libro y tú haces lo mismo con el mío, práctica muy común en Chile.
5.- Legitimación de la teoría: leer un texto, ya sea desde el new criticism, deconstrucción o marxismo, “de modo que apoye sus propias preferencias”. (Ibíd:54).
6.- Historización: …“análisis de cómo y por qué determinados textos tienen poder en el mundo (o no lo consiguen, si es el caso) en un momento dado.” (Harris citando a Tomkins) (Ibíd:55).
7.- Pluralismo: Se refiere a la atención prestada en diferentes épocas a las literaturas escritas por mujeres y minorías étnicas.
8.- Selección de textos como selección de lecturas: un canon “se construye a partir de cómo se leen los textos, no de los textos en sí mismos.” (Ibíd:56).
9.- Competencia: … “siempre existirán cánones en competencia: es imposible evitar el problema de qué textos son los que uno desea discutir o compartir en su antología o artículo crítico o programa de curso o polémica.
Harris finaliza su ensayo con un conveniente mea culpa:
“Está bien reconocer que la mayor parte de nuestra literatura [de Estados Unidos] tiene un sesgo masculino, blanco y anglosajón además de individualista y competitivo.” (Ibíd: 60).
***
En: Sullà, Enric (Compilador). El canon literario. Madrid:Arco/ Libros, 1998.


Notas
1.- a.- “ Updike apunta lo que en los noventa, cuando Bloom publica “El canon occidental”, ha llegado al paroxismo: el auge de los particularismos. No hay una revolución (que implicaría una ideología y un programa), sino una rebelión (actos, reacción de rechazo a un lenguaje impuesto por la clase hegemónica, los “wasp”) de las minorías, que acceden a los departamentos universitarios con el decreto de discriminación positiva bajo el brazo. Con la angustia de quien teme que su civilización letrada sea devorada por los nuevos bárbaros (el triunfo de los últimos de la clase), a los que bautiza como líderes de la Cultura del Resentimiento, Bloom pasa revista a los Homero de cada siglo (desde Dante hasta Joyce y, en cada página, Shakespeare), a los que implícitamente compara con la sarta de escritorzuelos de esas minorías particularistas que hacen de su naturaleza (negritud, judíos pelirrojos, gays de Nebraska, cubanos del tercer exilio...) una trinchera desde donde disparar contra el blanco de la cultura occidental.”
María José Furió: Tres lecciones literarias (reseña de W. H. Auden, Trabajos de amor dispersos; Harold Bloom, El canon occidental; Vladimir Nabokov, Curso de literatura europea)

b.- “Menospreciando la crítica feminista afro-americana (lo políticamente correcto), Bloom proclama un triunvirato (europeo, blanco y masculino) en el canon de Occidente: Dante, Shakespeare y Cervantes, quienes, según él, especialmente Shakespeare, nos inventaron .”
Patricia McDermott . Nuevos horizontes: el canon decimonónico y la nueva crítica de 1900. University of Leeds. Artículo encontrado en:

c.- […] “ Hay un movimiento norteamericano que se ocupó de estudiar qué ocurría cuando una escritora que publicaba en Estados Unidos era mujer, negra y lesbiana. Los estudios marginales han tenido una importante repercusión para la teoría literaria. Hoy día hablamos del canon, el conjunto de aquellos escritores más apreciados por una época determinada. En la literatura americana se ha hablado del canon WASP, la lista de escritores que deben reunir una serie de requisitos (White, Anglo Saxon and Protestant) para que se integren en este selecto grupo, los clásicos y mejores en una sociedad. Cuando estudiemos por qué esa sociedad los considera así, sabremos entonces mucho de ella. El canon WASP lo establece la teoría norteamericana al observar que muchos de los autores no estaban integrados en él.”
Artículo encontrado en:

2.- Con respecto a los conceptos de centro y periferia como un sistema binario, Moszczynska señala que “ la mencionada dialéctica memoria/olvido está directamente ligada al pensamiento fronterizo y al sistema binario. Retomando las nociones bajtinianas del umbral y la frontera, Lotman muestra cómo la periferia condiciona la existencia del centro, de la misma manera que la no-cultura (es decir, lo exterior a una cultura dada) define a la cultura, o el sujeto se auto-concibe mediante el otro. Así, la incapacidad de decir el mundo, propia de la lengua, garantiza la existencia de la estructura misma a través de la presencia obligatoria de otra lengua, otra cultura, otro sujeto (Lotman 1999).
De hecho, las fronteras entre el afuera y el adentro de la semiósfera marcan una zona en la cual las fuerzas opuestas luchan entre sí. Paralelamente, en las fronteras internas de la semiósfera, las que separan a distintas culturas, se produce la intersección de los elementos culturales externos e internos. Se puede concluir entonces que: a) la coexistencia de las lenguas es una estado propio de la estructura, b) varios textos de distinto grado de traducibilidad se entrecruzan en la zona fronteriza, produciendo así adopciones, absorciones de los elementos que la invaden. (Ibid). Con esta última característica se explica el desplazamiento de las fronteras y la transformación de las culturas.
Por lo tanto, según las premisas del pensamiento binario, no hay “centro” sin “periferia”, “textos canónicos” sin “apócrifos” ni “yo” sin “el otro”. En la propia constitución de la estructura se precisa lo externo a ella, en forma de barbarie, entropía. Así como el canon clásico generó a los 'bárbaros' en función de su lenguaje del que carecen 'los otros' (Pozuelo 2003), la esfera cerrada de cada cultura se autorretrata como ordenada, organizada frente a la esfera exterior, representada como lo desordenado, lo desorganizado, lo caótico, “lo malo”. La comprensión de este proceso es crucial para desmitificar la frecuente “demonización” del otro.”
Katarzyna Moszczynska. Lotman y el feminismo: ¿una alianza posible? Artículo encontrado en: http://www.ugr.es/~mcaceres/Entretextos/entre5/kasia.htm

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Más información en El canon literario


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Breves de Brown

Por Fredric Brown

Llamada (1948)

El último hombre sobre la Tierra está sentado a solas en una habitación. Llaman a la puerta.

Naturalmente (1954)

Henry miró el reloj, a las dos de la mañana cerró el libro desesperado.
Seguramente lo suspenderían al día siguiente. Cuanto más estudiaba geometría, menos la comprendía. Había fracasado ya dos veces. Con seguridad lo echarían de la Universidad. Sólo un milagro podía salvarlo. Se enderezó.
¿Un milagro? ¿Por qué no? Siempre se había interesado por la magia. Tenía libros. Había encontrado instrucciones muy sencillas para llamar a los demonios y someterlos a su voluntad. Nunca había probado. Y aquel era el momento o nunca. Tomó de la estantería su mejor obra de magia negra. Era sencillo. Algunas fórmulas. Ponerse a cubierto en un pentágono. Llega el demonio, no puede hacernos nada y se obtiene lo que se desea. ­El triunfo es vuestro!
Despejó el piso retirando los muebles contra las paredes. Luego dibujó en el suelo, con tiza, el pentágono protector. Por fin pronunció los encantamientos.
El demonio era verdaderamente horrible, pero Henry se armó de coraje.
- Siempre he sido un inútil en geometría - comenzó...
¡A quién se lo dices! - replicó el demonio, riendo burlonamente.
Y cruzó, para devorarse a Henry, las líneas del hexágono que aquel idiota había dibujado en vez del pentágono.

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(N. de la E: Tienes razón: Un título no es sólo un título).

El solipsista (1954)

Walter B. Jehová, por cuyo nombre no pido disculpas, pues en realidad ese era su nombre, había sido un solipsista toda la vida. Un solipsista -por si acaso no conoce la palabra- es alguien que cree que él es la única cosa que realmente existe, que las demás personas y el universo en general sólo existen en su mente y que si dejara de imaginárselos dejarían de existir.
Un día, Walter B. Jehová se convirtió en solipsista practicante. En una semana su esposa se había fugado con otro hombre, había perdido su empleo de funcionario en una agencia de envíos y se había roto una pierna corriendo tras un gato negro para evitar que se cruzara en su camino.
Convaleciente en una cama de hospital, decidió acabar con todo.
Miró a través de la ventana, fijó la vista en las estrellas, deseó que dejaran de existir y ya no estaban allí. Luego, deseó que todas las demás personas cesaran su existencia y el hospital se tornó extrañamente callado, incluso para un hospital. Después, deseó que el mundo desapareciera, y se encontró suspendido en un vacío. Se deshizo de su cuerpo casi con la misma facilidad y luego dio el paso final de desear que él mismo no existiera.
Nada sucedió.
-¡Qué extraño! -pensó. ¿Puede haber un límite para el solipsismo?
-Sí -dijo una voz.
-¿Quién eres tú? -preguntó Walter B. Jehová.
-Yo soy quien creó el universo que tú acabas de desaparecer con tu deseo. Y ahora has tomado mi lugar. Hubo un profundo suspiro. -Al fin puedo abandonar mi propia existencia, encontrar el olvido y dejarte a cargo.
-Pero, ¿cómo puedo yo dejar de existir? Es lo que estoy tratando de hacer, ¿sabes?
-Sí, ya lo sé -dijo la voz. Tienes que hacerlo de la misma manera que yo lo hice: Crea un universo. Espera a que alguien en verdad crea lo que tú creíste y desee que ya no exista. Luego te puedes jubilar y dejar que él tome tu lugar. Adiós.
Y la voz desapareció.
Walter B. Jehová estaba solo en el vacío y únicamente había una cosa que podía hacer: Creó el cielo y la tierra.
Tardó siete días.

Desgraciadamente (1958)

Ralph NC-5 suspiró aliviado cuando tuvo a la vista el Cuarto Planeta de Arturo en el espacioscopio, exactamente en el lugar en que el computador le había advertido que lo encontraría. Arturo IV era el único planeta habitable o inhabitable de su ruta y se encontraba a muy pocos años luz del más próximo sistema estelar.
Necesitaba alimento - las reservas de combustible y de agua eran las correctas, pero el departamento de Plutón había cometido un error al cargar comida - y, probablemente, de acuerdo con el manual espacial, los nativos eran amistosos: le darían cualquier cosa que les pidiera.
El manual resultaba poco claro en aquel punto; volvió a releer la breve sección dedicada a los arturianos tan pronto como hubo dispuesto los mandos para el aterrizaje automático.
Los arturianos, leyó, son inhumanos, pero muy amables. Un piloto que aterrice en Arturo IV sólo tendrá que pedir lo que quiere y ellos se le entregarán gratuita, amablemente y sin pedir explicación alguna.
La comunicación con ellos, sin embargo, debe hacerse mediante papel y lápiz, pues carecen de órganos vocales y auditivos. No obstante, leen y escriben inglés con cierta corrección.
Ralph NC-5 intentó decidir que querría comer en primer lugar, después de dos días de completa abstinencia alimenticia, precedidos por cinco de alimentación racionada: hacía una semana que descubrió el error de la carga de comida en las bodegas.
Comidas, maravillosas comidas, pasaban una tras otras por su mente.
Aterrizó. Los arturianos, una docena de seres efectivamente inhumanos - doce pies de alto, con seis brazos y de un brillante color magenta - se acercaron a él; su jefe hizo una reverencia y le tendió un papel y un lápiz.
En aquel instante, supo exactamente lo que quería: escribió rápidamente y devolvió el bloc. Pasó de mano en mano entre los arturianos.
Abruptamente, sintió que le agarraban y que le maniataban. Y que le llevaban hasta una estaca donde los inhumanos apilaban ramas y arbustos. Uno de ellos les prendió fuego.
Chilló en protesta, pero ellos, como no tenían orejas, no pudieron oírle. Gritó de dolor y luego dejó de gritar.
El manual del espacio era muy correcto al decir que los arturianos leían y escribían el inglés con cierta corrección. Pero omitía el hecho de que eran muy parcos de vocabulario: lo último que tendría que haber pedido Ralph NC-5 era un filete a la plancha.

Imagínate (1955)

Imagínate espectros, dioses y demonios.
Imagínate infiernos y cielos, ciudades flotando en el cielo y ciudades hundidas en el mar.
Unicornios y centauros. Brujas, hechiceros, genios y fantasmas.
Ángeles y arpías. Hechizos y sortilegios. Elementales, espíritus familiares, demonios.
Es fácil imaginarse todas estas cosas: la humanidad se las ha imaginado durante miles de años.
Imagínate naves espaciales en el futuro.
Es fácil imaginárselo; el futuro se aproxima realmente y habrá naves espaciales en él.
Así pues, ¿existe algo que sea difícil de imaginar?
Claro que sí.
Imagínate un trozo de materia y a ti mismo dentro de ella, consciente, pensando, y por lo tanto sabiendo que existes, capaz de mover ese trozo de materia en cuyo interior te hallas, de hacerla dormir o despertarse, amar o subir una colina.
Imagínate un universo - infinito o no, como tú desees representártelo -, con un billón, billón, billón de soles en él.
Imagínate un grumo de barro girando locamente en torno a uno de esos soles.
Imagínate a ti mismo, en pie sobre ese grumo de barro, girando con él, girando por el tiempo y el espacio hacia un destino desconocido.
¡Imagínate!

El Final (1961)

El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo largo de muchos años.
—Y he encontrado la ecuación clave —dijo un buen día a su hija—. El tiempo es un campo. La máquina que he fabricado puede manipular, e incluso invertir, dicho campo.
Apretando un botón mientras hablaba, dijo:
—Esto hará retroceder el tiempo el retroceder hará esto —dijo, hablaba mientras botón un apretando.
—Campo dicho, invertir incluso e, manipular puede fabrica­do he que máquina la. Campo un es tiempo el. —Hija su a día buen un dijo—. Clave ecuación la encontrado he y.
Años muchos de largo lo a tiempo del teoría la en trabajado había Jones profesor el.

Final el


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Datos del autor en: Liter Área Fantástica


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Del sentimiento de no estar del todo

Por Julio Cortázar

Siempre seré como un niño para tantas cosas, pero uno de esos niños que desde el comienzo llevan consigo al adulto, de manera que cuando el monstruito llega verdaderamente a adulto ocurre que a su vez éste lleva consigo al niño, y nel mezzo del camin se da una coexistencia pocas veces pacífica de por lo menos dos aperturas al mundo.
Esto puede entenderse metafóricamente pero apunta en todo caso a un temperamento que no ha renunciado a la visión pueril como precio de la visión adulta, y esa yuxtaposición que hace al poeta y quizá al criminal, y también al cronopio y al humorista (cuestión de dosis diferentes, de acentuación aguda o esdrújula, de elecciones: ahora juego, ahora mato) se manifiesta en el sentimiento de no estar del todo en cualquiera de las estructuras, de las telas que arma la vida y en las que somos a la vez araña y mosca.
Mucho de lo que he escrito se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que entre vivir y escribir nunca admití una clara diferencia; si viviendo alcanzo a disimular una participación parcial en mi circunstancia, en cambio no puedo negarla en lo que escribo puesto que precisamente escribo por no estar o por estar a medias. Escribo por falencia, por descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por supuesto, piedras preciosas. El monstruito sigue firme.
Esta especie de constante lúdica explica, sino justifica, mucho de lo que he escrito o he vivido. Se reprocha a mis novelas -ese juego al borde del balcón, ese fósforo al lado de la botella de nafta, ese revólver cargado en la mesa de luz- una búsqueda intelectual de la novela misma, que sería así como un continuo comentario de la acción y muchas veces la acción de un comentario. Me aburre argumentar a posteriori que a lo largo de esa dialéctica mágica un hombre-niño está luchando por rematar el juego de su vida: que sí, que no, que en ésta está. Porque un juego, bien mirado, ¿no es un proceso que parte de una descolocación para llegar a una colocación, a un emplazamiento -golf, jaque mate, piedra libre? ¿No es el cumplimiento de una ceremonia que marcha hacia la fijación final de la corona?
El hombre de nuestro tiempo cree fácilmente que su información filosófica e histórica lo salva del realismo ingenuo. En conferencias universitarias y en charlas de café llega a admitir que la realidad no es lo que parece, y está siempre dispuesto a reconocer que sus sentidos lo engañan y que su inteligencia le fabrica una visión tolerable pero incompleta del mundo. Cada vez que piensa metafísicamente se siente "más triste y más sabio", pero su admisión es momentánea y excepcional mientras que el continuo de la vida lo instala de lleno en la apariencia, la concreta en torno de él, la viste de definiciones, funciones y valores. Ese hombre es un ingenuo realista más que un realista ingenuo. Basta observar su comportamiento frente a lo excepcional, lo insólito; o lo reduce a fenómeno estético o poético ("era algo realmente surrealista, te juro") o renuncia en seguida a indagar en la entrevisión que han podido darle un sueño, un acto fallido, una asociación verbal o causal fuera de lo común, una coincidencia turbadora, cualquiera de las instantáneas fracturas del continuo. Si se lo interroga, dirá que no cree del todo en la realidad cotidiana y que sólo la acepta pragmáticamente. Pero vaya si cree, es en lo único que cree. Su sentido de la vida se parece al mecanismo de su mirada. A veces tiene una efímera conciencia de que cada tantos segundos los párpados interrumpen la visión que su conciencia ha decidido entender como permanente y continua; pero casi de inmediato el pestañeo vuelve a ser inconsciente, el libro o la manzana se fijan en su obstinada apariencia. Hay como un acuerdo de caballeros entre la circunstancia y los circunstanciados: tú no me sacas de mis costumbres, y yo no te ando escarbando con un palito. Pero ahora pasa que el hombre-niño no es un caballero sino un cronopio que no entiende bien el sistema de líneas de fuga gracias a las cuales se crea una perspectiva satisfactoria de esa circunstancia, o bien, como sucede en los collages mal resueltos, se siente en una escala diferente con respecto a la de la circunstancia, una hormiga que no cabe en un palacio o un número cuatro en el que no caben más que tres o cinco unidades. A mí esto me ocurre palpablemente, a veces soy más grande que el caballo que monto, y otros días me caigo en uno de mis zapatos y me doy un golpe terrible, sin contar el trabajo para salir, las escalas fabricadas nudo a nudo con los cordones y el terrible descubrimiento, ya en el borde, de que alguien ha guardado el zapato en un ropero y que estoy peor que Edmundo Dantés en el castillo de If porque ni siquiera hay un abate a tiro en los roperos de mi casa.
Y me gusta, y soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo. Vivo y escribo amenazado por esa lateralidad, por ese paralaje verdadero, por estar siempre un poco más a la izquierda o más al fondo del lugar donde se debería estar para que todo cuajara satisfactoriamente en un día más de vida sin conflictos. Desde muy pequeño asumí con los dientes apretados esa condición que me dividía de mis amigos y a la vez los atraía hacia el raro, el diferente, el que metía el dedo en el ventilador. No estaba privado de felicidad; la única condición era coincidir de a ratos (el camarada, el tío excéntrico, la vieja loca) con otro que tampoco calzara de lleno en su matrícula, y desde luego que no era fácil; pero pronto descubrí los gatos, en los que podía imaginar mi propia condición, y los libros donde la encontraba de lleno. En esos años hubiera podido decirme los versos quizá apócrifos de Poe:

From childhood's hour I have not been

As others were; I have not seen
As others saw; I could not bring
My passions from a common spring-
Pero lo que para el virginiano era un estigma (luciferino, pero por ello mismo monstruoso) que lo aislaba y condenaba,
And all I loved, I loved alone
no me divorció de aquellos cuyo redondo universo sólo tangencialmente compartía. Hipócrita sutil, aptitud para todos los mimetismos, ternura que rebasaba los límites y me los disimulaba; las sorpresas y las aflicciones de la primera edad se teñían de ironía amable. Me acuerdo: a los once años presté a un camarada El secreto de Wilhelm Storitz, donde Julio Verne me proponía como siempre un comienzo natural y entrañable con una realidad nada desemejante a la cotidiana. Mi amigo me devolvió el libro: "No lo terminé, es demasiado fantástico." Jamás renunciaré a la sorpresa escandalizada de ese minuto. ¿Fantástica, la invisibilidad de un hombre? Entonces, ¿sólo en el fútbol, en el café con leche, en las primeras coincidencias sexuales podíamos encontrarnos?
Adolescente, creí como tantos, que mi continuo extrañamiento era el signo anunciador del poeta, y escribí los poemas que se escriben entonces y que siempre son más fáciles de escribir que la prosa a esa altura de la vida que repite en el individuo las fases de la literatura. Con los años descubrí que si todo poeta es un extrañado, no todo extrañado es poeta en la acepción genérica del término. Entro aquí en terreno polémico, recoja el guante quien quiera. Si por poeta entendemos funcionalmente al que escribe poemas, la razón de que los escriba (no se discute la calidad) nace de que su extrañamiento como persona suscita siempre un mecanismo de challenge and response; así cada vez que el poeta es sensible a su lateralidad, a situación extrínseca en una realidad aparentemente intrínseca, reacciona poéticamente (casi diría profesionalmente, sobre todo a partir de su madurez técnica); dicho de otra manera, escribe poemas que son como petrificaciones de ese extrañamiento, lo que el poeta ve o siente en lugar de, o al lado de, o por debajo de, o en contra de, remitiendo este de a lo que los demás ven tal como creen que es, sin desplazamiento ni crítica interna. Dudo de que exista un solo gran poema que no haya nacido de esa extrañeza o que no la traduzca; más aún, que no la active y la potencie al sospechar que es precisamente la zona intersticial por donde cabe acceder. También el filósofo se extraña y se descoloca deliberadamente para descubrir las fisuras de lo aparencial, y su búsqueda nace igualmente de un challenge and response; en ambos casos, aunque los fines sean diferentes, hay una respuesta instrumental, una actitud técnica frente a un objeto definido.
Pero ya se ha visto que no todos los extrañados son poetas o filósofos profesionales. Casi siempre empiezan por serlo o por querer serlo, pero llega el día en que se dan cuenta de que no pueden o que no están obligados a esa response casi fatal que es el poema o la filosofía frente al challenge del extrañamiento. Su actitud se vuelve defensiva, egoísta si se quiere puesto que se trata de preservar por sobre todo la lucidez, resistir a la solapada deformación que la cotidianeidad codificada va montando en la conciencia con la activa participación de la inteligencia razonante, los medios de información, el hedonismo, la arterioesclerosis y el matrimonio inter alia. Los humoristas, algunos anarquistas, no pocos criminales y cantidad de cuentistas y novelistas se sitúan en este sector poco definible en el que la condición de extrañado no acarrea necesariamente una respuesta de orden poético. Estos poetas no profesionales sobrellevan su desplazamiento con mayor naturalidad y menor brillo, y hasta podría decirse que su noción del extrañamiento es lúdica por comparación con la respuesta lírica o trágica del poeta. Mientras éste libra siempre un combate, los extrañados a secas se integran en la excentricidad hasta un punto en que lo excepcional de esa condición, que suscita el challenge para el poeta o el filósofo, tiende a volverse condición natural del sujeto extrañado, que así lo ha querido y que por eso ha ajustado su conducta a esa aceptación paulatina. Pienso en Jarry, en un lento comercio a base de humor, de ironía, de familiaridad, que termina por inclinar la balanza del lado de las excepciones, por anular la diferencia escandalosa entre lo sólito y lo insólito, y permite el paso cotidiano, sin response concreta porque ya no hay challenge, a un plano que a falta de mejor nombre seguiremos llamando realidad pero sin que sea ya un flatus vocis o un peor es nada.
Volviendo a Eugenia Grandet
Tal vez ahora se comprenda mejor algo de lo que quise hacer en lo que llevo escrito, para liquidar un malentendido que acrecienta injustamente las ganancias de las casas Waterman y Pelikan. Los que me reprochan escribir novelas donde casi continuamente se pone en duda lo que acaba de afirmarse o se afirma empecinadamente toda razón de duda, insisten en que lo más aceptable de mi literatura son algunos cuentos donde se advierte una creación unívoca, sin miradas hacia atrás o paseítos hamletianos dentro de la estructura misma de lo narrado. A mí se me hace que esta distinción taxativa entre dos maneras de escribir no se funda tanto en las razones o los logros del autor como en la comodidad del que lee. Para qué volver sobre el hecho sabido de que cuanto más se parece un libro a una pipa de opio más satisfecho queda el chino que lo fuma, dispuesto a lo sumo a discutir la calidad del opio pero no sus efectos letárgicos. Los partidarios de esos cuentos pasan por alto que la anécdota de cada relato es también un testimonio de extrañamiento, cuando no una provocación tendiente a suscitarla en el lector. Se ha dicho que en mis relatos lo fantástico se desgaja de lo "real" o se inserta en él, y que ese brusco y casi siempre inesperado desajuste entre un satisfactorio horizonte razonable y la irrupción de lo insólito es lo que les da eficacia como materia literaria. Pero entonces, ¿qué importa que en esos cuentos se narre sin solución de continuidad una acción capaz de seducir a lector, si lo que subliminalmente lo seduce no es la unidad del proceso narrativo sino la disrupción en plena apariencia unívoca? Un eficaz oficio puede avasallar al lector sin darle oportunidad de ejercer su sentido crítico en el curso de la lectura, pero no es por el oficio que esas narraciones se distinguen de otras tentativas; bien o mal escritas son en su mayoría de la misma estofa que mis novelas, aperturas sobre el extrañamiento, instancias de una descolocación desde la cual lo sólito cesa de ser tranquilizador porque nada es sólito apenas se le somete a un escrutinio sigiloso y sostenido. Preguntale a Macedonio, a Francis Ponge, a Michaux
Alguien dirá que una cosa es mostrar un extrañamiento tal como se da o como cabe parafrasearlo literariamente, y otra muy distinta debatirlo en un plano dialéctico como suele ocurrir en mis novelas. En tanto lector, tiene pleno derecho a preferir uno u otro vehículo, optar por una participación o por una reflexión. Sin embargo, debería abstenerse de criticar la novela en nombre del cuento (o a la inversa si hubiera alguien tentado a hacerlo) puesto que la actitud central sigue siendo la misma y lo único disímil son las perspectivas en que se sitúa le autor para multiplicar sus posibilidades intersticiales. Rayuela es de alguna manera la filosofía de mis cuentos, una indagación sobre lo que determinó a lo largo de muchos años su materia o su impulso. Poco o nada reflexiono al escribir un relato; como ocurre con los poemas, tengo la impresión de que se hubieran escrito a sí mismos y no creo jactarme si digo que muchos de ellos participan de esa suspensión de la contingencia y de la incredulidad en las que Coleridge veía las notas privativas de la más alta operación poética. Por el contrario, las novelas han sido empresas más sistemáticas, en las que la enajenación de raíz poética sólo intervino intermitentemente para llevar adelante una acción demorada por la reflexión. ¿Pero se ha advertido lo bastante que esa reflexión participa menos de la lógica que de la mántica, que no es tanto dialéctica como asociación verbal o imaginativa? Lo que llamo aquí reflexión merecería quizá otro nombre o en todo caso otra connotación; también Hamlet reflexionó sobre su acción o su inacción, también el Ulrich de Musil o el cónsul de Malcolm Lowry. Pero es casi fatal que estos altos en la hipnosis, en los que el autor reclama una vigilia activa del lector, sean recibidos por los clientes del fumadero con un considerable grado de consternación.

Para terminar: también a mí me gustan esos capítulos de Rayuela que los críticos han coincidido casi siempre en subrayar: el concierto de Berthe Trépat, la muerte de Rocamadour. Y sin embargo no creo que en ellos esté ni por asomo la justificación del libro. No puedo dejar de ver que, fatalmente, quienes elogian esos capítulos están elogiando un eslabón más dentro de la tradición novelística, dentro de un terreno material y ortodoxo. Me sumo a los pocos críticos que han querido ver en Rayuela la denuncia imperfecta y desesperada del establishment de las letras, a la vez espejo y pantalla del otro establishment que está haciendo de Adán cibernética y minuciosamente, lo que delata su nombre apenas se lo lee al revés: nada.


Cortázar, Julio; La vuelta al día en ochenta mundos, México, Siglo Veintiuno Editores, 1984

En: Julio Cortázar

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La buena tierra



Esta no es la historia de Pearl Buck, nacida en Hillsboro, West Virginia, premio Nobel 1938; estas palabras van derecho a sumergirse en la tierra recién regada, porque ella me ha traído almácigos de albahaca, tomillo y tomate; semillas de suspiros, dedales de oro y clarines. Entonces, hay que sacarse la capa de la literatura de encima, que tanto pesa, hay que desprenderse de la imagen, olvidar la metáfora, aserruchar el cuento de amor que aún no se gesta, guardar las lágrimas para alimentar a la buena tierra, húmeda y tibia, sin una pizca de versos alejandrinos ni comienzos in media res.
 

Busco el mejor sitio, donde el sol sea directo y no monólogo; beso el barro y olvido. Porque hay que olvidarse de la tinta, de la fastuosa estructura errante: Sangre, Yago, sangre; el invierno de nuestro descontento; ¡Huye! Es justo que yo aquí/ muera con los pies dentro del agua; llevo luto por mi vida, soy muy desgraciada.

Adiós Shakespeare, Lorca, Чехов; adiós a los andamios trágicos. Todo se cae; yo caigo y me hundo en la tierra mía. No hay mejor silencio que el de las flores que arriba crecen.

Foto: Rope and life, de Vlad Gansovsky.

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Aforismos salvajes

Por Paulinho Assunção
 
O RITO DAS ANTE-SALAS
Ele soube que não seria o escolhido quando a porta que dava para a sala do diretor rangeu duas vezes, um vento soprou em volta do lustre, a mosca, sobre um catálogo telefônico, pareceu morta, e a secretária, com dez unhas rubras em volta de um relatório, lançou-lhe o olhar dos fatos consumados.

OS IMPOSSÍVEIS GEOMÉTRICOS

O instante em que a linha, que era paralela, entrou dentro da outra linha e começou a infinita jornada rumo ao número um.

OS PONTOS LUMINOSOS

A solidão do pintor em sua longa jornada para entrar dentro da tela.

LIÇÕES DE PLANTIO

Plantou pouco. Duas árvores apenas. Uma era a árvore das surpresas, a outra era a árvore da paciência.

AFORISMOS SELVAGENS

João Serenus é quem diz o dito sábio: "Amor não é coisa para mão de chumbo".

***

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Por qué escribo

Por George Orwell

Desde muy corta edad, quizá desde los cinco o seis años, supe que cuando fuese mayor sería escritor. Entre los diecisiete y los veinticuatro años traté de abandonar ese propósito, pero lo hacía dándome cuenta de que con ello traicionaba mi verdadera naturaleza y que tarde o temprano habría de ponerme a escribir libros.

Era yo el segundo de tres hermanos, pero me separaban de cada uno de los dos cinco años y apenas vi a mi padre hasta que tuve ocho. Por ésta y otras razones me hallaba solitario, y pronto fui adquiriendo desagradables hábitos que me hicieron impopular en mis años escolares. Tenía la costumbre de chiquillo solitario de inventar historias y sostener conversaciones con personas imaginarias, y creo que desde el principio se mezclaron mis ambiciones literarias con la sensación de estar aislado y de ser menospreciado. Sabía que las palabras se me daban bien, así como que podía enfrentarme con hechos desagradables creándome una especie de mundo privado en el que podía obtener ventajas a cambio de mi fracaso en la vida cotidiana. Sin embargo, el volumen de escritos serios, es decir, realizados con intención seria, que produje en toda mi niñez y en mis años adolescentes no llegó a una docena de páginas. Escribí mi primer poema a la edad de cuatro o cinco años (se lo dicté a mi madre). Tan sólo recuerdo de esa “creación” que trataba de un tigre y que el tigre tenía “dientes como de carne”, frase bastante buena, aunque imagino que el poema sería un plagio de “Tigre, tigre”, de Blake. A mis once años, cuando estalló la guerra de 1914–1918, escribí un poema patriótico que publicó el periódico local, lo mismo que otro, de dos años después, sobre la muerte de Kitchener. De vez en cuando, cuando ya era un poco mayor, escribí malos e inacabados “poemas de la naturaleza” en estilo georgiano. También, unas dos veces, intenté escribir una novela corta que fue un impresionante fracaso. Ésa fue toda la obra con aspiraciones que pasé al papel durante todos aquellos años.

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Las praderas amarillas

Él dice que sus ojos lo hacen soñar. Ella no quiere escuchar; la piel erizada le indica que puede robarle sus propios sueños, aunque sea parte de ellos. Él dice que sus ojos son sorprendentes. Entonces, despierta.

Legado de mi madre, contesta, la que se hacía llamar Marilyn Monroe. Él ríe y pregunta por el nombre real. Norma, miente, Norma Jean.

Pero la verdadera Marilyn es ella, aunque la otra era más voluptuosa, sus labios más sexuales...; su madre era la copia perfecta de esa envidia bien llevada, una finura que terminaba en la decadencia de sus uñas pintadas de dos colores. Cuando murió quiso ser enterrada desnuda, envuelta en un tafetán rojizo. Le dejó todos sus vestidos y pocas joyas verdaderas, el resto eran fantasías bien diseñadas, vidrios de colores, diamantes falsos.

La recuerda en el ataúd, la sombra de su sonrisa, el cutis lozano, las pestañas postizas en azul, el lunar a dos centímetros de la boca guinda carmesí. El maquillador de pompas fúnebres hizo un trabajo profesional, estaba tan maravillosamente hermosa, su cuerpo inmóvil, encerado, el cabello con mucha laca, rubio natural. La soledad del ataúd y su dueña, el salón con otros muertos listos para emprender el viaje la mañana siguiente. La noche y unos cuantos cirios eléctricos iluminando a los callados. Y ella, la única viva. La memoria se agolpa en las sienes, la imagen se hace tan nítida que a ella le da vergüenza; se trata del mismo rubor que tenían los labios de la muerta cuando ella los besó, acostada arriba del cuerpo inerte, pegada a esa madre histriónica que, pese al silencio de su carne retocada, tenía vida, una leve respuesta a ese beso póstumo, a las caricias que la adolescente le prodigó, las yemas de los dedos bajando hacia la hendidura del pubis esponjado en talco, intentando entrar en ese territorio de nadie.

Ella detiene las imágenes que, en espirales, cruzan su memoria; él la observa, sin sospechar que la mujer que tiene a su lado dormitó arriba de la madre muerta. Sabe tan poco de su historia, no quiere hacer demasiadas preguntas, teme que escape y que no vuelvan a encontrarse. Le atrae ese halo de misterio que ella carga en los hombros, como si fuera una pesada piel de animal salvaje. Poco a poco deberá ir conociéndola, así lo quiere, que la verdad no sea abrupta y degradante.

Yo no te prefiero rubia, dice él, jugando con el título de la famosa película. Pero lo seré, responde ella escondida entre las sábanas, mirando de reojo el anillo que él usa en el dedo meñique, admirando su mano decorada de serpiente, tan distinta a las manos regordetas del libanés, su esposo. Su amante usa el anillo que ella le ha dado...,o quizás se lo pone sólo para la ocasión del encuentro...; quizás, cuando ella no está, lo lanza lejos, maldiciendo a la serpiente y su ex dueña y después lo busca hasta encontrarlo debajo de una silla, arrinconado entre un zapato y un calcetín, y lo besa pidiéndole disculpas. Si fuera así, la venganza de la serpiente de ojos de rubíes sería implacable. La maldición de Marilyn caería sobre él, aplastándolo cual insecto.

Hay silencio en ese dormitorio. Ellos han dejado de hablar, los movimientos del despertar vuelven a hacerse lentos. La embajadorcita - como insiste él en llamarla- acaracola su cuerpo en su propio cuerpo, distanciándose del hombre del anillo. Él nunca entiende nada de ese cuerpo que, algunas veces, se anuda en una tristeza inconsolable. Pero no es tristeza, es duda, confusión. Con la cara en refugio, ella duda del amor que él puede darle, la incertidumbre le cruza los ojos de tinieblas, el velo se instala recreando la fantasía de una burka lejana. Que no la vaya a acariciar ahora que es vulnerable y su piel se resquebraja, que no vaya a besar la carne helada de sus mejillas. Y, como siempre, ella querría huir de inmediato, desnuda como está, aceitosa del placer viejo de hace unas horas, huir a campo traviesa, como la loba y la sirena de sus sueños.

El impulso de huida la levanta de la cama y la hace recoger del suelo sus atuendos mínimos con los que engaña al ojo del deseo. Siente que es una escalera de huesos protuberantes, donde la carne ha desaparecido junto con el perfume de la inocencia. Va al baño y se encierra, se mira al espejo, trata de llorar y al comprobar que ya no hay lágrimas, estrena un alarido histérico al modo de la arcaica blondie de Hollywood. Y él acude en su ayuda; el picaporte sube y baja, la puerta está con llave. Vamos, preciosa, abre la puerta, dice con un dejo de adulación, con una brizna zalamera atorada en la voz. Y a ella le gusta el epíteto, vuelve al espejo, contempla la preciosidad en su cuello y en el nacimiento de los pechos, donde la huesera es horizontal.

Extracto

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OJÍMETRO

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