K en Das Schloß

Me llamaron a interpretar la tierra, pero yo ya sabía cuántos escalones tenía el castillo y cuál era la distancia entre la gran colina y el pueblo de empedrado angosto. Tres golpes al portalón y doscientos cincuenta y cinco peldaños. El viento gruñía en las solapas de mi chaqueta. Me mantuve quieto, esperando que abrieran.

Ese día no tuve suerte. Bajé al pueblo y dormí en el altillo de una pensión. Tuve que ascender por una escalera acaracolada de, exactamente, cien gradas. El dueño me advirtió que el castillo no necesitaba un agrimensor. Tenía las piernas acalambradas. 

A la mañana siguiente, caminé los veintiocho kilómetros que me separaban de la fortaleza. Unas mujeres que cargaban leña manifestaron que, de parte del ujier, el alcalde no requería de un medidor. Se alejaron, riéndose. Seguí adelante. Me refugié de la lluvia; luego, la nieve, de cuarenta centímetros de espesor, impidió mi propósito. Topografié las estrellas, el sigiloso ataque del búho, las líneas de mi mano. La traza de la vida era muy larga y no perdería el


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La línea verde



Voy en el metro rumbo al hospital. Alguien “se ha precipitado a las vías del tren”, avisa una voz neutra. Todos abajo.  Alguien. No sé si es hombre o mujer, si se levantó temprano con la decisión instalada en sus ojos, si salió en ayunas de su casa, si se despidió de su familia. Alguien. Un nadie que ya ha muerto.

La calle me recibe con su aletazo de siempre: mendigos mano estirada, violinista eximio en la esquina, vendedores ambulantes. El hospital ya está cerca. Llevo útiles de aseo, unas zapatillas de levantarse que acabo de comprar. Y es mi hermano el que está postrado en una sala de recuperación del Hospital Del Salvador, en la calle Salvador, por supuesto. Ingresar a este recinto es casi como entrar a un cuento de Borges. Pasillos interminables, lóbregos; bibliotecas de la sanidad. La línea verde pintada en el suelo me guía por los anchos corredores; a mi derecha, patios de naranjos antiguos, algún kiosco de diarios y gaseosas. Hoy lunes hay mucha gente. Pasan los moribundos en sus camillas de metal, los ancianos, las madres con sus hijos ahogados por la contaminación. Yo sigo la línea verde, la señal que me llevará al infierno o al paraíso, según el estado de ánimo. Falta poco. Me queda una gran escalera, un pasillo amarillo suave, insoportable, unas salas de espera frías y oscuras donde nadie espera y ya, estoy cerca.  A diez metros diviso a mi hermano. Le llega el sol de mayo en la espalda flaca. La bolsa de suero brilla en su soledad hecha gota. Ahí está, vivo, cuando hace unos días estuvo a punto de irse a la otra orilla. Hola, le digo, y le paso los periódicos y el librito de puzzles. Las enfermeras me advierten que “unos minutitos no más”, pero pasan veinte minutos y ellas conversan  de novios, ropa interior, de los sueldos malos y el frío de las mañanas.

Mi hermano sonríe apenas; se nota cansado, coloca su cabeza en la almohada y se hunde cerrando los ojos. Me dan ganas de llorar, pero reprimo las lágrimas para cuando esté de vuelta en la línea verde. Me voy. Chao, le digo. Hago el camino de vuelta. No tengo necesidad de mirar el piso. El hospital me abraza cuando bajo al patio de los viejos naranjos y ya me he olvidado de esa huella, de lo interminable, del olor a anestesia y sangre, a pacientes, a sillas de ruedas, a la muerte tan encima pillándote los talones, verde que te quiero verde. 


Aliosha Márquez

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Corvus frugilegus


K significa grajo. Soy judío, checo, alemán; quizás por mis venas corre sangre lituana. Soy hombre –no quiero engañar a nadie-; escribo de insectos y encierros, grazno a mediodía. Escribo. Mis plumas están manchadas de tinta. Es tanto el peso, que no puedo volar. Ningún grajo me reconoce. Los hombres me espantan. Escribo desde mi trapecio.

«Sólo soy literatura y no puedo ni quiero ser otra cosa.»

Mario Retuerta

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K en Riva



Yo seré siempre esclavo de mí mismo, eso es lo que soy, y debo tratar de vivir con eso. (Carta de Franz Kafka a Felice Bauer)

No cuento las palabras que he escrito; si lo hiciera, tendría que medir mis pasos en las baldosas rojizas del sanatorio e imaginar números en cada ventanal que no se empaña con mi exhalación diminuta. Cómo quisiera respirar libremente, pero no basta el amor, no basta el canto de los pájaros ni el aire cristalino de Riva. Ya ves, Felice, Gregorio no está con nosotros; él es la perfección de la soledad, la inocencia plasmada en un papel. Y yo soy el sudor de medianoche, la maldita tos que me recuerda a los trenes de una guerra que aún no se gesta.

Pronto no podré hablar.

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Amazilia tzacatl



Siempre andamos migrando, como si pudiéramos encontrar un no sé qué en un no sé cuándo. (Sergio Astorga)


-He migrado hasta tus historias, K,  y me he enamorado de tu mano y de tu tinta. Ya no quiero batir mis alas en la rapidez del viento; quiero libar la rosa de tus labios para ser, finalmente, el monstruo de la palabra.

-Te equivocas, Amazilia, soy yo el que migro. Mira mi cansancio, las ojeras de marcado abandono. Soy un fugitivo de mi espiral, un hombre que escribe todas las noches en una sola noche.

Dicho esto, K le pidió a Amazilia que cubriera la jaula para dormir un poco.


Tomás Fernández

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Mar de Chile



Nos quedamos de encontrar en Huérfanos con Mac Iver. El Café Colonia sería más discreto. Yo pediría café y ella té con leche; quizás, un triángulo de pastel. La vieja camarera nos dejaría solos. Ahí, en ese momento, le pasaría los papeles por debajo de la mesa.

La esquina se llenaba de humo y ella no aparecía. La gente corría, asustada. Y yo la esperé, la esperé para siempre, incluso cuando, un año después, me lanzaban al mar con las manos amarradas y caía, caía al azul, con la esperanza de verla de nuevo.


Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, Santiago-Chile

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El sueño de K

Rufino Tamayo


Soñé que era una mariposa; al despertar tenía cuatro alas y tres pares de patas. La noche anterior había estado creando la historia de Gregorio; los papeles quedaron arriba de la mesita de noche. Los miré con mis ojos compuestos. De las blancas hojas escritas con tinta negra voló una mariposa. Nunca más pude volver a dormir.

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Entrevista con Lilian Elphick


En Revista Narrativas  N°25  Abril/Junio 2012

NARRATIVAS: ¿Cómo resumirías tus comienzos literarios y el camino recorrido hasta ahora?

LILIAN ELPHICK: Creo que nací escribiendo. Siempre me gustó leer, actividad íntimamente comprometida con la escritura. Primero, era la poesía: Neruda, Parra, Machado, Aleixandre, Lorca, Hernández, y así... Luego, los cuentos, las novelas. A los veintitantos asistí al taller de José Donoso. En la entrevista, me preguntó si había leído a los rusos. Le dije que había leído principalmente a Chejov y, para darme ínfulas, agregué que ya había leído Ulysses, de Joyce, en su idioma original. Y no era mentira. Viví en Nueva York a los 20 años y saqué toneladas de libros de la biblioteca de la Universidad de Columbia.
Escribí poesía hasta los 23 años. Creo que mis textos más breves, los narrativos, lo demuestran. No creo en la tríada aristotélica lírica-épica-dramática. Ahora, en 2012, no podemos hablar de géneros puros.

N.: Tu trabajo literario se centra sobre todo en el relato, y dentro de este se diría que tienes una especial predilección por el microrrelato. ¿Qué posibilidades te ofrece el texto hiperbreve frente a otros géneros más extensos?

LE.: Como te decía en el último párrafo de la pregunta anterior, el microrrelato o microcuento me ofrece volver a la poesía sin etiquetarme de poeta (y aquí me río). La verdad, me gusta escribir verticalmente, reducir la anécdota y el bla bla de los personajes. Alguna vez dije que los grandes macrorrelatos ya están escritos; las novelas utópicas latinoamericanas, el famoso boom, las «grandes obras», en general. La idea de lo mínimo me parece atractiva en estos tiempos de fugacidad cibernética. Ahora, y esto lo recalco, lo mínimo no es sinónimo de fácil. He visto textos pútridos en Tweeter y otras redes sociales que generan sólo chiste, una risa a medias. Lo mínimo es concentración, es apuñalar al otro sin que se dé cuenta; es el aleph.

N.: Tus microrrelatos a veces parecen más bien propuestas, invitaciones, ideas primigenias que el lector debe continuar, de lo que se deduce que te interesa ante todo un lector activo, consciente de su papel, que participe en el relato más que lo lea como simple receptor.

LE.: Claro, por supuesto, el microrrelato no necesita del lector-hembra (machista concepto de Cortázar, al cual amo); al contrario, éste debe funcionar con la ayuda del lector/a. En una entrevista que me hizo la Internacional Microcuentista me referí a la teoría del iceberg, de Hemingway. Lo más importante nunca se cuenta. Es el lector/a quien debe desentrañar la historia profunda (partiendo de la base de que existe una historia superficial, como el texto de los zapatitos de bebé del propio Ernest).
Y está, también, la intertextualidad, en donde el lector/a deberá conocer el texto N°1 para poder interpretar la reelaboración del texto N°2.

N.: Diriges la revista de literatura Letras de Chile. ¿Qué puntos de conexión pueden existir entre las tareas propias de dirigir una revista con las aparentemente más libres y atrevidas de la escritura propiamente dicha?

LE.: Se trata de una página web que nació el año 2002-2003. Ha tenido varios editores y, actualmente, somos tres los que editamos contenidos: los escritores Diego Muñoz V.,  Miguel de Loyola, y yo.
Letras de Chile es un sitio destinado a la difusión de la literatura chilena, pero también de otros países. Como corporación cultural y sin fines de lucro, Letras de Chile intenta darle cabida al trabajo literario de sus propios socios/as y público joven (estudiantes secundarios y universitarios). Se difunden textos, concursos, noticias, comentarios, etc.
Personalmente, soy socia de esta corporación desde el 2000. Participé de su directorio durante muchos años y hemos organizado lecturas públicas gratuitas, congresos, foros, y otras actividades relacionadas con el fomento del libro y la lectura. No soy una escritora de trono, por así decirlo. Siempre he estado ligada a la programación de actividades culturales y literarias. Entonces, la conexión es muy grande, entre mi quehacer particular y los otros quehaceres.

N.: Entre otros proyectos digitales que ofreces en la red, mantienes un blog donde das cabida a diversos textos escritos por Alejandra Pizarnik. ¿Qué influencia dirías que han tenido la obra de esta escritora en tu trabajo y en tu actitud frente a la literatura?

LE.: Bueno, ese blog de Pizarnik no lo actualizo hace mucho tiempo. Hay, sí, muchos textos y algunos míos colados en algún rinconcito. Pizarnik es un referente importante. Su modo escritural, su posición frente a la realidad y su actitud lúdica hacia lo superreal. La entrega total a lo literario, al mundo ficticio, como Cortázar y Kafka, por nombrar a algunos. Ella es una de las escritoras que me estremece y me conmueve. Me saca del centro para ser periferia.

N.: En otro de tus blogs, Por la matria, haces especial hincapié en la literatura escrita por mujeres. ¿Dirías que hay alguna diferenciación de fondo y de planteamiento entre la literatura que escriben o han escrito hombres y mujeres?

LE.: Me preguntas algo ultra complejo. Tengo un ensayito dando vueltas en internet; quizás ahí se encuentren respuestas.

N.: ¿Qué hay en la cabeza de Lilian Elphick antes de ponerse frente a una hoja en blanco? ¿Cómo concibes tus historias?

LE.: En primer lugar, las historias no las concibe Lilian Elphick, sino los múltiples seres que la viven. Me gusta pensar como Julio Cortázar y su intersticio o zona escritural. No hay nada racional en la génesis de una historia. Aflora, simplemente, en la intuición y en la sincronía. Luego, viene el vómito. Por último, la corrección, el tijereteo.

N.: Como lectora, ¿cuáles serían tus preferencias en el terreno de la narrativa en castellano y tus autores favoritos?

LE.: Últimamente, devoro libros de microrrelatos; antologías y autoriales: Ana María Shua, Pedro Guillermo Jara, Raúl Brasca, Luisa Valenzuela, Muñoz V., Barros, Aguilera, Sánchez.
En novela y cuento me quedo con Diamela Eltit, Cortázar, Rulfo, Poniatowska, Borges, y mil más.

N.: Por último, ¿en qué proyectos literarios está ahora trabajando Lilian Elphick?

LE.: Estoy trabajando en mi cuarto libro de microrrelatos.

***

Mis agradecimientos a Carlos Manzano, editor de la Revista Narrativas.

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LA VOZ

Mis agradecimientos a Ricardo Lagos Miranda.
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