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El fin de la historia


En estos días donde la canícula ladra a tus ojos, lector, enrabiándolos de cansancio, yo, la que redacta estas líneas, quiero pedirte que te quedes para vislumbrar mis horas –esos ríos que van a dar a la mar- y los acaeceres del tiempo sin tiempo, que avanza en múltiples tardanzas, con las corvas al revés.

En estos días de vacío (porque, para hablar con la verdad, aquí no hay nada fuera de lo común o extraordinario, nada que pueda ser olido a kilómetros por lobos montaraces que siempre buscan en su presa un acto para el olvido) puedo ser perfectamente capaz de escribir cuando el reloj marca las cuatro y el sudor traza un camino en mi cuello.

La mano desnuda, que recuerda a una mano enguantada, baraja las posibilidades de la historia; tiene poco que esconder: un tigre muy pequeño que enreda sus colmillitos en las uñas y que ruge en su enanez de caricatura. La mano, decía, va y viene meditando sobre la utilidad del gerundio; quiere escribir sobre silencios y lo que no pudo ser, pero sin embargo fue, a pesar de todas las adversidades fue, con la herida abierta, fue (el sudor, ahora, va por senda angosta); quiere advertirte, lector soñoliento, impasible, inseducible, que es mejor gritar mientras se destruyen esas ideas peregrinas de contar una historia en voz baja, susurrando hipocresías, malogrando la lengua. Grábatelo bien. Cópialo, si lo deseas, en las facturas de tu conciencia.

Soy una desterrada. Yo tenía mi casa en las postrimerías de la palabra. Yo tenía un pasado pluscuamperfecto. Fue cosa de salir a ver el mundo para que el viento de las fatalidades me llevara lejos (sudor o lágrima es lo mismo, dada la condición corporal que tiende a la apertura), obligándome a soltar las amarras de la creación.

Migrada. Cómo explicar que me abandono a mí misma frente a la disyuntiva del ser y del estar. Y camino un poco encorvada, como Dante, según Boccaccio, en la escritura de un exiliado. Nostálgica de la matria mía, terruña que beso a la distancia con el envés de los labios.

Dolida, lector, dolida de signos; a un tris del amor, pero tan condenadamente lejos del amor y, como antes o después, separada del principio. 

(El sudor se convierte en hielo. Caen los primeros copos de nieve).








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Cosas que suceden en la zona E





 Fábula se encuentra con Leyenda en la zona E.

-¡Tú, aquí! – exclama Fábula.
- Sí, ¿te importa? –responde Leyenda, con aires de superioridad.
- Pues…, me da lo mismo.
-Me han dicho que es el cumpleaños de la escritora; quiero saludarla. Como lleva mi nombre…
- No, te equivocas:  la escritora es esencialmente Fábula. Es cosa de leerla.
- Tú misma lo has dicho. Leyenda significa “lo que debe ser leído”.
- Mentira.
- Verdad.
- Tigres, alacranes, sapos, lobos, águilas, grullas… ¿Necesitas más ejemplos?
-Y las verdaderas historias, ¿acaso son fábulas?; no, señora, son leyendas. ¿No ves que todo es falso, que ella juega con los estereotipados conceptos de realidad y ficción para recrear, configurar y reestructurar un nuevo mundo?
- A eso le llamo moraleja.
- No nos estamos entendiendo.
- ¿Y el texto “zaguF”?
- Bueno, son licencias que ella se permite. Dicen que escribir al revés alivia el espíritu, sobre todo cuando se cumple un siglo.
- Medio, dirás.
- Bah, eso fue lo que a mí me contaron.
- Mira, ahí viene.
-¿Quién?
-¡La escritora, tonta, la escritora!
-Psst, madame, vengo de muy lejos a saludarla… Fábula, a sus órdenes.
- Y yo soy Leyenda. Encantada.

La escritora tira un carromato de circo con barrotes de hierro. Adentro vienen todas sus creaciones quejándose por el calor y el hacinamiento.

-Hagan hueco –grita. Agarra a Fábula y Leyenda y las sube al habitáculo rodante. Luego, se desengancha de él y lo lanza al abismo habitual.

- Y ahora, a celebrar  –dice ella, saliendo con rapidez de la zona E y entrando en el más límpido de los silencios.


***

Foto: Elena & Vitaly Vasilieva.


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Intersección




Y ella se cortó los dedos para no escribir más. Y ella olvidó el color de sus ojos donde las palabras se anidaban. Y las horas volvieron a ser horas: el compás de toda fuga. Y ella celebró su nombre y su sangre que corría por las praderas amarillas, el sitio de la boca mordida y el corazón en bruma; la línea de la verdad precaria en su caparazón oblicuo. Y ella respiró su propio mito, encauzada en ríos que no son ríos, sino risas de agua. Ahí nadó. Ahí los tigres aprendieron la lección de la espera, comiéndose a sí mismos. Y ella comprendió que el pasado va adelante, galopando con pies de tierra; que las palabras vuelven a posarse en el azar del viento, para luego volar de historia en historia, de amor en amor rapaz, de locura en fe ciega. Y ella fue ella: desnuda y en silencio recuperó lo escrito, tiró migas a la fábula de Abol, la animala huidora. Y Abol no comió de ese abismo: lamió el orgullo y siguió su camino hasta el fin de la escritura.



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Diálogo de tigres X



A Canariza, por sus regalos de media luna.


El muro es alto, intrincado. La parte superior es de material líquido; la inferior es sólida. También hay espinas y navajas que aparecen y desaparecen. Arriba, nadan las palabras; abajo se estampan todos los recuerdos. Es el muro de la historia, y los tigres deberán saltarlo.

Al fin podremos salir de aquí. Ya estaba aburrida --dice ella.
Al otro lado nos espera la libertad --dice él.
¿Eso significa que no hablaremos más?
Exacto. Volveremos al rugido.
No nos encontraremos con la mano que ahora nos escribe con tanto ahínco.
Y volveremos a estar solos. Cada uno tomará su rumbo.
Seremos tigres.
Tigres de verdad.

Ágiles, las fieras trepan la pared. El tigre salta al otro lado. A la tigresa le cuesta más: está preñada de sueños. Las navajas intentan herirla; las palabras le tienden lazos. Pero ella nunca mira hacia atrás y con su fuerza amarilla vuelve a trepar. En la caída, olvida el amor y el odio, esa sensación asfixiante de ser relatada una y otra vez.

Los ti


***
La acuarela se titula “Letra”, y es de Sergio Astorga.

 .
.

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Diálogo de tigres IX


Ahi crudo Amor, ma tu allor piú mi 'nforme
A seguir d'una fera che mi strugge,
La voce e i passi et l'orme, 
Et lei non stringi che s'appiatta et fugge.(*)


No llamaremos dulce al ritual de acicalamiento que los tigres insisten en perpetuar más allá de las pasiones que los habitan. Cuando el macho descubre la huella que la hembra ha dejado, sabe que primero debe simular un ataque en el centro exacto de la noche. Ella se tenderá de espaldas ronroneando viejas historias; irá de un lado a otro mostrando la barriga: suave la cadencia, afilado el colmillo. Pronto, se lamerán las costras de las cicatrices. Como cachorros.

La próxima vez, no te dejaré vivo –dice ella.
Ya estás muerta – ruge él, orgulloso.

Despacio, el bosque de bambúes se cierra sobre las palabras y sus ecos. El espacio de los tigres queda reducido a algunas viñetas dibujadas con lápiz de grafito. Privadamente, mascan el papel y tratan de alcanzar el objeto puntiagudo que se aleja.


(*)  Canzionere (Rerum vulgarium fragmenta), de Francesco Petrarca.


Desconozco al autor/a del dibujo.





 


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Aquilea




En la foto, Isadora Duncan.

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Diálogo de tigres VIII

os tigres pelean con ferocidad. Muerden, rasguñan, rugen. Llevan ocho horas de lomos erizados. Retroceden y embisten nuevamente. La tigresa tiene una herida abierta en el cuello; un amarillo espeso brota del ojo del tigre. Se juegan su octava vida. La danza continúa en el bosque que es de ellos, acotado por algunas traiciones, delimitado por mentiras, rayado con la tiza de un silencio que les llaga la soberbia.


Caerás pronto, tigresa.
Caeremos los dos, tigre.
Al abismo de la carne.
Al misterio de la fuga.

Los tigres dan el último salto, y el vacío les parece el más apetitoso de los bocados. En sus colas llevan atada la cuerda de la escritura.


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Jezabel


Lee a Jezabel aquí.

Foto: Bette Davis en Jezabel (1938).

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Ifigenia


AQUÍ



Foto: Pina Bausch en Café Müller.

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Diálogo de tigres VII

Caen los primeros copos de nieve. Los tigres tienen frío, y lo salvaje ya no está con ellos. El amarillo de sus ojos se ha cegado de tanta soledad. Sólo el olfato los guía a un precario refugio entre varios árboles caídos. 

Quedémonos quietos.
Como estatuas milenarias.
Como un recuerdo sin nombre.
A eso le llaman 'amor'.
Pero es un olvido, un dejar irse...
El eco de una palabra.
El final de una historia.
Te doy mis colmillos.
Y yo, mi mirada.
Aquí está mi fiereza.
Estos son mis sueños.

Así, los tigres duermen, y el hielo los cubre.

Ahora, nadie podrá escribirlos en los abanicos que se abren y que se cierran.

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Diálogo de tigres VI



Llueve en los manglares del silencio, y los tigres esperan una sola palabra que les quiebre esa sensualidad que llevan como piel.

Y ahora, ¿qué hacemos?
Esperar.
¿Y si no viene?
Vendrá.

Los tigres están tan mojados que sus rayas comienzan a desaparecer. Invisibles, siguen esperando, sin saber que la palabra vino y se fue, de la mano de un diálogo absurdo.


***

Foto: Aquí.

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Yocasta


No dramaticemos, Edipo. Lo que pasó, pasó. En el mundo de la sangre siempre hay puertas de escape. Fui tuya. Sí. Besaste el óxido de mis palabras y gozaste con ellas, en silencio, cuando aún tenías ojos para comprender que mi cuerpo te necesitaba, y se enroscaba en ti con el placer que sólo da la ignorancia.

Yo era una soga al cuello, bien firme; un amor anudado. Y tú, una historia ciega y solitaria que mis lágrimas recogieron para devorarla.

Soy tuya. Aún. Mis huesos te reclaman; la unión posible en esta cárcel de tierra.


***
Foto: Joel Peter Witkin.

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Diálogo de tigres V


Los tigres de la noche imaginan tantas cosas. Construyen historias increíbles, saborean palabras, desgarran metáforas. La selva los proteje de los cazadores que disparan tinta en blancos papeles. Y en la oscuridad lamen su nostalgia de ser, hasta despedirse en la rebeldía del viento.

¿Cuándo te veré otra vez?
Cuando no dejemos huella.

Crujen las ramas. Dos venados huyen ante los haces de luz y la metralla constante de realidades.

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Diálogo de tigres IV


La tigresa está triste. ¿Qué tendrá la tigresa? En cada árbol ha frotado su historia de rayas y colmillos, trigo trigando su boquita de fresa.

Cuando la luna se alza en su locura, el tigre muerde una cola que podría ser la suya, e imagina el diálogo:

Somos un sueño imposible.
Has estado leyendo a Borges.
No, sólo canto boleros.

¿De dónde vienen estas palabras? –se pregunta el tigre, acechando a la tigresa. Y no comprende que ella es parte del sueño, que en esos cinco metros que los distancian hay puntos suspensivos que se descuelgan como arañas urdiendo lo interminable.

***

Dibujo: Hashimoto Gaho.


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Diálogo de tigres III


Luego de caminar por las extensas planicies de la escritura, los tigres llegan al río del silencio. Ahí se bañan y olvidan que están hechos de tiempo y de sangre. A sus pieles mojadas se adhiere la palabra ‘pez’. La tigresa puede nadar debajo del agua a gran velocidad; el tigre da brincos contra la corriente. Juegan a acariciar burbujas.

¿A quién le contaremos nuestra historia? –pregunta ella.
¿Cuál historia? – pregunta él.

Los tigres jadean bajo el sol implacable y sus patas se hunden en la arena. Tienen sed. Saben que morirán si no encuentran una mano que morder, aquella que los escribe en la mitad de la noche.

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Diálogo de tigres II


Dos tigres salen a cazar. Una va al sur; el otro, al norte. Al final del día, se encuentran.

Estás herido.
No. La herida eres tú.
La flecha está enterrada en tu lomo, no en el mío.
Morirás antes de que amanezca; ahí reposará tu desvarío.
Yo estoy muy lúcida; puedo oír cómo se te va la vida.
Tu herida se agranda, tus palabras huyen.
Tu corazón se detiene, enamorado.
¿Enamorado?
No era una flecha cualquiera…

El silencio se instala, dividiéndolos. Se miran, y comprenden.
Una corre al poniente; el otro, al oriente.


Dibujo: Katsushika Hokusai.

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Idunn


Fui a ver a las Nornas. Urd y Skuld tejían y destejían; Verdandi tenía la rueca mala, y los destinos de algunos hombres se enredaban en las ramas de Yggdrasil. Al otro lado del río, un animal bellísimo me miraba. Le ofrecí una de mis manzanas. Tuve que nadar de espaldas, con la fruta al medio de mis pechos. No podía mojarse. Las hilanderas gritaban que me devolviera.  Casi al llegar a la orilla, el animal se acercó a mí y devoró el pomo carnoso y fragante. Serás joven para siempre, le dije acariciando su hocico. Él gimió de alegría, y hundió lentamente sus colmillos en mi cuello. Se ahogó de inmediato con los vapores venenosos de las uñas de los muertos que yo guardaba debajo de la lengua, a modo de precaución.
Trepadas arriba de Yggdrasil, las Nornas soñaban con aguas rojas y batallas eternas. Salí en silencio. No quise despertarlas. Mis dedos estaban traslúcidos.

***

Foto: Norm Murray.

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Diálogo de tigres


Al que camina las madrugadas en busca de su sombra.

En el bosque de los desprotegidos, dos tigres se encuentran y, como si el agua les bebiera las palabras, se miran. En los ojos de uno se reflejan los del otro. Cuatro soles en la oscuridad, y una distancia enorme que los separa. Ellos lo saben. Conocen los espejismos, los inextricables paisajes de la nada en donde pueden saltar en la agilidad del viento.

Pequeños gruñidos quiebran el silencio. El acto de reconocerse entra por sus narices y sale por las alas del pájaro sin nombre.

El acercamiento es cauteloso: hay demasiadas historias en cada una de sus rayas y un territorio que defender.

Pero se encuentran, y los dos están tan cerca que sus orejas se crispan con los latidos y el ensanche de las venas que permite que la sangre corra ferozmente, sin detenerse ni un segundo, abriéndose a la respiración y al acecho.

Tengo hambre -dice uno.
Yo también -responde el otro.

Se matan en un combate limpio y digno del más solitario de los recuerdos.

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Lamia Lamur


Soy Lamia Lamur y busco comillas angulares para citar mi propia historia, que es sinuosa y sibilina. Busco, además, amante de cuerpo entero, ojalá bien hombrecito, que me haga cariño en las escamas y en esa piel que luego se desprende de mi nombre, lamida por el vicio reiterado de ha pasado un caballero, ¡quién sabe por qué pasó!

Soy saliva amistosa. Construyo puentes que las arañas envidian. Desbrozo abismos. De boca en boca, de beso en beso; dientes cariados en donde anido para exhalar mis enseñanzas.

Esto no es una canción, por si ya están oyendo campanadas en sus órganos sexuales. Es mi llamado a escribir desde el silencio.

No todo es tan trágico mientras se mastican niños envueltos.

***

Foto: Waclaw Wantuch.

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Cleopatra


Soy Cleopatra Filopator Nea Thea, la amada de mi padre, la exiliada de mí misma, última reina de una dinastía hecha cenizas.
Descuidé mis propias aguas, amé a César y a Marco, envenené a mi hermano y marido.
He sido encarnada por Theda Bara, Claudette Colbert, Vivien Leigh, Sofía Loren, Elizabeth Taylor, bufonas de un palacio desconocido.
Artemisia Gentileschi, Guido Reni, Arthur Reginald, Guido Cagnacci, me han retratado con la serpiente mordiéndome el pecho. ¡Qué viperinos!
He oído una música llamada twist en donde una voz habla de mí. El tono no es elegíaco.
Me hundo en el légamo de la vergüenza, mientras siento las palas allá arriba.
Me encontrarán con la boca llena de arena y envuelta en jirones de lino.
Que Udyat me proteja y no me deje abrir los ojos.

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Itinerario, directorio cultural de Hispanoamérica

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