Intersección




Y ella se cortó los dedos para no escribir más. Y ella olvidó el color de sus ojos donde las palabras se anidaban. Y las horas volvieron a ser horas: el compás de toda fuga. Y ella celebró su nombre y su sangre que corría por las praderas amarillas, el sitio de la boca mordida y el corazón en bruma; la línea de la verdad precaria en su caparazón oblicuo. Y ella respiró su propio mito, encauzada en ríos que no son ríos, sino risas de agua. Ahí nadó. Ahí los tigres aprendieron la lección de la espera, comiéndose a sí mismos. Y ella comprendió que el pasado va adelante, galopando con pies de tierra; que las palabras vuelven a posarse en el azar del viento, para luego volar de historia en historia, de amor en amor rapaz, de locura en fe ciega. Y ella fue ella: desnuda y en silencio recuperó lo escrito, tiró migas a la fábula de Abol, la animala huidora. Y Abol no comió de ese abismo: lamió el orgullo y siguió su camino hasta el fin de la escritura.



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