El regreso del Divino Anticristo
El Divino Anticristo ha vuelto a caminar por la calle Lastarria, después de su temporada en el infierno de la instalación siquiátrica. "Allá me pegaban", dijo a un diario santiaguino. Él sitia y acordona una de las calles más bohemias de la ciudad, donde se juntan los escritores a hablar de la pobreza literaria, mientras beben cerveza o un cappuccino y galletitas. El Divino Anticristo no pide limosna, vende libros viejos, bacinicas de loza, ropa usada. Cada vez que lo saludo me escupe un garabato desde su boca sin dientes. Y luego se ríe y yo me río. Vuelve a sus quehaceres callejeros, se acomoda las cuatro o cinco faldas que lleva puestas, arregla el pañuelo de refugiado que cubre su cabeza. "¿Me veo bien?", pregunta. "Como una reina", contesto. Y mira el cielo, satisfecho de su hediondez, de esas costras de mugre que le crecen en las manos como si fueran jazmines.



