Historia del ojo sin Bataille
Un ojo travieso vale por mil, ese que puede ingresar por la cerradura de la puerta y detenerse en dos cuerpos que refocilan arriba de una cama con cubrecamas agujereado por la pavesa de un cigarrillo abandonado. El ojo también escucha esos sonidos deliciosos audibles gracias al sudor del refrote y los monosílabos o interjecciones que brotan de las dos gargantas en éxtasis. Dada la infinita variedad de exclamaciones amatorias, no será necesario reproducirlas aquí. El ojo también puede degustar los diferentes sabores que se generan de una actividad copulatoria: sales, azúcares, frutos del mar, frutos del bosque. La mandarina de la herida absurda. El amaretto del cogollito recién nacido de semen. Un ojo-lengua saborea esos cuerpos y se refleja en ellos produciendo una comunión parecida a la del arte y la vida.
El ojo sabe, ah, cómo sabe, pero finge demencia, así hasta los más resistentes a la mirada tropiezan o caen en sus murmullos de riachuelo.
Veamos: ella dice que tiene el pudor arrinconado en la entrepierna; él dice: “tontita”. Ella no dice nada y se hunde cada vez más en la pregunta fundamental: ¿Soy tonta?, aunque intuye que él dijo “tontita” por cariño de homo eroticus y no por definir su circunstancia intelectual. Los minutos pasan en franca tensión; él piensa: ¿La habré cagado? Ella piensa: El tonto eres tú. Aquí interviene el ojo-pastor y guía a los dos tontos directo a sus propios cuerpos espejeados por la mente. Entonces ellos sonríen. Cierran los ojos para besarse y olvidar el impasse. La entrepierna, domada ya, se abre como una orquídea salvaje, libre de las ataduras del ser femenino. Libre también la mano varonil que pronto será machihembrada, mientras el ojo metiche se ahoga en los almíbares pistilados y como puede logra huir al ojal u ojetillo que, impaciente, espera que lo visiten. ¡Éjale!, le dice el ojo al tronco, yo lo vi primero. Discusión. Empujones. ¿Qué pasa?, pregunta ella. Nada, mi amor, contestan a dúo. El ojo se aprovecha de la repentina laxitud de su antagonista y arremete con delirio. Ella abre la boca sorprendida, feliz de que sea cierto, pero no alcanza a decir nada porque el tronco se ha recuperado y busca lo esencial: que lo mimen. Ella hace lo que tiene que hacer comparándolo con un barquillo con dos copos de helado y bañado en chocolate. El ojo pasea la vista y llora de emoción. Ella y él comienzan a contraerse, el panorgasmo vendrá en cinco segundos más. El ojo alcanza a salir antes del bombardeo y se posiciona del cielo raso para obtener una panorámica. Pero no puede ver ni oír ni degustar. Es un imbunche, se ha autocosido su retina. Allá abajo ellos ni se enteran de la tragedia del ojo; se miran con tanto amor que creen ser dos veleros perdidos en la tormenta que todo mar busca.

