A nuestro señor desollado Xipe Totec
Imponente veo ahí al hombre vestido con la piel de otro. En su trascendente poder presiento, con y sin mesura, su propia evolución y retorno.
Gira una relación cruel, hermosa y dialéctica entre el hombre y el hombre, entre el hombre y su carne, entre su alma y su exterior.
En una fiesta roja y naranja, el hombre incrustó la espina gruesa de un saguaro florido en otro hombre. Muerto el hombre, trascendió en un saguaro florido.
Se miró entonces el hombre a sí mismo y vio al hombre muerto y, en un último intento de recuperarse, arrancó la piel del que había sido entregado a Xipe Totec.
La piel aún viva vació sus últimos gritos líquidos; la piel joven expelió grasa blanca y suave. El hombre lloró, alegre por la próxima cosecha y la comida de sus futuros hijos que comerían de ella.
Así, en señal cósmica, cíclica, el hombre viste la piel del hombre muerto y mendiga por su pueblo, en representación cruel y hermosa de su propia naturaleza.
El ritual es que el hombre viste su propia carne y por eso la respeta. Es suya, por tanto depende de ella.
Hoy esa dialéctica ya no está. Hoy la fiesta perdió el color del horizonte, y la espina de metal se incrusta en la entraña y la carne se bota, toda. Y el hombre no trasciende en saguaro, sino en metal.
Entonces, el hombre ya no viste su propia carne por miedo a la misma; la mata y la bota, como la come y la caga.
El hombre que mendigaba en la piel de otro, en señal de honor, no está solo; está con el otro. En cambio, hoy el hombre está solo en señal de haberse comido a sí mismo.


