Gallus gallus, por J. Yanes
En el internado, el día que comíamos carne de gallina era como una fiesta. Corría la noticia por todos lados, y aquellos escuálidos seres, candidatos a tísicos, nos volvíamos locos de contento: “mañana, gallina en pepitoria”, “mañana, gallina en pepitoria”, decíamos los rapaces de ojos acromegálicos y tristes que nunca le vimos la pepitoria a la famosa gallina. Pero si había gallina eso quería decir que, muy de mañana, el grupo de internos al que le tocaba semana de limpieza en los gallineros, tenían que empezar a degollar las trescientas o cuatrocientas gallinas, para que tuvieran tiempo después los cocineros de prepararlas y darnos de comer a la tropa de mil almas que sobrevivíamos en aquel antro. La organización y rotación de las cuadrillas estaba a cargo de uno que nos daba latín, que llamábamos, el "Cojito" ergo sum, porque era cojo y le gustaba dar la murga con los latinajos.

