Arbeluc
He soñado con la lectura de El Principito. Estamos en una cama de sábanas revueltas, un hueco de pelos y ropa interior; retozamos ahí, ajenos a los ruidos de la ciudad, al calor de esas calles que no nos reconocen como transeúntes; estamos desnudos, inermes, conmovidos. Participamos de un acto que siempre se transforma.
Desde ese momento, la muerte podría arrodillarse a mis pies y yo no la reconocería. La vería como una de las tantas caras que el amor puede tener, o la vería con ojos inocentes, ingenuos. Así, ella optaría por olvidarse de que es muerte y memoria maldita.
Pero la muerte puede volver en cualquier instante y arrebatarnos el tesoro que poseemos: un pliegue de imagen retocado con la sepia de la pasión. A veces, juego a estar muerta y me escondo entre las sábanas, formando una pirámide de género floreado, un poco traslúcido, que permite que la luz entre tímida y en forma de pelusas. Al juego se une él, codiciando mi silencio, husmeando el olor del amor encerrado. Una sola caricia bastará para que reviva y me deslice. Y si él se acerca más, si él me besa los labios con humedad de lágrimas, enredaré mis piernas con las suyas, arquearé mis caderas intentando ser él, querré estar cobijada en su corazón, lamiendo esas heridas que tan bien oculta.
***
Imagen: “Mujer y serpiente”, de Cecilio Sánchez.

Esta última imagen la diseñó Alejandro Gelaz. Qué hice para merecer tanto. Mil gracias!


