Arbeluc


He soñado con la lectura de El Principito. Estamos en una cama de sábanas revueltas, un hueco de pelos y ropa interior; retozamos ahí, ajenos a los ruidos de la ciudad, al calor de esas calles que no nos reconocen como transeúntes; estamos desnudos, inermes, conmovidos. Participamos de un acto que siempre se transforma.

Cuando él comienza el capítulo del zorro, estoy quieta. Escucho su voz suave arriba de mi sonrisa. Veo su boca moverse y la historia se desarrolla sin sobresaltos. A él lo comparo con el zorro: ambos depredadores y bellos. Me siento como sentiría la rosa, por unos segundos pierdo conciencia y, en ese estado de natural desnudez, creo percibir mi propio aroma de rosa, creo ser la carnalidad de la rosa. Un pétalo unido a otro, en capas de fragancia. Sin embargo, al abrir los ojos, él es verbo y vuelvo a ser la que era antes de la lectura: una mujer de pechos duros, modelados por su lengua. Una amante que luce sus atributos frente al espejo; una mujer sin nombre que orina en la ducha, recordando cómo él tocó su piel y la convirtió en historia.

Desde ese momento, la muerte podría arrodillarse a mis pies y yo no la reconocería. La vería como una de las tantas caras que el amor puede tener, o la vería con ojos inocentes, ingenuos. Así, ella optaría por olvidarse de que es muerte y memoria maldita.

Pero la muerte puede volver en cualquier instante y arrebatarnos el tesoro que poseemos: un pliegue de imagen retocado con la sepia de la pasión. A veces, juego a estar muerta y me escondo entre las sábanas, formando una pirámide de género floreado, un poco traslúcido, que permite que la luz entre tímida y en forma de pelusas. Al juego se une él, codiciando mi silencio, husmeando el olor del amor encerrado. Una sola caricia bastará para que reviva y me deslice. Y si él se acerca más, si él me besa los labios con humedad de lágrimas, enredaré mis piernas con las suyas, arquearé mis caderas intentando ser él, querré estar cobijada en su corazón, lamiendo esas heridas que tan bien oculta.

Me levanto, y no quisiera vestirme y salir en múltiples despedidas. Él teme que desaparezca, que la historia se repita una y otra vez hasta que de mí no quede nada: Arbeluc de agua, espejismo y agon.

***

Imagen: “Mujer y serpiente”, de Cecilio Sánchez.




Esta última imagen la diseñó Alejandro Gelaz. Qué hice para merecer tanto. Mil gracias!

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