Dido
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Canta, oh diosa, tu ronca maldición maleva; dime que Eneas volverá convertido en sapo y nadará en el charco de mi descontento. Mueve, oh diosa, tus pies al ritmo del tango; no estaré triste, aunque mil cuchillos se claven en mi pecho y Lacónico me enseñe el or. No caerán por mis mejillas las lágrimas de ron de las mujeres despechadas, traicionadas, abandonadas, por todos aquellos que susurraron que todo es tan fugaz.
Ay, percanta, no me digás, tenés razón; vayámonos de copas, brindemos por Virgilio que escribirá La última curda. Veamos desde aquí cómo se matan y a la eterna flecha enamorada de mi herida, que es absurda, como mi reino de fuego.
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