Verdadera historia de la piel
Pala Brera es una hembra que es toda piel. Ella es sólo sensación. Nada más. Entre el nombre y su ser, se inclina abruptamente la paradoja. Los que deseen conocer a este personaje, deben tenerlo muy claro. Porque no es cosa de posesión y escarmiento; no es llegar y tomarle el brazo o darle un beso en el cuello. Tampoco es conveniente ofrecerle la parte interna de la vereda para que camine segura.
Digo personaje o máscara porque Pala Brera no nació de hombre y mujer, aquellos bípedos implumes (*) que habitan el planeta Tierra. Cuenta la leyenda que una serpiente se enamoró de un lobo solitario y éste, a su vez, se enamoró de un roñú, animalillo que es más que una nutria y menos que un castor. La cadena fue interminable: todos cayeron en la trampa del amor, sentimiento volátil que las mariposas no entienden. Resultado: un huevo inmenso, y Pala Brera adentro tratando de quebrarlo. Fue fácil, ya que sus uñas estaban bastante crecidas y afiladas. Se desconoce el momento exacto en que ella nació. No hay testigos de tan importante hecho. La única certeza es que, a partir de este momento estelar, todo el mundo se cubrió de piel. Desde entonces, el mundo se llamó Piélago. La piel es el órgano mayor de los seres vivientes, un envoltorio flexible que ocupa entre 2 y 5 metros cuadrados.
Pala Brera, la hembra-diosa, la hembra-generosa, insisto, es pura piel. Una delicia, sin lugar a dudas. Cuando se cansa, la bota en un lugar vacío, y para recordar la singularidad de un evento, simplemente la devora, en un acto sensual y erótico denominado autofagocitosis. Esto no quiere decir que ella tenga un cuerpo. Al contrario, el cuerpo la tiene a ella y la desea todos los días, a cada instante; la mira con detención frente a los espejos envidiosos, tan rígidos en su azogue permanente.
No se sabe si Pala Brera es feliz o no, o si la hacen llorar escrituras fugaces que son memorias de un tiempo sin escalas. Existen mil motivos para asegurar que Pala Brera está conmigo, ahora, y que es ella la que me va dictando esta historia, la suya, adaptándose a mi boca de labios carnosos, reales, y a mi lengua que los moja de vez en cuando, sobre todo en el punto final.
(*) La expresión y la foto son de Juan Yanes.


