Anticristo



Me conformaba con verlos fumar un cigarrillo tras otro. Y luego, cadena de abrazos. No les importaba la incomodidad. Yo quería decirles: váyanse a los asientos traseros y olvídense de la palanca de cambios. No. Ahí se quedaban, a oscuras, manoseándose con esa aceleración de los amantes que trituran gasolina antes de llegar a casa. Yo franelaba a otro automóvil, lustraba las ruedas y esperaba mi propina. Esperaba y miraba. Ni frío sentía de tanto ojear y rascar con la uña la caca seca de algún gorrión en el capó del último modelo. El dueño no llegaba nunca y la revolcadera seguía en quinta. Hasta que ella gritó. No era por placer. Le vi la nariz como betarraga. Cuando él le dio el segundo puñetazo, toqué el vidrio.  Oiga, señor, déjela. No te metas, Anticristo, aulló él, abriendo la puerta. Ahí fue que la mujer se bajó y salió cascando calle abajo. Torito la persiguió ladrándole. Llamé al perro, antes del tercer golpe. Fue un duro trabajo, pero entre los dos lo destazamos. Hasta las tripas le robé.

***

Foto: Brano Kovacevic.

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