Anticristo
Me
conformaba con verlos fumar un cigarrillo tras otro. Y luego, cadena de
abrazos. No les importaba la incomodidad. Yo quería decirles: váyanse a los
asientos traseros y olvídense de la palanca de cambios. No. Ahí se quedaban, a
oscuras, manoseándose con esa aceleración de los amantes que trituran gasolina
antes de llegar a casa. Yo franelaba a otro automóvil, lustraba las ruedas y
esperaba mi propina. Esperaba y miraba. Ni frío sentía de tanto ojear y rascar
con la uña la caca seca de algún gorrión en el capó del último modelo. El dueño
no llegaba nunca y la revolcadera seguía en quinta. Hasta que ella gritó. No
era por placer. Le vi la nariz como betarraga. Cuando él le dio el segundo puñetazo,
toqué el vidrio. Oiga, señor, déjela. No
te metas, Anticristo, aulló él, abriendo la puerta. Ahí fue que la mujer se
bajó y salió cascando calle abajo. Torito la persiguió ladrándole. Llamé al
perro, antes del tercer golpe. Fue un duro trabajo, pero entre los dos lo
destazamos. Hasta las tripas le robé.
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Foto: Brano Kovacevic.


